De eso no se habla

2 de julio, 2015

debates presidenciales

(Columna de Carlos Leyba)

Por ahora todo parece indicar que, sin demasiados accidentes topográficos a la vista, estamos instalados sobre la recta final que termina con el comienzo de 2016. Claro que la voluntad y la capacidad de mirar el estado de la ruta no son idénticas entre los corredores y comentaristas. Hay quienes miran corto, hay quienes utilizan elementos de observación larga y hay quienes tienen mirada estrábica. Pero, no olvidar, la realidad se reconoce a partir de un marco teórico. No hay realidad sin teoría. El cristal con que se mira. Veamos.

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Para uno de los montados, para algunos el favorito, según sus palabras el camino está despejado y nada en él interfiere: ojos que no ven, corazón que no siente.

A tal punto es la convicción del actual portador de la chaqueta presuntamente favorita, que, además del propio peso de su trayectoria (por lo menos discutible), se anima y corajea cargando a sus espaldas a un peso pesado de imagen desconocida y gravitación innegable.

Nunca más claro, al decir de don Francisco de Quevedo, que ahora no se sabe quién es el jinete y cuál la cabalgadura. Aunque el color de la chaqueta sea el mismo.

Daniel Scioli y Carlos Zannini, de ellos se trata, anuncian un camino despejado, cielo claro, sin nubes y dada la ausencia, a su criterio, de problemas, solo les cabe anunciar un futuro mejor, sin demasiados anuncios ni compromisos, consecuencia de lo que ya ha sido hecho. Daniel y Carlos se presentan como herederos de logros extraordinarios a quienes solo les cabe prometer que todo continuará.

El presente y el camino despejado que ellos ven les permite, hasta ahora, afirmar que nada cambiará. Son la continuidad.

Es más: si alguien dice ver una grieta, un bache, un lomo alto en el camino, explican que se trata de un truco de los ilusionistas malvados que quieren que existan grietas, baches y lomos altos para que ocurra un accidente. Y como nada de eso existe, los candidatos dramatizan, nos asustan para provocar el accidente que la realidad per se no provocará.

Saltamos de Quevedo a Gabriel García Márquez que, en uno de sus tantos cuentos maravillosos, nos explicaba el modo en que el rumor, generado por la duda, daba lugar a una suerte de profecía autocumplida. El “algo va a pasar” runrunea de tal manera que al final pasa. Es la única causa que Scioli y Zannini atribuyen a un suceso que, por otra parte, ellos mismos dicen que no pasó y que no pasará.

Como para Daniel y Carlos, si hay problemas, ellos son sólo rumores de ilusionistas, entonces, sólo cabe la denuncia y continuar la marcha haciendo oído sordos a los agoreros y, así despejadas las dudas, prometer que nada cambiará.

El problema conceptual, cualquiera sea la realidad que ambos perciben, es que para que todo siga igual, en el caso que eso históricamente fuera posible, necesariamente algo debe cambiar. Ellos no lo dicen o porque no saben qué es lo que van a cambiar para que todo siga igual o, porque si lo saben, no se animan a decirlo.

En síntesis, con lo hasta ahora dicho, jugar por esa monta es como otorgar un cheque en blanco. Dado que Zannini es hombre de leer y escribir, es razonable suponer que será él quien llene las cifras y el destino del cheque. Mientras siga la ausencia de palabras, con significado y compromisos serios, ahí estamos.

Lo que sabemos es que Néstor Kirchner no fue como Cristina en la tarea de gobernar, y difícilmente Zannini sea como CFK. ¿Por qué Zannini y no Scioli?

Simple –antes de Carlos– Daniel informaba un programa económico elaborado por Miguel Bein. Ese programa empezaba por el pago a los buitres (con quita del 30%), seguía con reducción y eliminación de retenciones (devaluación fiscal), reconocía la imperiosa necesidad de impulsar la tan demorada inversión reproductiva (proponía llegar al 30% sobre el PIB) y, además, incluía algo así como un acuerdo social como herramienta para desacelerar la inflación. Es decir, un viraje de 180 grados con los últimos tramos de un programa que, como el de Axel Kicillof, revalúa el tipo de cambio en términos reales, y además lo revalúa fiscalmente, que sostiene la monoherramienta macro de la promoción del consumo y que descarta toda posibilidad de diálogo. No sólo con los buitres. Tampoco con los sectores sociales.

Con Zannini y todos los líderes de escritorio que lo acompañan en las distintas candidaturas, ese giro, el de Bein-Scioili, sería imposible. Sería necesario un cambio de discurso no ya sobre el futuro (cortar la continuidad) sino sobre el presente (tornarse críticos de la actualidad). Difícil que lo digan. No es Scioli y sus asesores entonces quienes habrán de predominar, sino Zannini.

Es cierto que hay un largo trecho por recorrer y tiempo para ir cambiando de discurso lentamente. Pero la selección de equipos que ha realizado CFK fortalece la idea de que el jinete cambió tal como lo señalaba Quevedo. ¿Quién tiene la rienda?

Dicho esto, un competidor será la continuidad a rajatabla. Y si los problemas terminan por desacomodar al jinete, que nos dice que no ocurrirán, debemos prepararnos para una sorpresa. No ya la que muchos auguraban que brindaría Daniel, sino la que podría provocarnos Carlos. Ni bueno ni malo. Sorprendente.

