Los datos de la economía global y el vaivén de un acuerdo petrolero

13 de abril, 2020

Por Jorge Riaboi  Diplomático y periodista

 

La Ley de Murphy sostiene que “un economista es alguien que conoce cien formas de hacer el amor, pero no tiene con quien hacerlo”. El jueves pasado la Directora Gerente del Fondo Monetario, doctora Kristalina Georgieva, anunció que, al concluir este año, 170 de los 189 miembros de ese organismo tendrán “crecimiento negativo”. Tiempo atrás, el mismo diagnóstico solía calificarse de recesión, decrecimiento económico o conceptos similares. Con parecido enfoque, hoy tampoco se habla de déficit sino de “rentabilidad negativa”. Y si bien la Real Academia Española admite el uso de la primera y absurda contradicción terminológica (otro motivo para abolir la monarquía), alguien debería explicar cuál es la ventaja técnica, académica o estética de usar un lenguaje que resta claridad a la comunicación de los economistas con los terrícolas.

 

El “gremio” suele aceptar que hay recesión cuando durante dos o más trimestres consecutivos la evolución del PIB se ubica por debajo de cero.

 

¿En qué lógica resulta posible calificar de rentable una medición que indica existencia de pérdida o déficit? ¿Cuál es el valor agregado, refinamiento intelectual o ventaja práctico-académica de afirmar negando? En el Senado argentino hubo un respetado Vicepresidente de la República que desempató una crucial votación diciendo que su voto era “no positivo” en lugar de pronunciarse “a favor” o “en contra” de la propuesta en debate.

 

Por buenas razones hoy se acepta que en 2020 la mayor parte de la membrecía del FMI espera tener un “crecimiento positivo” y anárquico de la emisión monetaria, la inflación de costos, los desequilibrios de balanza de pagos, de la violentísima contracción del comercio exterior y las inversiones, de los déficits fiscales, la deuda pública, la desocupación y la pobreza. ¿La palabra “positivo” ayuda a ver bien y con mayor rigor académico las cosas?

 

Es superfluo indicar que los tradicionales debates no perdieron relevancia. Sólo cambió drásticamente la prioridad de la atención pública y política ante la presencia del Coronavirus y la multiplicación de enfermos y cadáveres que atraen la inquietud global. Justo es decir que también hay profesionales como Juan Carlos de Pablo, Carlos Melconian y algunos otros, seguramente Roberto Lavagna, cuyo ojo entrenado les permite distinguir quirúrgicamente la paja del trigo, en un país repleto de paja.

 

A los efectos prácticos, uno todavía espera que los números y explicaciones del anticipo conceptual de Georgieva alcancen vida inteligente con la distribución del pronóstico global (Global Outlook) en las próximas horas.

 

Uno de los colaboradores de la titular del Fondo, el Director del Hemisferio Occidental, Alejandro Werner, aportó un trabajo en el que estima que el efecto combinado de la actual crisis sanitaria con la recesión ya instalada hace más de tres lustros en América Latina, supondrá una nueva década perdida para la región (yo agregaría para casi todo el planeta). Entre los tantos indicios de esa realidad se puede incluir el hecho de que, de las cincuenta ciudades globales más peligrosas del mundo, 43 están localizadas entre el norte de México y Tierra del Fuego, según acota la economista brasileña Mónica de Bolle (Bloomberg).

 

Horas antes del anuncio del FMI, el Director General de la OMC, embajador Roberto Azevedo, sostuvo que el comercio mundial de este año se reducirá nada menos que entre el 13 y el 32%, insumo al que le asignó un valor incierto o relativo si con él se intentan construir enfoques o medidas de política económica y comercial de alguna seriedad. Lo bueno es que Azevedo tuvo la decencia de recordar que, en las actuales circunstancias, toda estimación para 2020 y 2021 se halla viciada por la imprecisión que supone calcular los efectos de la presente pandemia COVID-19 o cuánta y qué clase de vida económica global habrá de subsistir tras el desastre sanitario global. Estaba advirtiendo que los números presentados son poco más que una interesante gimnasia econométrica.

 

En 2018 el comercio global había crecido en un magro 2,9% y, en 2019, el volumen y valor del intercambio de bienes sólo aumentó en 0,1% y 3% respectivamente. Las exportaciones de este último año alcanzaron a US$ 18.890.000 millones y el comercio de servicios se expandió en un avaro 2%.

 

El fenómeno económico que hoy nos ocupa no es comparable con el ciclo 1929/33. La intensidad y alcance del nuevo y gigantesco golpe al desarrollo sostenible no surgió de los errores gubernamentales o de la supina ignorancia de los actores de la política económica y comercial, sino de una pandemia sanitaria de gravísimas consecuencias sobre la economía. Lo que ocurrió en la crisis del ‘30 hoy parece, comparativamente, más sencillo. Suelo reiterar que, en ese momento. el Congreso de Estados Unidos aprobó la enmienda Smoot-Hawley mediante la que Washington aplicó grotescos aranceles de importación que provocaron inmediatas y equivalentes represalias de las naciones afectadas (esta parte sí se parece a las diferentes guerritas comerciales iniciadas por mi amigo Donald Trump desde marzo de 2018 a la fecha y aún en casi total vigencia).

