La corrupción y el sistema económico

21 de agosto, 2018

La corrupción y el sistema económico

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

Juancito no imaginó la severa reprimenda que recibiría de su madre al volver del colegio. La nota del maestro en su cuaderno contaba que el niño le había robado la birome a su compañerita de banco.

 

–Es que se me rompió la mía y no tenía con qué escribir– se justificaba llorando–.

 

–No, Juancito –amonestaba la mamá– robar siempre está mal y estamos indignados. Y que se te haya roto la birome no es excusa. No entiendo por qué no llevás biromes de más a la escuela, sabiendo que te puedo traer un montón de mi trabajo.

 

El chiste es viejo, pero en los tiempos que corren su moraleja quizás todavía arroje luz. La honestidad es un bien preciado para una comunidad, pero su definición y límites suelen ser elusivos. Nos gusta pensar que la sociedad mejora si la dotamos de más moralidad, pero en lo que hace a la economía, esta correlación no es tan inmediata.

 

La idea de que el capitalismo funciona sobre una base ética endeble fue postulada por Adam Smith hace 150 años, cuando notó que no es de la virtud del panadero que obtenemos su pan, sino de su avaricia. Había descubierto que el mérito del capitalismo consistía en transformar sentimientos morales dudosos en beneficios para el sistema, gracias a los incentivos económicos. Conveniente coincidencia que nos permitirá crecer, pero que está lejos de propiciar actitudes honorables.

 

La tarea de legislar la separación entre lo que está permitido y lo que no es difícil pues no siempre la decencia es hermana de la eficiencia. Por ejemplo, la desregulación parece una buena idea para estimular la competencia, pero cuando este contexto rota hacia la evasión fiscal, urgen los controles. Con una economía funciona “en negro”, una política para legalizar actividades de un plumazo puede afectar gravemente al sistema. Los paraísos fiscales son para muchos el epítome de la corrupción, pero quizás constituyen los únicos incentivos posibles para empresas que de otro modo no existirían. El lavado de dinero, considerado un pecado mortal por la mayoría, permite crear empleos y fomentar la actividad económica en muchos sectores. Como nos enseñan las series modernas, los odiados líderes del narcotráfico a veces resultan funcionales para organizar una economía local, y son defendidos por sus integrantes.

 

El dilema se extiende a experiencias nacionales de desarrollo. Las críticas a los regímenes autoritarios rara vez se concentran en sus hechos de corrupción. Por el contrario, algunos de estos gobiernos se mostraban celosos de sus funcionarios, vigilando que no se beneficien personalmente (la ironía es la desproporción entre la violación evidente de la ley en la forma de Gobierno, frente al afán por evitar los hechos de corrupción particulares). Además, economías exitosas han sido consideradas ejemplos de corrupción sistémica, como fue el caso de Japón o Corea del Sur, que se desarrollaron en base a una lógica denunciada como “capitalismo de amigos”, donde unas pocas corporaciones concentraban el poder económico y no admitían la competencia. Los “favores” de dudosa moralidad entre empresas y el sistema bancario contribuyeron a su prosperidad.

 

Tampoco es cierto que exista una relación negativa definitiva entre ética de los negocios (privada o pública) y desarrollo. Un país carcomido por la corrupción crea un ambiente muy poco propicio para encarar proyectos. Y cuando los actos ilícitos inclinan la balanza a favor de algunos pocos y en contra de muchos, a la ineficiencia se le suman consecuencias negativas sobre la equidad. Además, si un puñado de actos corruptos destinados a “reducir los costos de transacción” precipitan otros y se extienden, el resultado final podría ser nocivo.

 

Pero hay que reconocer la dificultad de valorar moralmente cada pequeño acto egoísta en una economía de mercado. El caso del panadero es fácilmente exonerable, ¿pero qué hay de la firma que contacta a la persona justa para registrar una patente de una nueva droga? Y la multinacional que vende por debajo de los costos para fundir a sus competidores al tiempo que beneficia a los consumidores? ¿Y los sludges denunciados por Richard Thaler, según los cuales algunas compañías se aprovechan de nuestros sesgos psicológicos? No hablamos de comportamientos extravagantes; las empresas aprenden que estas tácticas son vitales para dominar el mercado o para sobrevivir. Los gurúes del management se hicieron famosos aconsejando a las empresas sobre cómo apropiarse de un excedente mediante técnicas legales, pero alejadas de la sana competencia.

 

El dilema es entonces que la ley debe cumplirse, pero la persecución ética obsesiva no facilita los negocios por el miedo a ser condenado ante la mínima práctica ambigua. No es extraño, entonces, que los procesos de expurgación de delitos económicos no tengan como inmediata contrapartida una recuperación económica. Quizás el desafío consista menos en impedir a toda costa el robo de biromes que en buscar el equilibrio entre la necesidad de escribir lo que el maestro enseña y no perjudicar al resto de la clase.