Aunque cueste creerlo, las recesiones mejoran la salud pública

22 de abril, 2020

coronavirus

Por Pablo Maas 

 

Esta semana se publicó una noticia sorprendente. La paralización de la actividad económica a causa de la pandemia de Covid-19 produjo una caída de más del 20% en la mortalidad en la Ciudad de Buenos Aires. En la primera quincena de abril se registraron 1.238 fallecimientos por toda causa (incluyendo 23 contagiados por la enfermedad), comparado con 1.579 muertes en el mismo período del año pasado, informó Clarín el lunes. Parte de la disminución en la mortalidad se explica porque hay menos accidentes de tránsito y laborales (especialmente en la construcción) o porque la quietud y la menor polución en la ciudad ahorró vidas de personas con problemas cardiacos o respiratorios, dijeron funcionarios.

 

Este fenómeno desmiente a los impulsores de una rápida salida del aislamiento social con el argumento de que la “pandemia económica” podría ser letal. ¿Letal para quién? “El remedio puede ser peor que la enfermedad”, han dicho Donald Trump y Jair Bolsonaro y repetido algunos, por suerte escasos, referentes políticos y económicos en la Argentina. La recesión aguda que está causando la pandemia podrá ser letal para la vida de las empresas (si no se adoptan medidas para contrarrestarla) pero no para las vidas humanas (siempre que se garanticen las necesidades básicas de alimentación y salud para toda la población).

 

De hecho, y por paradójico que parezca, en la historia económica se comprueba que las recesiones y aún las depresiones han mejorado, en lugar de empeorar, la salud pública. En su libro “The Body Economic” (publicado en castellano en 2013:” Por qué la austeridad mata: El coste humano de las políticas de recorte”), David Stuckler y Sanjay Basu cuentan una anécdota reveladora. En 1932, y mientras la Gran Depresión arrasaba con la economía y hundía en la extrema pobreza a millones de estadounidenses llevando la desocupación al 25%, Louis Dublin, un actuario de la compañía de seguros Metropolitan Life, anunciaba: “nunca antes ha habido condiciones de salud tan satisfactorias como en los Estados Unidos y Canadá durante los primeros nueve meses de este año”. Y las cifras lo comprueban: la mortalidad (excepto por suicidios) en tres años de la Gran Depresión cayó un 10% y volvió a aumentar cuando la economía se recuperó en 1933, dicen los autores.

 

El aumento de los suicidios es uno de los argumentos que esgrimen Trump y otros en sus llamados a reabrir la economía. Es cierto que en las grandes crisis económicas aumentan los suicidios, pero estadísticamente resultan insignificantes. “Comparados con la mortalidad provocada por una pandemia, los suicidios de una recesión económica son como un vaso de agua comparado con el Mediterráneo”, dice José Tapia, un doctor en medicina y en economía especialista en salud pública y ciclos económicos que trabaja en la academia estadounidense desde hace tres décadas.

 

Un artículo académico de Tapia de 2009 (“Life and death during the Great Depression”) saltó a la fama la semana pasada cuando Paul Krugman lo citó como ejemplo contra el discurso aperturista de Trump. En ese artículo, se muestra que la expectativa de vida al nacer (EVN), posiblemente el mejor indicador de salud pública, aumentó espectacularmente, de 57 a 63 años, entre 1929 y 1933. En estos años y gracias a los avances de la medicina, estaba desplegándose lo que los demógrafos llaman la “transición epidemiológica”, la tendencia por la cual la gente moría menos de enfermedades infecciosas, como la tuberculosis, y más de enfermedades no infecciosas como la diabetes y el cáncer. En las primeras décadas del siglo XX también mejoraron enormemente los sistemas sanitarios y de higiene, la alimentación y la educación. La salud pública, medida como EVN, siguió mejorando en las décadas siguientes, aunque a menor ritmo.

 

En la década de 1990 se registró una excepción a esta tendencia, cuando en Rusia aumentó fuertemente la mortalidad en medio de la grave crisis económica que resultó de la veloz transición del socialismo al capitalismo. Diez millones de rusos, sobre todo jóvenes, desaparecieron en los primeros años de los 90, cuentan Stuckler y Basu en un capítulo de su libro. Pero en la Gran Recesión de 2008-2009, los indicadores de salud volvieron a su correlación histórica y mejoraron sensiblemente, sostiene Tapia.

 

Correlación no implica causalidad. La relación entre el ciclo económico y la salud pública es un campo complejo sobre el cual no parece haber respuestas fáciles. Las explicaciones deterministas suelen fracasar. ¿El crecimiento económico mejora la salud de la población? O tal vez, una población más sana, ¿no es más productiva y eficiente y hace crecer la economía? La respuesta a cada pregunta estará asociada a diversas políticas públicas. Si el crecimiento es lo determinante, la inversión en salud no es prioritaria, ya que puede pensarse que la salud mejorará sola. La crisis actual en los sistemas de salud por el impacto de la pandemia reactualiza estos debates. En muchos países, es posible que la post
pandemia produzca cambios radicales en la gestión de los sistemas de salud, desde una lógica de tipo “just in time” que suele predominar en la empresa privada, a una de “just in case”, más afín a la administración de un bien público como la salud.

 

En cualquier caso, lo que sí se sabe es que la relación entre el ciclo económico y la salud pública se explica más por factores extra económicos que otra cosa. Así como los economistas laborales tienen su curva de Phillips (que vincula la tasa de inflación con la de desempleo) y los macroeconomistas su curva de Laffer (entre recaudación y tasas impositivas), los demógrafos tienen su curva de Preston, formulada en 1975, que vincula la expectativa de vida con el ingreso per cápita. Muy sucintamente, Preston encontró que factores exógenos a la dinámica económica, como los avances en las tecnologías médicas, explican del 75 al 90% de los avances en la expectativa de vida. Las mejoras en el ingreso per capita, demostró, tienen rendimientos decrecientes en términos de su contribución al mejoramiento de la salud y la expectativa de vida, para decepción de los ultramillonarios que desearían ser inmortales.

 

En la discusión actual de cómo y cuándo reabrir las economías, las encuestas muestran que las mayorías prefieren la cautela, a pesar de los argumentos del tipo “el remedio es peor que la enfermedad” o “la pobreza mata más que el covid-19. “Estos argumentos son una tontería”, dijo Tapia a El Economista. “La pobreza mata mucho, claro, pero esta pandemia podría llegar a matar muchos millones de personas y la culpa de la pobreza la tienen causas estructurales, no las cuarentenas por el Covid-19. Lo que los gobiernos tienen que hacer es asegurar que mientras hay cuarentenas, se cubren las necesidades básicas, que en este caso son alimentación y asistencia médica para quienes estén graves, de toda la población”, agregó.

 

Dejá un comentario