El Tío Rico y la gran simulación

25 de abril, 2020

Por Jorge Bertolino Economista

 

En su infancia, muchos de los lectores, los que peinan algunas canas, seguramente habrán conocido y quizás disfrutado, del famoso personaje de Walt Disney, Rico Mc Pato, a quien, en habla hispana, suele denominarse como el Tío Rico.

 

Este singular personaje se caracterizaba por su avaricia. Este término proviene del latín, y se aplica al deseo desmedido de poseer riquezas (codicia) sumado al afán de atesorarlas en exceso. Si bien la prudencia aconseja mantener un cierto grado de liquidez para proveer eventos futuros inesperados, el amarrete Tío Rico se regodeaba con la inútil posesión de toneladas de billetes, monedas, joyas y lingotes.

 

Es patética la ridiculez del personaje, que no disfruta de sus bienes materiales por su pasión desenfrenada hacia la tenencia pasiva y vacua de sus riquezas, no dándole un destino productivo, que beneficiaría tanto  sus intereses personales como los de “Patolandia”.

 

Es poco menos que absurdo poseer recursos y no destinarlos a usos que agreguen valor al stock acumulado. Además, y parafraseando a Pato Smith: “Es como si una mano invisible” le impidiera beneficiar a la sociedad, creando empleos y pagando salarios, ya que este sería el efecto, quizás no deseado, que generaría una asignación “inteligente” de los recursos ociosos.

 

El discurso pobrista de Rico Mc Pato     

 

Sería especialmente ridículo que el Tío Rico se disfrazara de linyera y fingiera carencia de medios para abonar las facturas del gas, la luz y el teléfono.

 

Seguramente el mundo entero, no solo Patolandia, se rebelaría ante semejante estupidez y exigiría el fin de la simulación. Poder pagar y no querer hacerlo es un gravísimo síntoma de caradurez e irresponsabilidad que seguramente sería duramente castigado aún en la ficción de una historieta para niños.

 

Nuestro personaje podría justificar su conducta, culpando a poderosos intereses internacionales, ávidos de saquear sus atiborradas arcas. Podría también quejarse de los dictados del Férreo Mando Improvisador (FMI) que pretendería recomendarle reformar su conducta a fin de movilizar sus ociosos e inútiles recursos.

 

Otro inteligente pretexto podría ser culpar a su antecesor “Mauricio Mc Pato” de haber generado inútilmente una cuantiosa acumulación de facturas por excederse en gastos superfluos por los que ahora se demanda su pago.

 

Pudiendo llegar a la orilla sano y salvo, como el escorpión en medio del río, hinca una y otra vez su aguijón en la indefensa rana, ahogándose por su fatal instinto. Es que desde su más tierna infancia fue “concientizado” por sus educadores de la bondad de ser pobre y rebelarse con odio y pasión contra las injusticias del mundo que nos rodea. Hay dos clases, le enseñaban, los “neopeninsulares”, que son ricos, poderosos y ávidos de estafarnos a nosotros, los “continentales”, que vivimos una existencia miserable para que ellos puedan disfrutar de sus millones, indebidamente ganados.

 

La estupidez del Tío Rico    

 

Lo que no entiende por su condicionamiento previo, al que bien podría considerarse un “ensuciado de cerebro” es que en Ratolandia, en Gansolandia y aún en Burrolandia, por citar algunos ejemplos, ya se avivaron y abandonaron el combate al capital, generando condiciones para que las inmóviles riquezas abandonen su estado pasivo y comiencen a generar bienes más cuantiosos y de mayor calidad.

 

Se reconoce el invalorable rol coordinador del empresario emprendedor, se premia el mérito, el esfuerzo y la competencia, se privilegia la rentabilidad con bajos impuestos, se antepone el crecimiento al  gasto y se “piensa en modo riqueza”, con el vaso medio lleno y con la ilusión y la esperanza del futuro venturoso al que los llevará la “revolución productiva” y la destrucción creativa de las nuevas tecnologías.

