¿Serán capaces?

29 de julio, 2021

serán capaces Carlos Leyba

Por Carlos Leyba

Si alguien esperaba de esta campaña electoral un soplo de aire fresco, de horizonte, lamentablemente, los primeros pasos sólo revelan que, en el mejor de los casos, hay casting renovado sin modificación del parlamento que todos expresan.

Caras nuevas, algunas. Palabras viejas, la mayoría.

Dado que se trata de una elección parlamentaria, este estancamiento de la “palabra política” nos anuncia que, en el Parlamento futuro, con los nuevos legisladores, nada cambiará.

Habrá excepciones. Siempre las hay. Pero una “golondrina no hace verano”.

¿Qué es la palabra política? Aquello de lo que los políticos hablan para generar debate.

De aquello que escuchamos hablar a las “espadas”. ¿Podemos llamarlo agenda?

No. No es agenda el repertorio de chicanas que las “primeras espadas” recitan.

La palabra política hoy no construye agenda. Está gobernado por arrebatos. Al no tener agenda propia, el país está sometido, sin saberlo, a una agenda ajena que, por definición, no puede “construir Nación”. Agenda ajena en todos los planos (política internacional, energética, transporte y estructura productiva) por no diseñar la propia. Sin agenda propia lo que ocurre es agenda ajena.

La campaña recién se inicia.

El oficialismo repite lo mal que hizo, lo pésimo que dejó, el Gobierno anterior. Reivindica “los años felices” que le atribuye a Cristina y “lo mucho” que hizo Alberto.

Palabras estancadas en el pasado. Sin señales de lo que hay que hacer para salir de esta decadencia interminable. Menos de cómo hacerlo.

El oficialismo es una construcción discursiva para explicar el presente (horrible) como consecuencia del pasado (del Gobierno anterior).

No asoma la propuesta temática de una agenda que es lo único que justifica la acción política.

Los más destacados candidatos de la oposición, sólo los que formaron parte de la experiencia Macri, defienden ese período imaginando virtudes inexistentes.

Apuntan sus cañones a los malestares que nos ofrece el presente. Resultados de la pandemia, costos de la cuarentena. Lo mal que dan los números económicos y sociales.

Pero ni un trazo sobre el giro, la dirección, la salida. Sólo una permanente y ridícula catilinaria sobre el “hay que” y sin el menor atisbo de un “cómo” posible.

Los candidatos que provienen de vertientes extrañas a la militancia política, están confirmando aquella regla que reza “algo debe cambiar para que todo siga igual”.

Cambian nombres, pero hasta aquí las palabras –de eso se trata una campaña– sólo auguran que el resultado será más de lo mismo.

Tal vez es un juicio prematuro. Pero los nuevos y los viejos han hablado.

El fervor oficialista está centrado en el ataque a la experiencia macrista y a las críticas que los macristas le hacen al oficialismo.

La pasión de la oposición no se desvía de la defensa de los días propios y de la crítica al Gobierno del presente.

El menú de la campaña, hasta ahora, es un guiso del presente y del pasado que  huele a ropa vieja.

Los medios, con alguna que otra excepción, lo incentivan –lo revuelven– y el resultado es la peligrosa idea que “la política” es palabrerío inútil. Conclusión dominante: “No se las cae una idea” Y tienen razón.

El Gobierno publicita “lo que ha hecho”. Obras públicas que son un intento de cancelación, por otra parte parcial, de deudas gigantescas que se acumulan por décadas.

El deterioro de la infraestructura social, esencialmente acumulativo, tiene el sello de muchísimos años de incompetencia en la que la inmensa mayoría de los actuales funcionarios – cualquiera sea su origen – tienen sobrados méritos para aceptar parte de la responsabilidad.

La mayoría de los involucrados en esta gestión fueron parte de los ’90 –la mayor experiencia neoliberal en democracia de América Latina– y a su vez –sea por omisión, conveniencia o convicción– si no fueron parte, al menos reivindican la acción y el ideario de la “juventud maravillosa”.

Dos proyectos antitéticos que sólo los puede compartir y abrazar en cada momento, personas con serios problemas de comprensión o con una moral política increíblemente acomodaticia.

La veleta no tiene rumbo, pero se mueve para el lado que el viento sopla.    

Objetivamente, a muchos de los que hoy son la energía máxima de Juntos por el Cambio, les caben similares  militancias antitéticas. ¿Cuántos dirigentes de esa fuerza pasan el test de la 125 (madre de la grieta) o el de la convivencia con el Indec que disfrazaba la inflación, ocultaba la pobreza o exageraba el crecimiento?

La pasión de los conversos, las estrategias utilitarias, en definitiva, produce necesariamente una suerte de vaciamiento del discurso político en su sentido más nutritivo de la democracia. La veleta no tiene rumbo sino el que marca el viento que sopla.

