Las dos caras de la educación

Derribar el muro de la ignorancia es la verdadera revolución que requiere Argentina.

13 de septiembre, 2021

Las dos caras de la educación

Por Maximiliano Gregorio-Cernadas (*)

Así como en el Siglo XIX la revolución educativa que lideró Sarmiento, aportando lo más avanzado que existía entonces en la materia, constituyó un factor clave para colocar a Argentina entre las primeras potencias del mundo. La reaccionaria política educativa actual es también clave para explicar el estancamiento en que se encuentra el país. 

La cuestión fue estupendamente abordada en una reciente mesa-debate organizada por el Comité de Cultura del prestigioso think-tank CARI (Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales), con las exposiciones de dos expertos en la materia, Juan María Segura y Guillermo Jaim Etcheverry quienes, en una apretada síntesis, representaron a mi juicio, las dos facetas del mismo problema: los medios educativos, por un lado y sus contenidos, por el otro. 

En efecto, en mi opinión se trata de dos cuestiones de naturaleza y, por ende, especialidades muy diversas. Hoy el problema educativo es inconcebible sin un dominio de los más avanzados soportes tecnológicos, pero también sería un error subestimar la trascendencia de los contenidos a transmitir a los educandos. En ambos rubros se observan graves deficiencias en el sistema educativo argentino. 

Por el lado de los instrumentos, advertimos una capacidad limitada, tanto estructural (la conectividad, que debería ser una política nacional prioritaria y ultradinámica siguiendo las más avanzadas tendencias mundiales, ha dejado de ser una prioridad), como de la deficiente preparación técnica de los docentes para asumir los vertiginosos cambios técnicos de hoy, así como las gravísimas dificultades que enfrenta nuestro enorme porcentaje de niños y jóvenes menesterosos para acceder a un sistema educativo moderno, con un resuelto propósito de cohesión social y federal, y de formación del ciudadano libre. 

En cuanto al contenido, aunque parezca lo contrario, nunca está vacío. La aparente vacuidad que consumen los alumnos en las redes mundiales está, en realidad, colmada de elementos de muy diversas y complejas índoles, banales y trascendentes, deletéreos y provechosos, ante los cuales una educación concebida por adultos especializados, debe enseñar a discernir. 

A ese problema del contenido debemos sumar en Argentina el de la pueril aunque perversa propaganda política aplicada sistemáticamente desde el propio Estado que sostenemos todos con nuestros impuestos, pero con contenidos partidarios y, para colmo, retrógrados, concebidos por mentes detenidas en los ’70, es decir, hace medio siglo para falsear la realidad y, sobre todo, alimento para la discordia y la desigualdad e inconducente para la verdadera revolución que requiere Argentina. 

Los medios y los fines se han confundido en la educación argentina. Por ejemplo, los eternos paros laborales y el sistema que rechaza calificar a docentes y alumnos pero distingue a mediocres y holgazanes, se han convertido en fines de la educación, en lugar de acotarlos a lo que son,  medios. Hasta los padres ya están resignados a que su reclamo de máxima logre alcanzar apenas que un maestro con un pizarrón y una tiza se pare ante sus hijos. 

De mi experiencia en el exterior concluyo que la educación más avanzada es aquella que sabe combinar los fascinantes recursos técnicos de nuestro tiempo, con los eternos valores del humanismo, la democracia, la libertad para pensar y debatir, la creatividad, la fe en la ciencia, el conocimiento y el mérito, el premio a la superación, y la ética como amalgama entre la técnica y el espíritu. Derribar el muro de la ignorancia es la verdadera revolución que requiere Argentina.     

(*) Diplomático de carrera y miembro del Club Político Argentino y la Fundación Alem