The Mauricio Show

8 de agosto, 2019

Mauricio MaCRI

Por Daniel Montoya @DanielMontoya y Gonzalo Fernández Guasp @conurbanensis

 

“Seahaven es como el mundo debería ser”. Todos conocemos el argumento de la visionaria película de Peter Weir. Truman Burbank, encarnado por el genial Jim Carrey, es un hombre que vivió en un mundo de diseño, de fantasía. Sus interacciones sociales, desde las más insignificantes hasta otras como su matrimonio, el trabajo y los traumas con su padre, estuvieron perfectamente guionadas. Pero todo cambió cuando, a causa de la aparición de una mujer y de situaciones cotidianas sospechosas, el reality comienza a resquebrajarse. Cualquier parecido con lo que vivió el ex Cambiemos hasta 2018, es pura coincidencia.

 

¿Cómo explicarle a los bendecidos por los timbreos matinales de sábado que, dejarían de recibir el sanador mensaje de gurúes espirituales “de la casa” como Sri Sri Ravi Shankar, para pasar a desayunarse con explicaciones económicas esotéricas sobre aumentos recurrentes de las tarifas, los combustibles y los alimentos de la canasta básica? Precisamente, eso es lo que no ocurre nunca en Seahaven, aquello que no entra en un mundo perfecto. En aquellos lugares donde el mundo es lo que debería ser, la nafta no aumenta, así como el Sol nunca aparece descolorido, ni fuera de hora, todo es bienestar, sonrisas, goce y muchos globos de colores.

 

En tal sentido, el brutal proceso devaluatorio que se disparó a mediados de 2018, no hizo más que poner en blanco sobre negro, la falla de origen del espacio político conducido por Macri. Su ADN capitalino, los llevó a pensar espontáneamente la política a lo Seahaven. ¿Y por qué lo harían de otra forma?. Hasta que se le empezaron a ver las costuras al monstruo, la ciudad de Buenos Aires ostentaba el mismo ingreso per cápita de Madrid, la Comunidad Autónoma más rica de España. Todo ello, al mismo tiempo que muchas provincias argentinas y, en particular, los sendos conurbanos tanto de la provincia de Buenos Aires como de Córdoba, Mendoza y Santa Fe, no la corren de atrás en comparación a Cataluña, sino a la humilde Extremadura.

 

Si hay algo que quedó claro de esa experiencia de hipersegmentación, Big Data y ensayos de comunicación 5G, es que las grandes fábulas no pueden sostenerse y que, al igual que las elecciones que le dieron el triunfo a la actual gestión, las cosas tienden a definirse por lo que sucede en los márgenes. Recordemos que, en 2015, fueron tan solo 650.000 sobres los que torcieron la dirección de la historia. En términos relativos, esto es equivalente a al 5% de votos en la PBA o, en forma mixta, a la suma de pequeñas (es decir, también cercanas al 5%) cantidades en un conjunto de provincias.

 

A lo anterior debe sumarse el contexto electoral. Para esto mencionamos sólo algunos factores cuya relevancia dejamos en manos del lector: el correspondiente desgaste del oficialismo tras doce años en el poder, una economía estancada (aunque no deprimida), una campaña mediática duradera que incluyó el achaque de la responsabilidad por la muerte de un fiscal al partido gobernante y de la etiqueta de narcotraficante al candidato a gobernador por la jurisdicción de mayor peso, más un peronismo dividido. Ello le dio margen a la oposición para que pudiese prometer todo e, incluso, un poco más. En particular, exportar el modelo Seahaven al resto del país, The Mauricio Show.

 

Una vez en el poder, el macrismo generó, como consecuencia de una gestión con la mala praxis económica como principal característica, una nueva anomalía que consiste en la significativa disminución de sus chances de permanencia en el poder. Sólo dando cuenta de esto, es que se puede entender la estrategia políticoelectoral de Juntos por el Cambio, que es, a su vez, la reducción a su mínimo denominador identitario: una lucha, cada vez más esquizofrénica y ahistórica, contra un enemigo autoritario inexistente, herbívoro, y que es presentado como la reencarnación del Tiburón de la película de Steven Spielberg, siendo que hoy no tiene capacidad para morder más que con dientes de leche.

 

En ese aspecto, el kirchnerismo hoy es una fuerza política vintage, capitaneada por un candidato que dialogará con todos, y con el telón de fondo de una Cristina que trajina a menudo hacia la tropical Cuba a visitar a su hija y a mantener largas tertulias con los vestigios que quedan de la familia Castro.

 

Pero, para la sociedad argentina, como para Truman, los tiempos actuales son otros. No hay duda sobre el surgimiento de sospechas con respecto a la capacidad del gobierno para administrar la vida cotidiana de las personas: 51% de inflación interanual, 35% de pobreza, caída del 25% de la inversión en el primer trimestre, el consumo 12% más bajo comparado con el año anterior y en niveles de 2007, más delito en Buenos Aires y menos obra pública. Así, ¿quién puede seguir creyendo en la lógica del gobierno según la cual, aunque estemos peor, estamos mejor? Aunque sea en los márgenes, la única verdad es la realidad. Y de la mano de ésta, el Gobierno entra en su recta final.

 

Los afiches de campaña del Frente de Todos no dejaron ningún lugar a la ambigüedad. Lo pusieron en un claro primer plano, Juntos por el Cambio no compite contra Alberto Fernández, ni siquiera contra Cristina, sino versus una tira de asado, una provoleta y una bondiola, todos tesoros que generan la incomodidad del humo, al entrar en contacto con las brasas.

 

Que elección más rara. Será la primera vez desde 1928, que un presidente no peronista concluye su mandato. Buena para Macri. Sin embargo, también será la primera oportunidad en la que un presidente que llega al término de su primera gestión, no busque su reelección tranquilo, desde una reposera, tal como ocurrió con Perón en 1952, con Menem en 1995 y con el matrimonio Kirchner en 2007 y 2011. Mala para Macri. Hoy Truman, perdón, Mauricio, está a pocos pasos de entrar al Guinness latinoamericano de los presidentes que no renovaron y, peor aún, con la chequera de un FMI que no mostró nunca semejante laxitud.

 

El ADN optimista de Macri, moldeado por la corriente moderna de autoayuda de Shankar, los algoritmos de Durán Barba, así como los inagotables presupuestos de CABA, lo llevó a fantasear con la construcción de un paraíso en la Tierra, que bien podría haber construido con semejante crédito externo. El sueño acabó sepultado con un pedido de auxilio a la vieja orga peronista comandada por Miguel Pichetto y un extraño guión de sangre, sudor y lágrimas, adobado con un lenguaje y pose futbolera que convocó en el cierre de campaña de Ferro, a seguir aguantando la parada. “No me pidas ningún argumento, dame tu voto carajo”.

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