La consecuencia de estas falencias es que la campaña es una disputa entre dos fuerzas en pugna incapaces de un debate acerca del rumbo de un país que, librado a las corrientes que lo arrastran, habrá de continuar en el proceso decadente que mutila el futuro de las próximas generaciones y achata el presente de los que aquí vivimos. No puede debatir el rumbo aquél que no lo tiene.

Propongamos temas para una agenda. ¿Cuáles serían los temas prioritarios? ¿Cuáles los objetivos prioritarios compartidos y las metodologías, los instrumentos propuestos?

¿Cómo consensuarlos o, en el caso de diferir, establecer las normas para aceptar su ejecución por las mayorías y mantener el control alerta con el concurso de las minorías?

Imprescindible establecer metas mensurables de avance, retroceso o éxito en la línea de tiempo.

Hoy está excluida casi la mitad de la población. Nadie duda que este tema es prioritario.

Una realidad lacerante. Hace menos de medio siglo la pobreza era 4% de la población y era un estado transitorio. Movilidad social ascendente para todas las capas de la sociedad: modelo de vida dominante clase media con aspiraciones y posibilidades.

La pobreza aquí es un fenómeno de exclusión porque los excluidos son hijos de quienes ayer estaban incluidos. Fenómeno único en América Latina donde la exclusión se arrastra desde hace siglos y hoy se incluye. Nuestro trayecto es inverso.

El primer objetivo compartido debe ser la eliminación, en el corto plazo, de las condiciones de vida de pobreza de los niños. ¿Instrumentos, metodología? ¿Medir avances? ¿Podemos lograr que en 10 años ningún niño viva en condiciones de pobreza?

La economía argentina está sometida a la restricción externa. El crecimiento económico históricamente se encuentra limitado: toda expansión genera incrementos de las importaciones que, a consecuencia de una estadísticamente menor expansión de las exportaciones, provocan un desequilibrio en la balanza de comercio que – finalmente – reduce el nivel de actividad interno como mecanismo de ajuste.

La base de nuestras exportaciones es el sector primario. Sus precios están sometidos a vaivenes del mercado y las materias primas están condicionadas a un ciclo que en el período de baja afecta nuestra capacidad de sostén del comercio.

Resolver la “restricción externa” es un tema prioritario para la agenda nacional y hay consenso.

El debate surgirá por los objetivos e instrumentos para superar esa restricción.

Hay quienes postulan la capacidad de los mercados para resolver esos problemas. En ese caso el objetivo será lograr la apertura del movimiento comercial y de la cuenta de capital.

No serán necesarias, en ese caso, políticas ad hoc, por ejemplo, industriales, agropecuarias, mineras o de “economía del conocimiento”. Los objetivos, para esa visión, son sólo institucionales, contractuales. En esas condiciones los mercados  acabaran con “la restricción”

Otra visión, más allá de los grados de protagonismo asignados a los mercados, entiende que “políticas” –que implican decisiones y recursos públicos– serán imprescindibles para resolver ese problema económico prioritario. Dependiendo de la intensidad y capacidad abarcadora de esas “políticas”, al debatir, estaremos debatiendo lo que en la jerga económica del desarrollo llamamos plan.

Aún aquellos que convergen en la necesidad de políticas, pueden tener diferencias iniciales abismales pero, el debate, al llegar a “metas objetivo y recursos necesarios”, generará una relativa convergencia.

Un tercer tema prioritario es la inflación. Un sistema inflacionario nos conduce a un estado de incertidumbre e insatisfacción que reduce la calidad de vida. La inflación es una enfermedad. No hay desacuerdo.

La divergencia nace cuando tratamos de poner objetivos concretos e intentamos diseñar y elegir las herramientas para lograrlos. Lo que importa es el debate acerca de los métodos para resolverla.

Hay un sector que sostiene que la inflación es exclusivamente un fenómeno monetario que deriva de la expansión monetaria impulsada por el déficit público.

La creación monetaria inflacionaria sólo es la del déficit del sector público. Dicen, la creación monetaria generada por los balances externos superavitarios no es inflacionaria porque “la emisión tiene un respaldo”.

Esta visión “monetaria” no es compartida por quienes, sin hacer del déficit público un mérito, sostienen que la inflación es un fenómeno multicausal, lo que incluye a las perturbaciones monetarias, las inelasticidades de la economía, la puja por la distribución del ingreso o la función “inflacionante” de las expectativas negativas.

Objetivos y métodos de combate a la inflación son harto diferentes según las visiones sobre el origen del fenómeno.

Puestos en combate antiinflacionario habrá que tener o en cuenta al elegir las herramientas, la pobreza y la restricción externa.

Este esbozo de temas está muy lejos de agotar los temas prioritarios.

Pero debatir sobre cómo afrontar la pobreza record histórico, sobre como eliminar la restricción externa que amenaza, más allá de la deuda, la anhelada expansión de la economía y la estrategia para abatir la inflación teniendo en cuenta los riesgos de la pobreza y de la restricción externa, es la agenda que deberíamos pedirle a los candidatos.

¿Serán capaces de proponer y debatir civilizadamente?