El escenario internacional que espera al futuro gobierno

26 de agosto, 2019

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Por Atilio Molteni

 

A menos de cuatro meses de saber quién será el próximo jefe de la Casa Rosada, está claro que el nuevo gobierno tendrá que insertarse en un mundo con más incógnitas que certezas. Y si bien, dada la crítica situación económica, financiera y comercial del país tal plazo suena a eternidad, los actuales pronósticos acerca de la realidad global no ayudan a prever un escenario de alivio, más amigable, sencillo o promisorio como alternativa al deterioro de los negocios y la caída de empleo en el orden interno. La inestabilidad, las crisis desestabilizadoras y los inequívocos síntomas de una compleja recesión, anticipada por muchos analistas, entre otros por el Fondo Monetario, ya abarcan sin timidez a cinco de las mayores economías del planeta y a otros estados con problemas autóctonos, entre los que se incluye a Argentina.

 

La crisis nacional se inserta en un marco de amplia fragmentación, de la que emergen las acciones unilaterales del presidente Donald Trump, quien personifica sin remedio la abdicación del liderazgo internacional de los Estados Unidos, su claro desinterés por el orden internacional liberal y por el multilateralismo, en los que está siempre a flor de piel un enfoque de expansiva confrontación con China. Como fuera previsto, los sucesivos escalones de la guerra comercial entre ambos países es el emblema más distintivo de la bipolaridad que distingue al mundo actual. Al finalizar la pasada semana, la Casa Blanca dio otra vuelta de tuerca al subir en 5 puntos los nuevos aranceles de importación que aplicará tanto al nuevo paquete de los US$ 200.000 millones, el que sube el arancel del 25 al 30%, como al que se armará otro de US$ 100.000 millones adicionales, el que se ajusta del 10% al 15%. En conjunto, todas las medidas de represalia cubren la mayor parte de las importaciones estadounidenses de China. La última vuelta de tuerca fue una reacción del habitante de la Oficina Oval hacia las medidas de igual porte que el presidente Xi Jinping aplicó a importaciones originadas en Estados Unidos por unos US$ 75.000 millones.

 

En los últimos meses, los nexos estratégicos entre ambas economías se están diluyendo a una insólita velocidad, hecho que se capta con cierto retraso en las corrientes de comercio. Curiosamente, las altas dosis de restricciones mercantilistas que decidió aplicar unilateral e ilegalmente Washington, no tuvieron efecto sobre el superávit del intercambio que China viene consiguiendo mes a mes, salvo excepciones. Tras estos episodios, Trump instó a las empresas basadas en Estados Unidos a buscar proveedores distintos de otros países, como si esa fuera una posibilidad que supone llamar a la pizzería cambiando los ingredientes de una orden de comida. Luego de muchos años de integrarse y ser grandes socios comerciales, Washington empieza a darse cuenta que Pekín creció sobre la base de un sistema de partido único, comunista y nacionalista, mientras desarrolla su poder militar para consolidar su estatus de gran potencia en la región del Indopacífico, donde existen conflictos latentes en Taiwán, en el Mar Oriental y en el Mar del Sur de la China. Ello sin contar los imprevisibles coletazos de las relaciones con Corea del Norte, sobre las que en general no hay información fidedigna. O de la amenaza de estrangular producciones clave de misiles, televisores, automóviles y teléfonos inteligentes, que demandan el uso de tierras raras, en las que Pekín domina el mercado global.

 

Este clima de choques estratégicos tiene implicancias mundiales. Para Argentina supone la responsabilidad de actuar bien y de hacer el más bajo de los perfiles posibles. El país debe preservar sus intereses estratégicos, sin olvidar que se asiste a una competencia entre una democracia y un régimen autoritario. Tal rivalidad no sólo se está intensificando, sino que está presente en los campos más variados como el comercio, la transferencia de tecnología, la infraestructura, la geopolítica, la gobernabilidad mundial, la ideología y los derechos humanos.

 

La combinación de esos factores con la evolución del Mercosur, si es que progresa el acuerdo con la UE; los efectos del Brexit, la evolución de la OMC y del G20, los temas ambientales y climáticos, las relaciones con los países latinoamericanos, la cuestión Malvinas, nuestra participación en la ONU y nuestro papel en la OEA debe ser prioritario para conseguir que la política exteriornacional sea un mecanismo activo y provechoso, no un factor de perturbación. Bajo semejante perspectiva, el nuevo gobierno tendría que poner atención sobre problemas significativos como:

 

El creciente endurecimiento chino hacia el cuasiautónomo territorio de Hong Kong, en el que podría reprimir las protestas masivas de quienes defienden su tradicional economía capitalista, la democracia, el Estado de Derecho y la modificación de las leyes de extradición, pues desconfían de la imparcialidad de la justicia china y la alteración del sistema existente que debería regir, como mínimo, hasta el plazo pactado que termina junio de 2047.

