Caperucita y una historia inflacionaria que no es para niños

23 de octubre, 2019

pesos demanda

Por Jonatan Yampolsky Economista

 

“Si tiene cuatro patas y ladra, es un perro”, reza el dicho, sin miedo a equivocarse. Parece lógico, pero a veces, hasta de la lógica se descree.

 

Que la emisión monetaria genera inflación es un hecho, al menos en la mayoría de las coyunturas. Alguien puede intentar rebatir esta idea apelando a la experiencia en momentos de crisis profundas, cuando emitir simplemente robustece la demanda y el incremento en la productividad de las empresas proviene de la reducción de su capacidad ociosa. Pero sería como atacar un león: alguno que otro podrá asustarse, pero no es algo que sucederá con frecuencia.

 

Entre septiembre de 2018 y septiembre pasado, el BCRA se comprometió a no incrementar la base monetaria, buscando contener una inflación que, como los vientos caribeños de agosto, amenazaba con espiralizarse. Así, la plaza se secó, las tasas subieron y, con ello, el consumo se redujo. Si la historia terminara ahí, el lobo no se hubiera comido a la abuelita pero, como en la realidad, la historia es más compleja.

 

La inflación se da a partir del juego entre la oferta y la demanda. Más dinero implica mayor posibilidad de compra, lo que genera presión sobre un stock de mercadería que, en el corto plazo, es fijo (producir lleva tiempo), incrementando los precios. Por lo tanto, emitir dinero y ponerlo en manos de la gente genera inflación.

 

Curiosamente, sin incrementos de base monetaria, la inflación superó el 50%. ¿Por qué? Porque no sólo el incremento en la demanda presiona sobre los precios, sino también la caída en la oferta. Y el aumento de tasas no solo logró reducir el consumo sino que lesionó la matriz productiva del país, cortando la cadena de crédito de las empresas, impidiendo el descuento de cheques y exigiendo una mayor rentabilidad a los nuevos proyectos para realizarse.

 

En resumen, el desmedido y constante aumento en la tasa buscando controlar la inflación (y una alternativa a la compra de dólares) generó una caída en el consumo pero, a la vez, destruyó empresas y proyectos impactando negativamente en la oferta. Así, la economía quedó en un punto de menor producción, menor demanda, igual inflación y una tasa de interés inviable.

 

Es decir, el lobo se comió a caperucita. El punto es entender que el ajuste no siempre debe provenir desde la demanda, sino que a veces es mejor incentivar la oferta, aunque esto lleve más tiempo, recursos y planificación. Salir de esta crisis requerirá sacrificios. Se debe reducir la tasa de interés, y minimizar los daños cambiarios. A la vez, generar un contexto crediticio y fiscal que permita a las empresas volver a producir.

 

¿Aparecerá el cazador que saque a caperucita de la panza del lobo?

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