El camino de la integración

19 de diciembre, 2012

El camino de la integración

(Columna de opinión de Carlos Leyba)

“La Argentina y Brasil: integración y desarrollo o el riesgo de la precarización” fue el tema de la 18va. Conferencia Industrial de la Unión Industrial Argentina (UIA). Apuntó a problemas cruciales desde la perspectiva nacional. Primero, la relación, material e institucional, con Brasil. Segundo, la cuestión del modo de integración del Mercosur. Tercero, el impacto que genera esta integración sobre el desarrollo y su estilo. Cuarto, el dilema de la primarización. La Conferencia no pretendía agotar esos temas, pero poco aportó respecto de ellos y menos aún sugirió cómo sigue la película. Cuando los temas fueron más o menos comprometidos se focalizaron en cuestiones demasiado próximas, inmediatas y administrativas.

Es que acerca de estos temas, al menos aquí, no existe un grado de conciencia colectiva, amplio y profundo, como para pensar que estamos motivados, preparados y decididos a la reflexión y a la aplicación de las conclusiones que –sobre desarrollo, primarización e integración – han de definir nuestro futuro. A propósito, ¿recuerda usted algún debate parlamentario sobre la estrategia de desarrollo, el peso de la primarización o el estado de la integración y su peso sobre nuestro futuro? ¿O un debate a fondo en las comisiones del Congreso con empresarios, trabajadores, técnicos de los sectores y las regiones más afectados? ¿Conoce usted algún trabajo solicitado por el Congreso a las universidades u organismos de investigación acerca de las consecuencias y las potencialidades del país en estos temas?

El inventario de esos trabajos (casi inexistentes) nos da la medida del grado de conciencia colectiva, la riqueza del pensamiento, la profundidad de la reflexión y la madurez de las decisiones que, por comisión u omisión, se toman todos los días.

Pasos previos

Ninguna discusión en el Mercosur, y en relación a Brasil, puede realizarse con solvencia si no es a partir de una previa definición, discutida y consensuada, de una estrategia de desarrollo nacional y – como consecuencia de ello – de la posición frente a la Organización Mundial de Comercio (OMC), que representa el reparto del trabajo a escala mundial. Ningún acuerdo o integración puede prescindir de una definición previa respecto de la OMC, que representa la viabilidad o no de un perfil productivo. No se puede hablar de primarización o no, sin tener clara la posición respecto de la agenda de la OMC. La carencia de un proyecto estratégico es uno de los problemas más serios entre las carencias de bienes públicos. El proyecto estratégico es un bien público. Si no se asume como tal, el espacio del futuro será ocupado en parcelas fragmentadas según sean los mecanismos de presión interna o las presiones de la dependencia externa. Los vacíos se ocupan y pueden dar lugar al “crecimiento absurdo” que – por definición – es efímero. Hemos atravesado etapas de “crecimiento absurdo”: por ejemplo, el de la deuda externa, el boom de las actividades protegidas naturalmente por no estar expuestas a la competencia o el desarrollo inmobiliario. Nada de ello deja algo en términos de productividad, que es lo que cuenta.

¿Hay plan global?

Hay trabajos de distintas agencias públicas que apuntan a un “proyecto estratégico”. Es el caso del programa de planeamiento territorial del Ministerio de Planificación; del elaborado, en forma participativa, por el Ministerio de Agricultura o del documento con miras al 2020 del Ministerio de Industria. Pero, justamente, la existencia de “programas sectoriales” marca la inexistencia de un marco global de coordinación y de la ausencia de propuestas normativas propias de un sistema global de prioridades. Los resultados concretos: déficit energético, déficit comercial externo industrial, fuga de recursos – que debería haber retenido el sistema financiero – y la situación del sistema de transporte, por ejemplo, muestran la irrelevancia sistémica de esos programas y de las consecuencias de la ausencia de una estrategia globlal.

En la Conferencia de la UIA, la presentación de Cledorvino Belini, presidente de Fiat Brasil, dejó claro que sin planificación, la inversión se disipa y que la planificación sin inversión, es un gesto en el mar. Puso en claro que para generar relaciones sólidas entre Brasil y la Argentina, o para diseñar una estrategia de integración, se requieren en cada país un plan y un sistema de inversiones –ponga aquí lo que desee–; y, además, una coordinación y ensamble de esos planes nacionales y de esas inversiones a lo que llamaremos “el proceso público de integración”. Quizá Brasil lo tenga. Pero con una sola mano no hay apretón posible.

Dejar a un lado esos pasos es someter la integración – en ausencia de proyectos nacionales coordinados – a la decisión del mercado. O a la estrategia de las multinacionales o de las potencias demandantes, lo que sólo puede producir de carambola el estilo de desarrollo al que aspiramos. Lo más probable, dadas las cosas como están, sería la demanda contagiosa de la enfermedad holandesa de “crecimiento absurdo”.

Los números

Hemos crecido. Pero, ¿todas las maneras de crecer son iguales o tienen las mismas consecuencias? Si los países son lo que exportan, vale la pena, preocupados por la primarización, revisar nuestras exportaciones. El 65% de las exportaciones argentinas son productos primarios o manufacturas basadas en recursos naturales. La suerte de Brasil es peor, pues para ambos rubros, suma 67%. Al socialismo bolivariano del Siglo XXI le va peor aún: el 97% de sus exportaciones pasan por ahí. Bolivia, 94%; Paraguay, 91%; Chile, 90% y Uruguay 77%.

El Mercosur es primario y el riesgo de crecer por el viento de cola es la profundización de ese estilo (con consecuencias sociales espantosas).

En el extremo contrario tenemos a las exportaciones de manufacturas de alta tecnología: en la punta marcha Brasil (5,4% del total); detrás, nosotros (2,6%) y Uruguay 2,5%. Bolivia 0,1%; Venezuela 0,2%; Paraguay 1,1% y Chile 0,7%. Mucha naturaleza y poca tecnología: ese es el perfil de la región.

¿Con qué lo comparamos? Estados Unidos, con un enorme potencial de recursos naturales, exporta 28% de productos primarios y manufacturas basadas en recursos naturales y 20% de manufacturas de alta tecnología. Corea del Sur, un modelo de desarrollo que nunca debemos dejar de repensar, con 15% de los rubros primarios ha logrado que el 31% de sus exportaciones sean de alta tecnología.

Ser “primarios” tiene sus consecuencias. La Argentina ocupa el puesto 51 en PIB por habitante medido a la Paridad del Poder Adquisitivo. Su posición mejora si medimos el Indice de Desarrollo Humano: estamos en el lugar 45 como consecuencia de los avances sociales acumulados como en la educación, legado del Siglo XIX. La pobreza difícilmente baje de un quinto de la población, con una distribución del ingreso que se mide por un coeficiente de Gini de 0,45. Y con esos números somos los mejores de la región. Pero en pobreza estamos más castigados que Chile y en equidad nos supera Uruguay.

Frente al resto del mundo, la integración no ha contribuido a desprimarizarnos y la potencial enfermedad holandesa es una traba insalvable para el desarrollo. Si no tenemos, plan, metas e instrumentos para el desarrollo, la integración puede desmaterializarse y, si lo hace, convertirse en papeles. No es lo que imaginamos cuando el proyecto integrador se puso en marcha. Tenemos que hacer los deberes locales para que vuelva a ser una palanca para el desarrollo y el bienestar.

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