Los otros

Todos los demás montados anotados en esta carrera sostienen que los metros que faltan para la llegada esconden una topografía escabrosa. Otra mirada.

Aunque también todos los demás competidores entienden que antes de la llegada en octubre, lo más probable, es que nada grave se presentará.

La mayoría cree que lo que podría aparecer se aventará. Sostienen que los que hoy controlan la ruta, la pista donde corren los candidatos, utilizarán todas las herramientas disponibles, y aun las inimaginables, para desplazar hacia el año o los años siguientes, todos los accidentes. Si así fuera, la realidad garantiza que la montaña de accidentes geográficos, a medida que pase el tiempo, será más alta. Y esa montaña enfrentará finalmente a los que pasen la cinta en primer lugar, cualesquiera sean ellos, con la realidad de los problemas. Scioli y Zannini, frente a ellos, ofrecen continuidad y profundización.

Los demás proponen el cambio. Pero quienes proponen el cambio nada dicen, por ahora, acerca de qué se trata el cambio más allá de vaguedades, generalidades e imprecisiones.

En definitiva, todos apuestan a que nada va a pasar antes de octubre y que en esas condiciones nada obliga a anunciar una estrategia y un programa. Sólo dos consignas “continuidad” o “cambio”.

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Sin embargo, este 2015 nos anuncia una novedad de peso. Lo más probable es que tengamos déficit de comercio exterior. Un déficit que supone que el control del comercio exterior no habrá logrado que las importaciones se acomoden al rendimiento de las exportaciones, y que la política económica no ha logrado evitar la declinación de nuestras exportaciones.

Hace algunos años desapareció el superávit fiscal y el déficit crece sistemáticamente. Y ahora observamos que está desapareciendo el superávit externo. Los dos superávit gemelos en 2015 ya habrán desaparecido. Y los dos, que rara vez convivieron en nuestro país, fueron una novedad de la que Néstor Kirchner se ufanaba. Los que lo sucedieron, siguiendo la tradición argentina, lo han hecho bueno.

Durante la presidencia de Néstor se logró un acontecimiento de baja frecuencia en la economía argentina: la aparición del superávit fiscal y el superávit externo conviviendo en armonía.

Para NK la caja fiscal superavitaria en pesos era la condición necesaria para el ejercicio, sin ataduras, del poder político del Estado. Lo escuché de su boca en tiempos de candidato, y durante su gestión respetó ese criterio. Acerca de la caja en dólares, no tengo idea de sus convicciones previas al ejercicio del mandato presidencial, pero recuerdo su insistencia –una vez en el cargo– en mantener un dólar ‘’alto’’ (de $3/US$ en aquél entonces) frente a la propuesta del Presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, que sostenía la conveniencia de una cotización que empezará por 2 y monedas.

El dólar “alto’’ representaba una concepción de la caja externa post convertibilidad: se trataba de ayudar a la competencia por el mercado interno que llevaba a cabo la industria nacional y de lograr, vía retenciones al sector primario, un aporte al Tesoro.

Las retenciones eran, en consecuencia, la contribución del superávit externo al superávit del Tesoro. Como todos recordamos el boom de los precios de las materias primas hizo posible una cierta holgura para el sector productor primario, a pesar de las retenciones, y a la vez una cierta holgura del Tesoro para financiar la ampliación del gasto.

El dólar ‘’alto’’ fue devorado por la inflación y la dinámica inflacionaria le quitó competitividad, primero a la producción industrial, después a los cultivos agroindustriales y, finalmente, ha puesto en estrés a las producciones extensivas.

A ese desorden de política económica se sumó la caída de los precios de los productos primarios. La consecuencia es que, al ya largo período de déficit fiscal, ha de sumarse este año la novedad del déficit de comercio exterior. Como si fuera la descripción de un arco que parte del piso, alcanza su cenit y retorna al nivel del punto de partida.

¿Cuál es la cuestión? Los términos del intercambio favorables fueron la gran oportunidad para producir un boom de inversiones, facilitadas por una política fiscal comprometida con las transformaciones productivas y de infraestructura, que lograran el postergado salto de productividad.

Simple: más inversiones significan más potencial tributario recaudatorio y menos gasto social compensatorio. Más empleo y más ingresos reales, y menos gasto social compensatorio. Eso es equilibrio fiscal productivo y de bienestar.

Y ese salto en la productividad significa la posibilidad de un equilibrio en la balanza comercial externa industrial. El desequilibrio de ese sector de la balanza denuncia la rémora de la productividad, por ausencia de inversiones, y es el responsable de la recurrencia de la restricción externa.

Podemos observar o no los accidentes que haya en el camino de ahora a 2016. Pero lo que nos informa la pérdida del superávit comercial externo es que, sin términos del intercambio extremadamente favorables –que los tuvimos– , retorna la restricción externa. Y ese retorno denuncia la escasez de teoría para comprender nuestra verdadera realidad económica. No es la coyuntura, sino la estructura la que nos problematiza. De eso no se habla si simplemente se habla de “continuidad” o “cambio”.