La salida exportadora

27 de enero, 2020

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Por Santiago Gambaro Economista de la consultora Analytica

 

La brecha cambiaria genera problemas en un país que trata de sortear la restricción externa, por lo menos a partir de determinado nivel. El horizonte de mediano plazo no permite ver holgura para aflojar los controles y eliminar la brecha, pero al menos se pueden generar mecanismos para recuperar las exportaciones, algo más parecido a 2011-2013 versus la agonía de 2013-2015. Veamos.

 

En ausencia de financiamiento, el superávit comercial es el que permitirá generar los dólares para pagar deuda y poder crecer. Hacerlo por reducción de importaciones implica recesión, pero para aumentar las exportaciones se requiere tiempo y condiciones mínimas: estabilidad, financiamiento y acceso a la importación de insumos o maquinaria.

 

Durante el primer período de cepo cambiario (2011-2013), pese a la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, las exportaciones no sufrieron caídas significativas en un contexto de menor inflación, mayor financiamiento y pocos controles a las importaciones de insumos. En esa época se acuñaba la famosa “sintonía fina”.

 

Sin embargo, la situación en 2013 fue distinta en el marco de una administración cambiaria previsible, la brecha cambiaria entre paralelos y oficial rozó el 80% y se comenzaron a controlar excesivamente las importaciones; los exportadores no liquidaban divisas especulando con una devaluación, y el crédito en dólares pasó de 1,7% del PIB a un mínimo de 0,6% en 2015. Las exportaciones cayeron y las importaciones aumentaban, deteriorando el balance de pagos. En este período, otros países con producción similar, como Brasil reflejaban comportamientos distintos con sus exportaciones. La apuesta a la salida al mercado de crédito para sortear la restricción externa sin devaluar se truncó con el fallo del juez Griesa a favor de los fondos buitre; el final lo conocemos.

 

 

A partir de 2016 el asunto se arregló rápido y el financiamiento en moneda extranjera creció exponencialmente. Pasó de USD 3.000 millones a un máximo de USD 16.000 en 2019 (3,2% del PIB), acompañando un lento despegue de exportaciones. En este período el saldo comercial no era un problema y se descuidó porque sobraban las divisas de la deuda, pero las cantidades exportadas se recuperaban.

 

Hoy eso no está y del aumento de las exportaciones depende que volvamos a crecer en el mediano plazo. Obviamente los precios juegan un papel central pero, aunque la soja volviera a USD 600, no pareciera prudente depender sólo de eso. En cambio, sí se podría orientar el financiamiento al sector exportador, esta vez sin regular excesivamente las importaciones; tampoco hay tanta necesidad de hacerlo con este nivel de competitividad cambiaria y de actividad económica. Dado que vamos a tener que convivir con el cepo un tiempo más, podríamos administrarlo de una forma más inteligente. Quizás una versión más sofisticada de la sintonía fina, orientada a resolver el problema de fondo de la Argentina: la baja participación de las exportaciones sobre el resto de la actividad económica. La respuesta pareciera estar en la previsibilidad, el financiamiento y el acceso a los insumos.

 

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