Equidad de género: dónde estamos y cuánto podríamos avanzar

Persiste un alto grado de segregación de las ocupaciones entre géneros

12-03-2015
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(Columna de Silvana Melitsko, economista y asesora en la Legislatura CABA) La celebración del Día Internacional de la Mujer es una buena ocasión para analizar la situación socioeconómica del género femenino en nuestro país. Si bien varios indicadores, especialmente en materia de salud y educación, dan cuenta de una brecha y una tendencia que favorece a las mujeres, persiste una marcada división del trabajo (sea o no remunerado) entre ambos sexos que sigue las líneas tradicionales y reproduce a grandes rasgos lo que sucede en el resto de Amé- rica Latina. En esta columna ofrecemos un breve diagnóstico de la situación y algunas reflexiones sobre sus implicancias en términos de equidad de género. El mercado de trabajo Como en muchos otros países, la tasa de empleo remunerado de las mujeres argentinas es considerablemente más baja que la de los hombres. Según los últimos datos de la EPH, en el segundo trimestre de 2014 el 59% de las mujeres adultas y el 87% de los hombres adultos (entre 25 y 64 años) se encontraban ocupados. Las dos terceras partes de las mujeres inactivas en esa franja de edades tenían como actividad principal el trabajo doméstico no remunerado (amas de casa). Como retribución por el total de ocupaciones, los hombres percibieron ingresos por alrededor de $6.700 mensuales y las mujeres ocupadas por $5.017. Los menores ingresos se explican principalmente porque los hombres trabajaron en promedio alrededor de diez horas semanales más que las mujeres en el período considerado. Pero si definimos trabajo en un sentido más amplio, e incluimos además las horas dedicadas al trabajo doméstico no remunerado, nos encontramos con que la brecha se invierte. Las mujeres dedicamos a esas actividades casi tres veces más tiempo que los hombres, y según la Encuesta Anual de Hogares Urbanos de 2013 que incluyó un módulo con preguntas sobre trabajo no remunerado, trabajaríamos alrededor denueve horas semanales más que los hombres al sumar ambos tipos de trabajo. Una característica notable del mercado de trabajo argentino es el alto grado de segregación de las ocupaciones entre géneros. El 43% del empleo femenino se concentra en tres actividades llevadas a cabo tradicionalmente por mujeres: el empleo doméstico remunerado, la enseñanza y los servicios de salud, que se han femineizado más recientemente. En contraste, sólo el 6% de los hombres trabajan en estas ocupaciones: hay 3,3 mujeres por cada hombre en el sector de educación y 2,5 en el de salud, mientras que el empleo doméstico es casi exclusivamente femenino, y concentra alrededor del 18% de las mujeres ocupadas. Antes de discutir si es posible (y deseable) equiparar condiciones entre hombres y mujeres en el mundo del trabajo, repasamos breses. En primer lugar, cabe señalar que la brecha de empleo mencionada al principio de esta sección coincide con el promedio para la región de América Latina, aunque con diferencias considerables entre países de nivel de desarrollo similar. La diferencia absoluta entre la tasa de empleo de hombres y mujeres alcanza uno de los valores más bajos en Uruguay (19,5 puntos porcentuales), seguido por Brasil (26 puntos porcentuales), Argentina (29 puntos porcentuales) y Chile (33 puntos porcentuales) según la última información relevada por CEDLAS. Fuera de la región, en países con mayor ingreso relativo, la brecha se reduce notablemente hasta alcanzar su valor más bajo en los países nórdicos, donde la diferencia a favor de los hombres oscila entre 6 y 7 puntos porcentuales. Para el promedio de países ricos de la OECD, la cifra ronda los 13 puntos porcentuales. La situación social En materia de educación, observamos una diferencia llamativa a favor de las mujeres en el máximo nivel educativo alcanzado. Según los últimos datos de la EPH, el 24% de las mujeres entre 25 y 34 años ha completado estudios terciarios o universitarios, mientras que sólo el 14% de los hombres hizo lo propio. Una relación similar se observa en la proporción de graduados universitarios: cada año egresan 1,6 mujeres por cada varón. No hay prácticamente diferencia en la tasa de pobreza para hombres y mujeres argentinos, que se ubicaría en el orden del 22%-23% según nuestras estimaciones. El resultado es bastante sorprendente, teniendo en cuenta los menores ingresos laborales de los hogares con jefa mujer. Sin lugar a dudas las políticas sociales de la última década contribuyeron a ese resultado, aunque queda pendiente la pregunta de si tuvieron por efecto secundario una menor disposición a participar del mercado de trabajo. En materia de salud es un hecho casi universal que las mujeres tienen mayor expectativa de vida que los hombres, aunque en el caso argentino la diferencia de siete años y medio es particularmente notoria. En cambio, la exposición al embarazo temprano es un factor de exclusión propio de las mujeres, debido a su alta correlación con el abandono escolar y el grado de vulnerabilidad económica y social. Perspectivas Como conclusión general, dejando de lado cuestiones puntuales como la violencia doméstica y la salud sexual y reproductiva, la desigualdad de género en el ámbito del trabajo es donde mayores diferencias se observan con respecto al mundo desarrollado. Parte de esa brecha podría cerrarse sin lugar a dudas con políticas “amigables” con el empleo femenino que contemplen, por ejemplo, la disponibilidad de servicios de cuidado para niños pequeños y licencias disponibles e intercambiables para ambos sexos. Pero a un nivel más profundo, queda abierta la pregunta de hasta qué punto la estructura económica que caracteriza a los países de América Latina y a la Argentina en particular está en condiciones de absorber mayor oferta de trabajo femenino con alternativas laborales suficientemente atractivas como para acelerar el cambio cultural observado, en mayor o menor medida, en gran parte del mundo desarrollado.

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