 

En Patolandia casi todos, no solo el Tío Rico, creen en la protección irrestricta de los escasos privilegiados que consiguen trabajar. Como en la Isla del Pato Fidel o en el país del Pato Stalin, “fingimos que trabajamos y fingen que nos pagan”. Copiando a la Carta del Lavoro del Régimen Pato Fascista, existe una legislación que impide que los patos puedan trabajar. La rigidez y la pormenorizada reglamentación de las tareas de los agremiados, más la existencia del unicato de representación, hacen que casi nadie quiera o pueda ganarse un sueldo “con el sudor de sus plumas”.

 

En Patolandia el que trabaja es un “gil”. Vivir del Estado es la gran consigna y el acomodo, la corrupción, la dádiva y el clientelismo son la moneda de cambio que reemplaza al esfuerzo productivo de los tontos habitantes de otros lares.

 

Al otro lado de la montaña, existe otro conglomerado de patos que se caracteriza por la desigualdad, la riqueza excesiva de algunos y la falta de conformismo social. No importa que la cantidad de pobres haya disminuido a niveles del primer mundo, no importa que el bienestar  sea mucho más alto para todos. Lo que realmente vale, creen en Patolandia, es que nadie tenga más que otro. Debemos ser todos iguales, aunque ello implique que todos seamos pobres. No les importa tampoco que alguna vez el Pato Orwell pusiera en boca del mandamás de la granja el circunloquio “algunos patos somos más iguales que los otros”.

 

Lo extraordinariamente gracioso (si no fuera trágico), es que los patos se quejan de la pobreza, de la falta de crecimiento, de la inflación, de la desocupación y de muchos otros males, pero no culpan de estos flagelos a la existencia de reglas económicas que impiden el ahorro y la inversión.

 

No reclaman los cambios que los saquen del péndulo absurdo que desde hace décadas los hace balancear alegremente entre dos formas distintas pero iguales de fabricar pobres. Gobiernan una vez los Patocojos y otra vez los Patorengos, pero los que discursean sobre la libertad, la flexibilidad y la cordura, son vitoreados en TV, pero a la hora de contar los patovotos, no mueven las agujas.

 

Patolandia en apuros    

 

Si Mamá Pata no hace las valijas y abandona Patolandia con destino hacia algún paraíso avícola de calurosas temperaturas, no habrá solución al dilema de la historieta que narramos.

 

La atávica concepción económica que anida hace imposible liberar los extraordinarios recursos con el que Disney dotó a este particular trozo de territorio, habitado por seres tan extraños y cambiantes que un día quieren fiesta y el otro parranda. Pero trabajar en silencio, con ganas e inteligencia en la prosecución de un futuro mejor, eso sí que no. Que trabajen los enfermos.

 

Es una pertinaz forma de locura no adoptar políticas sanas, sabiendo que existen, para así favorecer el crecimiento y pagar las deudas contraídas. Ventajear al acreedor fingiendo una pobreza inexistente denuncia una vileza intelectual denigrante. Pretender imponer una propuesta sin negociar un ápice es de ignorantes y matones.

 

Quizás sea por eso de que cada sitio tiene los gobernantes que se merece que Mamá Pata gobierna sin quejas, sin insultos y sin pedradas en el Pato Congreso. Con el estado presente, con la máquina de fabricar felicidad sin costos, con la complicidad de la mayoría de los patos, con la manu militari para indicar quien produce y quien no, quien gana y quien pierde, cuánto vale la comida para patos y el litro de kerosene para la estufa.

 

Si el devenir de los acontecimientos genera un cambio obligado en el enfoque económico de Patolandia, muchos patos podrán tener un futuro prometedor, podrán vivir de su trabajo, progresar y criar a sus hijos dignamente. Si eso no ocurre, como decía el Pato General: “El Pato Pueblo hará tronar el escarmiento”.

 

La dirección actual conduce a un choque frontal con la realidad que implicará un colosal empobrecimiento de la ya empobrecida Patolandia.

 

Al grito de “que se vayan todos”, el liderazgo de la bandada cambiará de manos y vaya uno a saber qué destino habrá dibujado el Tío Walt para los desprevenidos habitantes de la ciudad de los patos.

 

Cuac.

 

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