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Más impuestos a las ganancias y menos al proceso productivo

Jorge Colina 21 diciembre de 2016

por Jorge Colina

El Gobierno, las provincias y los sindicalistas habrían llegado a un acuerdo para actualizar los parámetros del Impuesto a las Ganancias de una manera más racional y coherente, dejando atrás el proyecto sancionado por la oposición en Diputados que era técnicamente muy deficiente. El cambio positivo no es el aumento de los mínimos no imponibles sino la readecuación de las alícuotas. Estas alícuotas habían sido definidas hace veinte años y con la inflación reinante en estos últimos diez años sucedía que una persona con remuneraciones superiores a $10.000 por mes de los mínimos no imponibles ya empezaba a tributar con la alícuota máxima del 35%.

En cada conflicto por el Impuesto a las Ganancias, sólo se actualizaban los mínimos no imponibles, y se dejaban las alícuotas desactualizadas. Esto era un respiro transitorio para unos pocos que estaban apenas por encima del mínimo no imponible pero seguía siendo gravoso para los que seguían alcanzados. De aquí la repetitiva historia de las quejas y los conflictos por el Impuesto a las Ganancias, alimentado además por la inflación que constantemente desactualiza los parámetros.

Más racionalidad

Ahora, habiéndole dado más racionalidad a la escala de alícuotas y colocando mecanismos de actualización automática de los parámetros en función de la inflación, el tema del impuesto a las ganancias debería dejar de ser motivo de conflicto y discusión. En todos los países modernos, los ciudadanos pagan impuesto a las ganancias (o a los ingresos, como más pertinentemente le llaman), incluso lo hacen a niveles de salarios bastante más bajos de los que tributan en Argentina. Hay una interesante publicación de la OCDE, que se llama “Taxing Wages”, en la que se comparan todos los impuestos que gravan los salarios en los países desarrollados. Allí se puede comprobar que en la gran mayoría, los ciudadanos con remuneraciones por debajo del promedio ya están alcanzados por el impuesto a las ganancias. En Argentina, con el cambio que se avecina, recién empezará a pagar un soltero con $28.000 y un casado con 2 hijos de $37.000, cuando el salario promedio es de $20.000. O sea, en Argentina todavía son pocos los alcanzados por el Impuesto a las Ganancias.

¿Es por acá?

Esto no significa que no haya que revisar impuestos en Argentina. Hay un montón de impuestos a eliminar o revisar antes que el Impuesto a las Ganancias. Para dar una idea de la irracionalidad del sistema tributario argentino, un emprendedor coloca una empresa y antes de realizar su primera venta ya paga impuesto al cheque por los capitales que los inversores le dieron, paga impuesto a los sellos por contratos que firmó con sus inversores y el alquiler del local, paga cargas sociales por los trabajadores (que todavía no vendieron un producto), paga impuestos en la energía, paga impuesto a los combustibles, si tiene cartel de publicidad paga tasa de publicidad y si pone música en el local hasta es posible que SADAIC le cobre. Cuando hace su primera venta, paga tres impuestos a la vez: IVA a la Nación, Ingresos Brutos a la provincia y tasa de comercio e industria al municipio. Si le quedó un margen, recién paga Impuesto a las Ganancias.

En este marco, es un contrasentido que toda la clase dirigente y sindical declame compromiso con la producción, el crecimiento y el empleo, y luego terminen discutiendo en cómo bajar el único impuesto sano que contribuye a una sociedad más inclusiva y neutral el proceso productivo. En cambio, toda esta acumulación de impuestos que los tres niveles de gobierno (Nación, provincias y municipios) colocan sobre el proceso productivo quitan capital de trabajo, hacen pagar salarios más bajos e inducen a la informalidad de las relaciones induciendo a evitar contratos formales, no registrando trabajadores u horas trabajadas, y fundamentalmente no dando facturas en cada venta para evitar los tres impuestos superpuestos. El contrasentido se vuelve irritante cuando dirigentes, políticos y sindicalistas condenan la informalidad. Cuando son los impuestos al proceso productivo los que la provocan.

Por eso, sería muy sano para el país que se le ponga definitivamente fin a la recurrente discusión del Impuesto a las Ganancias y las energías se dediquen a modernizar el sistema tributario en su conjunto apoyándose en tres principios: los impuestos no tienen que gravar el proceso productivo, tienen que ser pocos y tienen que ser simples.

(*) Economista de IDESA

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