Cinco décadas igual

5 de junio, 2020

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Por Marcelo Capello Presidente del IERAL de la Fundación Mediterránea

 

Si bien la negociación por la deuda bajo Ley Extranjera seguirá por algunos días más, desde el pasado viernes 22 de mayo Argentina se halla técnicamente en default, el noveno en su historia. Además, tras dos años en recesión, y ocho años con estanflación, el impacto recargado de la pandemia sobre la economía como mínimo infligirá una caída de 7% en el PIB de 2020, con un efecto máximo difícil de pronosticar, dada la imprevisibilidad de la evolución sanitaria a futuro.

 

En el mejor escenario la actual década mostrará finalmente una caída del PIB per cápita cercana al 15%, sólo superada en las últimas cinco décadas por la baja del 22% de los años ‘80. Dos décadas perdidas para la economía en medio siglo. Un país que en ese lapso pasó 42% del tiempo con recesión, es decir, 16 meses de recuperación del PIB por cada 12 meses de caída. Es difícil de encontrar en otro lugar del mundo.

 

No obstante, si se atiende a que en la década del ‘70 el crecimiento del PIB per cápita resultó bajo (menor al 10%), y que fue el período en el cual desde el Rodrigazo se pasó de una inflación alta a una muy alta (entre 1975 y 1990 la inflación resultó de tres o cuatro dígitos anuales, salvo en 1986), además que desde lo político fue una década caracterizada por la violencia (primero entre facciones ilegales de izquierda y derecha, y luego desde la represión ilegal por el Gobierno de facto), no resultaría exagerado afirmar que Argentina ha perdido tres de las últimas cinco décadas.

 

Claro que existen nexos entre décadas que vuelven más complejo el análisis. Por caso, a fines de los ‘70, con el entonces ministro José A. Martínez de Hoz, se incubaron un fuerte atraso cambiario y desequilibrios fiscales y externos que hicieron eclosión en 1981, e influyeron sobre el default de 1982 y la evolución económica del resto de la década del ‘80. Lo mismo puede decirse del último lustro de la Convertibilidad, cuyas derivaciones excedieron su caída en 2001; o el primer período de Cristina Kirchner, cuyos primeros síntomas se agravaron en el segundo período, determinando en gran medida la deficiente evolución económica de la década actual.

 

La tasa de inflación promedio en el último medio siglo ha sido del 83% anual, con dos hiperinflaciones en ese lapso (1989 y 1990, y algunos incluyen también a 1975 en la lista). La inflación resultó del 119% anual en la década del ‘70, 438% en los ‘80, 15% en los ‘90, 27% en los 2000’s y 37% en la última década, siempre para el promedio anual.

 

Ligado a la inflación, el aumento de la emisión monetaria resultó del 86% anual promedio en los últimos 50 años, con subas de base monetaria del 117% anual en la década del ‘70, del 423% en los ‘80, 15% en los ‘90, 14% en los 2000’s y 33% en la actual década. Existieron cuatro cambios de moneda en el medio siglo, un reemplazo de moneda cada 12 años y medio, en promedio.

 

La emisión de moneda, por supuesto, estuvo relacionada con el déficit estatal: el sector público nacional no financiero mostró déficit financiero el 69% de los años que conforman el último medio siglo. Primera pista para las soluciones futuras: la decadencia económica argentina parece no haber estado vinculada precisamente a la existencia de superávit fiscal, sino lo contrario.

 

El déficit fiscal, además de ser financiado con una extravagante creación de dinero, también lo fue con una no menos exagerada emisión de deuda pública. Entre 1970 y 2020, la deuda pública de Argentina, medida en dólares constantes, creció un 1.205%, con subas acumuladas del 170% en los años ‘70, 74% en los ‘80, 83% en los ‘90, 8% en los 2000 y 41% en la década actual.

 

En el último medio siglo, Argentina también evidenció repetidos problemas con su sector externo, al transitar 72% del tiempo con desequilibrio en la cuenta corriente de su balanza de pagos. Esto es, pasó más de dos tercios del período gastando más de lo que produce, endeudándose con el resto del mundo. Segunda pista clave para el futuro: está claro que la declinación argentina tampoco parece estar ligada a un crecimiento importante de las exportaciones, sino a la escasa competitividad y al crecimiento de la demanda sólo basado en el consumo (privado o público) y el mercado interno.

 

El fracaso económico se tradujo en caídas de salario real en el sector privado formal, de modo que en 2020 el salario resulta 55% del observado en 1970. En el último medio siglo, como consecuencia de las repetidas crisis y recesiones económicas, el salario real privado formal cayó, en promedio, un año de cada dos.

 

El estancamiento a largo plazo y la caída de los ingresos reales de la población han devenido en una notable suba de la porción de la población que se halla bajo la línea de la pobreza. Dicho guarismo era de alrededor del 4% a comienzos de los años ‘70, comenzó a subir especialmente con las tasas de inflación de tres dígitos anuales, mostró sus máximos en las grandes crisis (47% en 1989 y 57% en 2002), y en la última medición se ubica en torno al 35% de la población. Hace rato que se trata de un problema estructural que ha afectado a no menos de un cuarto de la población en los últimos 25 años.

 

Para una comparación de desempeño internacional, se puede echar mano de las estadísticas del FMI, que publica datos comparables de producción per cápita desde el año 1979. Entre ese año y 2020, el PIB por habitante de Argentina creció un acumulado de 10% en dólares constantes (paridad de poder adquisitivo), versus 77% que lo hizo en Australia, 186% en Chile, 296% en Irlanda y 611% en Corea del Sur, por citar algunos ejemplos de diferentes continentes.

 

No quedan dudas de la decadencia de la economía argentina en al menos cinco décadas, con graves consecuencias sociales. En plena negociación con acreedores y en medio de la crisis por el Covid-19, nuevamente surge la disyuntiva sobre el modelo a seguir pospandemia. El repaso previo ofrece algunas pistas: la decadencia parece estar ligada al déficit fiscal y al endeudamiento estatal, con sus derivaciones inflacionarias, y a los desequilibrios externos por la incapacidad de aumentar sostenidamente las exportaciones con valor agregado, lo cual conduce permanentemente a crisis fiscales y/o de escasez de divisas, acompañadas de eventos de inseguridad jurídica que desalientan la inversión a largo plazo.

 

Tales problemas han estado intrínsecamente ligados a la debilidad de las instituciones locales, con escaso apego a la separación de poderes y a la transparencia republicana, con una incesante inclinación hacia el exceso de gasto y déficit públicos que, junto a la ausencia de una política de estado para desarrollar exportaciones, nos tiene detenidos en el tiempo desde hace al menos medio siglo.

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