 

En los años ‘30, los desenfrenados y simétricos ataques hicieron bajar en casi el 70 % el intercambio global de un año para el otro, un contexto que originó ejércitos de desocupados y un fértil terreno para diseminar las fobias nacionalistas que condujeron a la Segunda Guerra Mundial. El gatillo de ese disparate fue la “receta fácil” de apostar a una arbitraria y estúpida decisión proteccionista, que más de 1.000 economistas condenaron en los ‘30 y otros tantos cuando el actual Jefe de la Casa Blanca decidió asumir el triste y delirante papel de ser el rey del comercio global administrado.

 

Sin embargo, entre niveles de casi 70% y 32% de caída del comercio exterior todavía hay una “pequeña” diferencia de calidad y magnitud que cualquier economista debería estar en condiciones de ponderar. Y si bien ambas facetas son temerarias, el mundo aún puede estar a tiempo de impedir una explosión en cadena si la dirigencia que gobierna la masa crítica del poder mundial se reconecta con el cerebro antes de actuar.

 

La nueva economía post Covid-19 llegará después de un ciclo muy largo y habrá de depender en mucho de si Trump sigue empantanando la realidad desde la Casa Blanca después del 20/1/2021 y retiene las ideas de Peter Navarro.

 

Vayamos a la sustancia. Las cifras del momento nos permiten ver que, en las tres últimas semanas computables, Estados Unidos sumó la friolera de casi 17 millones de personas a su plantel de desocupados. El ex candidato presidencial (social) demócrata, Bernie Sanders, sostenía que esa cifra podía aumentar hasta los 40 millones, por lo que deseo creer que no se quedó corto. Paralelamente, la última edición de la revista londinense The Economist trajo una estimación propia de la evolución a corto plazo de los países del Grupo Brics y el Grupo de los Siete (G7) que es altamente ilustrativa. Veamos lo que dice para el segundo trimestre de 2020, o sea para el período abril-junio ya en curso. El panorama de “crecimiento negativo” sería así:

 

 

Según esa respetable publicación, el único país que tendrá un segundo semestre de 2020 con elevado y positivo crecimiento es China. Y del resto del pelotón, sólo las dos grandes economías sajonas de América (con perdón de la provincia de Quebec y del Estado de Vermont), Canadá y Estados Unidos, van a sufrir contracciones inferiores al 6%. Si los cálculos están bien hechos, vamos a tener que hamacarnos. De paso, Argentina no figura en el cuadro, pero los tambores económicos lanzaron al aire la cifra de -10%. Origen y fundamentos de la cifra: persona o personas para mi desconocidas.

 

El otro punto al que nadie le presta suficiente atención, se vincula con el futuro de la política energética, lo que afecta de manera directa a la sobrevida de emprendimientos como Vaca Muerta y otros de envergadura similar. Al redactarse esta columna, en la madrugada del domingo, todos las naciones productoras de petróleo, cuando digo todas excluiría provisoriamente a México, le dijeron sí a un recorte de la producción de petróleo que puede llegar al 15%. El que para sorpresa general venía moviendo los hilos fue Trump, quien pidió a Rusia y Arabia Saudita que acaben de jugar al “brinkmanship” (el juego de la gallina que él reserva para sí), porque el precio del petróleo está jaqueando los ingresos, las inversiones de capital y la subsistencia misma de las empresas del sector. Muchas de las 9.000 empresas de Estados Unidos están a punto de quebrar o quebraron.

 

El arreglo está sujeto a que nadie se haga el oso (México) y llevaría el recorte colectivo a una reducción mínima de la oferta de entre 10 y 12 millones de barriles diarios. Hasta el sábado a la noche tenía el visto bueno de Rusia, la OPEP, el G20 y el aparente tácito consentimiento de productores independientes como Canadá, Estados Unidos, Noruega y Brasil. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador sólo quiere contribuir con 100.000 de los 400.000 barriles diarios que le tocarían bajo este enfoque. Demás está decir que Washington directa o indirectamente (presionando a Arabia Saudita) intenta torcerle la muñeca, como es rutina, a su vecino del Sur.

 

Para entender de qué estamos hablando, las actuales inversiones de capital se reducirían, sólo en Estados Unidos de US$ 117.062 a US$ 76.860 millones. Las cifras identifican los planes de Chevron, Occidental Petroleum, Conoco, EOG resources, Suncor, Phillips, Hess Corp, Diamond Back, Pioneer Natural Resources, Husky Energies que absorben casi el 50% de esos programas.

 

Se dice que el mundo petrolero desea comprar tiempo. ¿Podrá?

 

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