Trump y Europa: finalmente, se están empezando a entender
La semana pasada se llevó a cabo en Turquía la cumbre anual de la OTAN, y lo más llamativo de la reunión fue, paradójicamente, lo poco que pasó. Fue una cumbre mucho más tranquila de lo que se esperaba, sobre todo si se la mira a la luz del pasado reciente y de la relación cada vez más tensa entre la América de Donald Trump y el resto de los países miembros de la alianza.
Vale la pena recordar que no siempre fue así. Hasta hace apenas diez años, cada cumbre de la OTAN era más una ocasión de encuentro entre líderes mundiales que un verdadero foro de tensión geopolítica. Ni siquiera la invasión rusa de Crimea, en 2014, había alterado del todo ese aire de tranquilidad y camaradería que caracterizaba los encuentros de la alianza noratlántica. Se hablaba de Rusia, se condenaba la anexión, se posaba para la foto y cada uno volvía a casa.
El primer encuentro que se volvió realmente tenso fue el de junio de 2018, en Bruselas, cuando Trump amenazó con abandonar la alianza si los demás miembros no cumplían con la meta del 2% del PBI en gasto de defensa. Por entonces, apenas Reino Unido, Grecia y Estonia se acercaban a ese umbral. Fue el principio de una fractura que todavía hoy no termina de cerrarse.
Porque la pregunta de Trump, más allá de las formas, era legítima: ¿cómo era posible que Europa siguiera desfinanciando su gasto en defensa mientras, al mismo tiempo, compraba cada vez más gas ruso?
¿Qué sentido tenía pedirle a Estados Unidos protección militar si Europa no solo incumplía sus compromisos de gasto, sino que además financiaba directamente al mismo Estado que la amenazaba?
Vista con la distancia de los años, la pregunta no era la de un provocador sino alguien que estaba señalando una hipocresía estructural que todos en Europa preferían no ver.
Desde aquel 2018, cada cumbre de la OTAN se transformó en un foco de tensión, y la situación no hizo más que empeorar tras la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022. No ayudó que en plena campaña electoral rumbo a 2024 Trump admitiera públicamente que habría dejado que Rusia hiciera lo que quisiera con aquellos países que no cumplían con las metas de gasto pactadas. Fue una frase que en Europa cayó como un baldazo de agua fría, porque desnudaba algo que muchos sospechaban pero pocos se animaban a decir: la protección estadounidense ya no era un dato adquirido, sino una variable condicionada.
Con la reelección de Trump los europeos han empezado a aceptar compromisos concretos. En la cumbre de La Haya del año pasado, se pactó pasar de la vieja meta del 2% del PBI en defensa a una meta mucho más ambiciosa: 5% del PBI, de los cuales 3,5 en gasto militar y 1,5 en infraestructura y resiliencia. Vale la pena notar la magnitud del salto: en apenas una década, Europa pasó de ni siquiera cumplir el 2% pactado en 2014 a verse obligada a asumir una meta del 5%.
Parecía que la OTAN estaba a salvo, pero nadie se esperaba lo que vino a comienzos de 2026. La cumbre en Turquía ha sido la primera desde que Trump amenazara directamente a Dinamarca con quedarse con Groenlandia. Conviene detenerse en esto: por primera vez en la historia de la alianza, un país miembro, y el más poderoso de todos, amenazaba a otro con arrebatarle un territorio. Un hecho sin precedentes, tan serio que el propio gobierno danés llegó a preparar un plan de resistencia militar para el caso de que Estados Unidos decidiera actuar militarmente sobre la isla. Cuando uno mira ese antecedente, entiende por qué llegábamos a Ankara con el temor de una nueva cumbre explosiva.
Y sin embargo, no pasó nada de eso. La reunión transcurrió sin sobresaltos, casi aburrida para los estándares de los últimos años. Creo que hay dos razones que explican esta calma, y las dos tienen que ver con aprendizajes.
La primera es que los líderes europeos terminaron aceptando la lección de Trump. Aumentar el gasto en defensa ya no es una concesión diplomática hacia Washington, sino que se asume como una necesidad propia, y doble.
- Sirve para contrarrestar la amenaza rusa y sirve para garantizarse el sostén de Estados Unidos el día en que Vladimir Putin decida escalar la tensión con la alianza, algo que ya no se considera hipotético. En los últimos años hubo un cambio de percepción decisivo. Para los servicios de inteligencias europeos, ya no es cuestión de si Putin escalará la tensión, sino de cuándo y cómo. La cuestión es, más bien, si Europa llegará a ese momento con capacidad propia o seguirá dependiendo de la buena voluntad de un aliado que se ha vuelto errático. Ese cálculo es lo que terminó de convencer a Europa de que el gasto en defensa no es un favor a Trump, sino un seguro para sí mismos.
- La segunda es que los líderes europeos aprendieron a manejar el carácter de Trump. Y quizás nadie mejor que Mark Rutte, el actual secretario general de la OTAN. Antes de asumir ese cargo a fines de 2024, Rutte fue primer ministro de los Países Bajos durante más de una década, un período que lo convirtió en uno de los negociadores más experimentados de Europa. En su rol actual tiene una ventaja que ningún jefe de Estado europeo posee: no necesita volver a buscar votos populares para conservar su cargo, y puede permitirse el rol de apaciguador sin pagar el costo político que sí pagaría un primer ministro frente a su propia opinión pública.
Desde que asumió, se ganó fama de "domador de Trump" por sus halagos. Llegó a llamarlo "daddy" durante la cumbre del año pasado, y meses después, en el Salón Oval, le presentó un gráfico con letras doradas bautizado "The Trump Trillion" mostrando US$ 1,2 billones en gasto adicional de europeos y canadienses desde 2017. Todo mérito, según Rutte, del propio Trump.
En la previa de Ankara, mientras Trump amenazaba con cortar por completo el comercio con España y calificaba al país de "aliado terrible" por resistirse a elevar su gasto en defensa al cinco por ciento, Rutte exigió públicamente a Madrid planes concretos para llegar a esa meta, y llegó a advertir que la Alianza tiene los medios para convencer a los países reticentes. En el gobierno español lo interpretaroncomo un gesto calculado para congraciarse con Trump a costa de un socio europeo. Rutte, en definitiva, no tiene problema en sacrificar a un aliado menor con tal de mantener contento al más poderoso.
Hay quienes creen que esta sumisión roza lo ridículo y dudan de que esa relación personal beneficie a la alianza a largo plazo. Pero nadie discute el resultado inmediato: Rutte evita que la alianza se rompa. En el largo plazo, el peso de la defensa europea terminará cayendo sobre los propios europeos, como Trump viene reclamando desde 2018. Pero en el corto plazo, el sostén de Estados Unidos sigue siendo, para Europa, más necesario que nunca. Y por eso, guste o no, ningún líder europeo puede permitirse hoy que Trump se aleje de la alianza. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar