Hasta la llegada de Trump II a la presidencia dos aspectos eran incuestionables sobre la actual dinámica geopolítica. En primer lugar, desde Obama el epicentro estratégico de EE.UU. se movió al denominado Asia-Pacífico con el objetivo de contener la expansión y la influencia de China. Con la invasión de Rusia a Ucrania en 2022, Biden sumó a Eurasia y amplió el horizonte geopolítico de Washington (overstretch).
El segundo, en tiempos de la conflictividad mundial América Latina era una "geografía olvidada" por la geopolítica, en relación a la baja relevancia relativa de las potencias, en especial de EE.UU. Esta realidad era percibida como una oportunidad para los márgenes de maniobra externos de la región.
En lo que va del 2025, ambas cosas parecen estar cambiando. De acuerdo a las filtraciones del borrador de la Nueva Estrategia de Defensa Nacional que está elaborando el Departamento de Defensa (Guerra), EE.UU. comenzará a dar prioridad a misiones y acciones nacionales y regionales (Homeland and Western Hemisphere) frente a la contención de actores como Moscú y Beijing.
Lo de Rusia era esperable y fue parte de la plataforma de la campaña electoral, lo de China es sin lugar a duda una sorpresa. De concretarse, la estrategia supondría un cambio importante con respecto a la última década que involucró tanto administraciones demócratas y republicanas.
Según el medio estadounidense Político, una de las personas con acceso al documento indicó: "Esto va a suponer un cambio importante para EE.UU. y sus aliados en varios continentes". Estados Unidos estaría lentamente frenando/desandando gran parte del despliegue de los recursos que aplicó sobre el Indo-Pacífico. Todo parece indicar que para Washington es tiempo de un repliegue estratégico.
En las últimas semanas aparecieron hechos que van en esa dirección. El Pentágono informó a un grupo de diplomáticos europeos el recorte de asistencia militar a los países Bálticos. Por su parte, Trump se negó a aprobar un paquete de armas para Taiwán, mientras intenta negociar un amplio acuerdo comercial y una posible cumbre con el líder chino.
Estos movimientos se enmarcan en el diálogo que la Casa Blanca tiene con Putin (Cumbre en Alaska) y Xi Jinping en donde se han quitado de la mesa temas sensibles para las potencias rivales. La administración Trump parece comenzar a sentirse cómodo con la configuración de esferas o zonas de influencias.
Este concepto ha regresado con fuerza al vocabulario de analistas, diplomáticos y estrategas, el cual parecía diluido bajo la lógica del multilateralismo, la globalización y la expansión de los marcos normativos liberales en la post guerra fría.
A diferencia de las divisiones geopolíticas rígidas del siglo XIX y XX, las esferas contemporáneas ya no se limitan a la ocupación territorial o al control militar directo. Existen hoy un abanico de instrumentos y herramientas geoeconómicas para ejercer influencia a partir de la idea de usar la "interdependencia como arma" (weaponized interdependence): inversiones estratégicas, presencia tecnológica, aranceles y controles de exportaciones, normas regulatorias, puntos de estrangulamientos logísticos, entre otros.
Consecuentemente, desde enero de 2025 la administración Trump ha reforzado su presencia e influencia sobre su principal zona geográfica contigua: discusión sobre la soberanía de Groenlandia y del Canal de Panamá; mayor presencia militar en el Mar Caribe y fuertes presiones políticas a gobiernos de aliados claves que no se subordinan a Washington: Colombia (desertificación en la lucha contra las drogas) y Brasil (aranceles por el proceso judicial a Bolsonaro), entre otras.
Es en este contexto de shift estratégico geopolítico de EE.UU. con Trump que debe leerse el anuncio del Secretario de Tesoro de Scott Bessent de "hacer todo lo necesario" para apoyar al gobierno argentino de Javier Milei.
A diferencia del "garrote" aplicado a gobiernos ideológicamente opuestos, con Milei aparece la primer gran zanahoria "geoeconómica" de Trump hacia la región. El respaldo económico y político al proyecto de Milei (en su peor momento de gobierno) coadyuva a consolidar el alineamiento y la subordinación estratégica de Buenos Aires.
En las relaciones internacionales no existe almuerzo gratis, menos cuando se negocia desde la extrema debilidad. De concretarse la asistencia del Tesoro, en cualquiera de los formatos, Washington vinculará cuestiones y reforzará su influencia sobre uno de los países más importante de América Latina en general y Sudamérica en particular, más en el marco del mayor deterioro de la relación bilateral con Brasilia en los últimos 50 años.
La renovada coyuntura de debilidad de la Argentina es una oportunidad geopolítica que la administración Trump no quiere dejar pasar. Sin lugar a dudas EE.UU. usará la interdependencia financiera directa, que se suma a su peso en el FMI, para cambiar conductas y moldear expectativas sobre la Casa Rosada.
Tal como ocurrió con Ecuador en 2021 con Lenin Moreno, es de esperarse como primer gran gesto la exigencia de terminar en 2026 con las líneas de financiamiento de China, en este caso el Swap entre los bancos centrales.
En la lenta conformación de nuevas zonas de influencias a nivel global y de un repliegue estratégico de EE.UU. que implica mayor presión y atención sobre su contexto contiguo es que debe entenderse el sorprendente -inclusive para analistas estadounidenses- movimiento del Departamento del Tesoro con Argentina.
El anuncio de una poca frecuente asistencia económica bilateral no es solo un apoyo frente a una crisis financiera ni una ayuda a un amigo político en problemas. Es, además, una clara jugada geopolítica.