 

Las medidas adoptadas por el primer ministro, Narendra Modi de India, con las que forzó la caducidad del estatus constitucional especial del Estado indio de Jammu y Cachemira, acorde con los objetivos del nacionalismo hindú, medida que afecta los derechos de sus habitantes y reaviva aún más los enfrentamientos con Pakistán, con el que han tenido dos guerras sobre ese territorio en disputa y por el hecho de que ambas naciones poseen un sofisticado arsenal nuclear.

 

El fracaso de la última cumbre en Hanoi del presidente Trump con Kim Jong-un, cuyo primordial objetivo era lograr la desnuclearización de esa peligrosa región. Tampoco en la tercera reunión bilateral de junio pasado las partes lograron avanzar en el sensible proceso de acercamiento entre ambas Coreas. Pyongyang se niega a desarmarse unilateralmente y sigue sus exitosas pruebas misilísticas dentro de un provocador programa nuclear, mientras Estados Unidos tampoco parece dispuesto a levantar las sanciones existentes ni frenar sus maniobras militares con Corea del Sur.

 

El aumento de las tensiones entre Estados Unidos e Irán. Como ya se destacó, el presidente Trump dejó a un lado el Acuerdo Nuclear de 2015 y ejerce una política de “máxima presión”. Su objetivo es una nueva negociación para perfeccionarlo, limitar las acciones iraníes en Medio Oriente y condicionar su capacidad misilística. Ante ello, Europa trata de influir y acercar a las partes, mientras Teherán desarrolla una política de “resistencia prudente” y disminuye con naturalidad sus obligaciones respecto del plan, a pesar de las sanciones que golpean su economía. En paralelo sigue en pie la convergencia de ideas entre Estados Unidos con Israel, Arabia Saudita y otros países del Golfo, la que tiene relevancia en el Estrecho de Ormuz, pues un incidente de escala mayor tendría severas consecuencias en el mercado energético mundial.

 

Tampoco es posible olvidar que el régimen de Al-Assad en Siria registra síntomas de consolidación territorial, mientras Turquía avanza en un nordeste controlado por los curdos sirios, donde se encuentran desplegados los soldados norteamericanos, e Israel hace lo suyo. Ese Estado lleva adelante una acción permanente contra Irán y Hezbolá para limitar su capacidad militar y de expansión territorial, mediante selectivos ataques aéreos. A todo esto, el Estado Islámico está tomando nueva fuerza con ataques en Siria, Irak y Afganistán, mientras en Yemen prosigue la guerra civil de la que participan Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), hecho que origina una grave crisis humanitaria.

 

Tampoco hay datos específicos acerca del estado actual del anuncio del presidente Trump de formular su “propuesta del siglo” (eso fue hace tres años) para solucionar el secular conflicto entre israelíes y palestinos, decisión que se fue postergando y ahora depende de las elecciones en Israel del 17 de septiembre. Un triunfo de Netanyahu al frente de una coalición de derecha que le asegure organizar un Gobierno, podría alcanzar efectos sobre sus políticas regionales, en especial las aplicables al Margen Occidental del Jordán.

 

A ello se agrega que los europeos siguen de cerca el terrorismo, los refugiados, los peligros de la utilización inteligencia artificial para la seguridad de los Estados, el avance del populismo y del autoritarismo y el Brexit, pero también el hecho de que el presidente Trump haya lesionado las relaciones transatlánticas al dudar del papel de su país en la OTAN, que ellos consideran un ancla de estabilidad, pues no sólo es una alianza militar, sino también una comunidad de valores compartidos para la acción conjunta. Para Bruselas y Estrasburgo también es crucial resolver el tema de la anexión, por parte de Moscú, de la península de Crimea y el conflicto en Ucrania del Este. Europa desea una negociación de los temas relevantes sin que Rusia regrese a un G8 renovado (idea que auspicia Trump). Europa sostiene que la denuncia del Tratado de 1987 sobre Armas Nucleares de Alcance Intermedio era inevitable, pero que esa noción debería estar atada a nuevos acuerdos entre Estados Unidos, Rusia, China y Europa, pues consideran al rearmamento como una alternativa peligrosa (mientras Washington y Moscú están ocupados, básicamente, en modernizar su arsenal nuclear y sus misiles).

 

En el hemisferio occidental, no resulta posible ignorar que el intento de derrocar a Maduro se halla estancado. Si bien no existe apoyo para una acción militar contra Venezuela, tampoco progresó adecuadamente la idea de ensamblar una genuina solución diplomática, la que cuenta con el auspicio de Noruega y la UE (mientras existen contactos entre Washington y funcionarios subalternos, o algo así, de Maduro). El objetivo de ese proyecto es llegar a elecciones presidenciales democráticas, transparentes y creíbles, precedidas por medidas de creación de confianza que faciliten la transición política y la existencia de garantías electorales. El aludido proyecto debería contemplar medidas postelectorales de respeto entre las partes y un programa internacional de ayuda a la reconstrucción económica venezolana, a fin de superar la dramática crisis humanitaria y política que tiende a generar el exilio masivo.

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