Análisis

Viviremos tiempos interesantes

A menos que el próximo asesino tenga mejor suerte o mejor puntería, Donald Trump será el presidente de EE.UU. durante los próximos 4 años. Su estilo abrasivo e intempestivo hace muy difícil predecir en qué dirección llevará la política de la mayor potencia del mundo.
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La conocida -aunque apócrifa- maldición china del título puede leerse en varios sentidos. ¿Qué nos espera para la seguridad internacional del mundo en 2025? Podemos arriesgar algunas ideas generales.

A menos que el próximo asesino tenga mejor suerte o mejor puntería, Donald Trump será el presidente de EE.UU. durante los próximos 4 años. Su estilo abrasivo e intempestivo hace muy difícil predecir en qué dirección llevará la política de la mayor potencia del mundo. 

Una condición estructural del sistema internacional actual es que se encuentra en transición, de un sistema unipolar en el cual EE.UU. ocupaba el rol dominante, a un mundo multipolar en el cual Washington no tiene la misma capacidad para imponer su voluntad a otros países. Las potencias intermedias y los estados más pequeños en el sistema ahora tienen (y tendrán aún más en el futuro) una mayor cantidad de opciones para orientar su política exterior.

Aquellos que sean más pragmáticos, como Turquía por ejemplo, se acercarán a una u otra potencia según su conveniencia en temas específicos, evitando alianzas o alineamientos incondicionales, para maximizar su margen de autonomía (Argentina haría bien en tomar nota). En este mundo, EE.UU. tendrá que negociar más y hacer concesiones si quiere la colaboración de otros estados.

La política internacional de EE.UU. en los últimos años, lejos de ser estratégicamente prudente, sigue una inercia política e institucional que se encuentra cada vez más desconectada del escenario internacional. 

Gran parte de la clase dirigente en Washington hoy habla y se comporta como si EE.UU. aún se encontrara en el momento unipolar, con una visión muy desactualizada del balance de poder en el mundo. Esto está llevando a que cada vez más se choquen con los límites duros de lo que su poder puede lograr, y es necesaria una recalibración. ¿Podría ser Trump el presidente indicado para romper con esta inercia, y volver a EE.UU. a una política más realista? 

El segundo mandato de Trump comienza en una posición mucho más sólida que el primero. Su partido domina ambas cámaras del Poder Legislativo, tiene una Corte Suprema amigable, y ha ganado tanto el Colegio Electoral como el voto popular. 

Esto significa que tiene una indiscutible legitimidad política, y pocos obstáculos institucionales para aprobar sus nombramientos preferidos e implementar su agenda, al menos en los primeros 2 años. 

El hecho de que este sea su último mandato posible lo libera de la sombra del futuro de las próximas elecciones, así que puede darse el lujo de ir contra el status quo político con mayor libertad. 

Ucrania y Oriente Medio

Apenas asuma, Trump heredará 2 conflictos complejos en marcha en Ucrania y Oriente Medio, y una incipiente guerra comercial con China.

Si tomamos como referencia su primer mandato, parece probable que el instinto de Trump sea aplicar máxima presión a sus adversarios para forzar concesiones favorables, pero evitando llegar al conflicto militar abierto. Sería prudente no dejarse llevar por ese instinto.

En el caso de Ucrania, todo parece indicar que Trump desea desentenderse de esta guerra porque reconoce que no puede ser ganada. Pero no parece haber un plan realista para lograr una solución política que lleve a una paz duradera, solo un deseo de congelar el conflicto en su situación actual, cosa que Rusia ya ha señalado que no va a aceptar.

Ucrania va camino a un colapso irreversible, y no hay mucho EE.UU. pueda hacer al respecto. Los posibles planes que se debaten hoy son un ejercicio de realismo mágico, que suponen que aún hay en Occidente grandes stocks de material bélico, o algún sistema de armas novedoso capaz de revertir el curso de la guerra. 

Rusia está ganando en el campo de batalla, y cada día que pasa la posición relativa de Moscú mejora. Entre más tarde en reconocer este hecho, peores serán las condiciones que deberá aceptar.

Mientras tanto, en Oriente Medio, Trump deberá hacer un delicado balance entre su apoyo a Israel y la posibilidad de una guerra abierta con Irán. El compromiso de EE.UU. con el estado de Israel ha sido casi irrestricto, a contramano del resto del mundo, y es esperable que esta política continúe o incluso se profundice con un gobierno republicano.

El Gobierno de Netanyahu considera que se encuentra ganando en su guerra contra el llamado "Eje de la Resistencia", y que tiene una ventana de oportunidad favorable para ir lo más lejos posible en la destrucción de sus enemigos. Pero no tiene la capacidad de hacerlo por sí solo, de ahí los incentivos que tiene para tratar de escalar el conflicto involucrando a EE.UU. 

Pero incluso EE.UU. se encuentra pobremente posicionado para una guerra general con Irán, de manera que viene haciendo lo posible por evitarlo. Además, al escalar el conflicto, aumenta peligrosamente la probabilidad de que Teherán haga el paso final hacia la bomba nuclear.

Donald Trump y Benjamin Natanyahu

Y no nos olvidemos de China

Finalmente, China se prepara para una renovación y profundización de la guerra comercial que caracterizó el primer mandato de Trump. 

Existe un consenso, tanto entre republicanos como demócratas, de que China es la principal amenaza geopolítica que enfrenta EE.UU., y que debe ser contenida tanto en términos económicos como militares, lo cual aumenta en el mediano plazo las probabilidades de un choque armado entre ambos.

El fracaso de la "máxima presión"

Al comienzo de su primer mandato, Trump heredó de Obama una política de máxima presión contra Siria. Luego, el líder republicano siguió políticas de "máxima presión" contra Corea del Norte, Irán, Venezuela y Cuba. Su sucesor, Joe Biden, hizo otro tanto contra Rusia. 

En todos y cada uno de estos casos, la política de "máxima presión" fue un fracaso: el estado en cuestión no cambió sus políticas para acomodarse a los deseos de EE.UU., ni tampoco contribuyó a que hubiera cambios de régimen, con la debatible excepción de Siria. 

E incluso en el caso sirio, no está para nada claro que pueda considerarse un éxito: su próximo gobierno está ahora dominado por yihadistas.

Los planes de Trump para encarar estos conflictos parecen sugerir que quiere seguir una receta similar, pero tanto Rusia, como Irán como China son hoy menos vulnerables a la estrategia de "máxima presión" que cuatro años atrás. El "imperio" americano muestra señales claras de que está sobreextendido. 

Por otro lado, estos tres países se han mostrado abiertos a negociar, pero la diplomacia genuina requiere no solo hacer demandas, sino también concesiones. 

¿Habrá aprendido Trump de los fracasos de su gestión anterior?  Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar