Venezuela y el problema del desarrollo

29 de enero, 2019

Venezuela y el problema del desarrollo

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

El estrepitoso fracaso económico de Venezuela de los últimos años trae a colación una vez más los problemas del desarrollo relacionados con la explotación y uso de los recursos naturales, en este caso del petróleo. Lo que ocurre en Venezuela ilustra claramente que las políticas económicas extremas y obstinadas de ataque a las instituciones capitalistas llevan inexorablemente al desastre, pero esto dista de ser una enseñanza obvia para situaciones más intermedias.

 

Hace un tiempo Daren Acemoglu y James Robinson (AyR) escribieron el libro “¿Por qué fracasan los países?”. Su tesis fundamental sugiere que debemos prestar particular atención a las instituciones políticas, condición necesaria para alcanzar buenas instituciones económicas. En particular, las instituciones inclusivas evitan los fracasos del desarrollo porque están basadas en la libertad de comercio y favorecen la competencia y las invenciones. En cambio, las instituciones extractivas, destinadas a limitar las libertades y gastar recursos sin miramientos ni reglas, impiden el progreso.

 

Las políticas económicas extremas y obstinadas de ataque a las instituciones capitalistas llevan siempre al desastre.

 

Los ejemplos de instituciones inclusivas o extractivas del libro son perfectamente aceptables, pero en parte esto se debe a que se seleccionan deliberadamente casos históricos evidentes. Cuando estamos ante líderes inescrupulosos que establecen políticas destinadas a sostenerse indefinidamente en el poder, no hay dudas de que estamos ante una institución que debilita el desarrollo. Una dictadura que agota sus recursos naturales exportándolos a cambio de comprar bienes de lujo para el gobernante de turno es una institución pésima por donde se la mire.

 

Como dicen Acemoglu y Robinson, las instituciones políticas son necesarias para alcanzar buenas instituciones económicas.

 

Pero otras situaciones son mucho menos contrastantes. Por ejemplo, ¿qué sucede con un país agrícola cuyas instituciones permiten a los dueños de la tierra sembrar libremente semillas que puedan afectar la calidad del suelo en el largo plazo? ¿Y qué futuro tiene una Nación que desconfía de las políticas activas y no encara un proceso de industrialización y diversificación productivas, obligando a la economía a depender para siempre de sus recursos naturales? Estos conflictos encierran el dilema fundamental del desarrollo de muchas economías modernas de ingresos medios y bajos.

 

La respuesta implícita de AyR a estos interrogantes es que el sector privado logrará sortear estos obstáculos al desarrollo, o que al menos lo hará mejor que el Estado. Pero vista la experiencia de los países del sudeste asiático, esta confianza puede ser exagerada. El rol que tuvieron los gobiernos de esa región durante el proceso de catching up dista de ser el que hoy se consideraría aceptable. Elevada intervención en la economía, política industrial planificada, direccionamiento del crédito y duras restricciones a las importaciones, son algunas de las instituciones económicas que caracterizaron el milagro asiático. Del lado político contamos regímenes autoritarios, y severos impedimentos al consumo de bienes considerados lujosos. En estos casos del sudeste asiático podríamos estar ante un intercambio inevitable entre acciones decididas de política para crecer por un lado, y las libertades privadas para las transacciones y para la creación por el otro.

 

La experiencia venezolana confirma que el extractivismo puro y duro llevado a sus instancias últimas es manifiestamente negativo, pero no debe ser tomado como el ejemplo definitivo de que cualquier intervención pública en la economía lleva indefectiblemente a la miseria económica y política. En la mayoría de los casos, una estrategia colaborativa entre sector público y privado sigue siendo superadora.

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