“Esta no será la década de América Latina”

Entrevista a José Antonio Ocampo.

18 de septiembre, 2012

"Esta no será la década de América Latina"

José Antonio Ocampo es uno de los economistas latinoamericanos más conocidos. De origen colombiano, tuvo un paso destacado por la función pública en su país (fue Ministro de Hacienda, entre otros cargos) y ocupó posiciones relevantes en organismos multilaterales como el Banco Mundial, la Cepal y las Naciones Unidas. Este año llegó a los últimos metros de la carrera a la presidencia del Banco Mundial, que fue ganada por Jim Yong Kim. Actualmente, es profesor de la Universidad de Columbia, en EE.UU. Desde allí, dialogó con El Economista sobre las perspectivas de la economía latinoamericana.

Las condiciones económicas internacionales durante la década del 2001-2010 fueron extremadamente benignas para América Latina, con algunas interrupciones. ¿Seguirán esas condiciones en la actual década?

Para ser preciso, fueron favorables a partir de 2004, cuando comenzó el auge de precios de los productos básicos y se comenzaron a normalizar los flujos de capital hacia la región. No se olvide del colapso de la Argentina a comienzos en los primeros años del siglo y de las turbulencias financieras que se generaron durante el proceso electoral previo a la asunción de Lula. Y, como usted lo señala, la crisis que se generó con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers hace exactamente cuatro años generó una recesión en América Latina y turbulencias financieras que fueron afortunadamente cortas, de poco menos de un año.

¿Y cómo cree que seguirán jugando ambos factores?

Hay dos factores externos que seguirán siendo favorables, aunque jugarán de manera diferente en los próximos años. Los flujos privados de capital continuarán llegando a la región o, más específicamente, a los países que tienen acceso a los mercados internacionales de capitales. Pero los países que no tienen acceso acudirán, como lo han venido haciendo, a flujos no tradicionales, en particular a los que llegan de China. Por su parte, el auge de precios de productos básicos terminará en algún momento. Es imposible saber cuándo pero lo que sí es posible señalar es que una desaceleración de la economía china más fuerte de la que está en curso, que es un escenario muy probable, acelerará el cambio en las condiciones de los mercados de productos básicos. Ahora bien, en términos de condiciones externas, hay una diferencia esencial entre el período entre 2004 y mediados de 2008, por una parte y 2009-2012, por otra. Durante el primer período hubo dos factores favorables que han desaparecido: el rápido crecimiento del comercio internacional y la migración masiva de latinoamericanos hacia los países desarrollados, que generó una fuerte expansión de los flujos de remesas, muy importantes en el norte de nuestra región. Estos dos factores favorables han desaparecido, quizás permanentemente. Las remesas se vienen recuperando, pero todavía no han llegado a los niveles de 2007-2008. El escaso dinamismo del comercio es un hecho muy importante, pero se ignora en muchos debates recientes: según mis cálculos, basados en datos de la ONU y el FMI, entre 1986 y 2007 el volumen de comercio internacional creció a un ritmo anual de 7,4%, en tanto que en los cinco últimos años lo ha hecho al 2,4% y este es el ritmo que mantiene este año. Este es, a mi juicio, el principal factor externo adverso que afectará al conjunto de la región en los próximos años. Al hacer estas consideraciones, dejo a un lado un escenario que tiene una probabilidad baja, pero que todavía tiene alguna posibilidad de ocurrir: el colapso del euro. Las decisiones recientes del Banco Central Europeo son muy favorables en ese sentido, pero también pueden leerse como la preparación para la salida de Grecia. Este último evento, que ahora lo considero casi seguro, tendrá efectos en toda la periferia europea que, si no son bien manejados, pueden terminar en una catástrofe. Si esto ocurre, tendríamos una nueva crisis mundial, incluso peor que la de 2008-2009.

Este contexto externo es distinto para los países de la región. Algunos están más vinculados a EE.UU. y son importadores netos de alimentos y commodities, y otros más vinculados a Asia y son exportadores netos de estos bienes. ¿Tiene sentido hablar de América Latina como algo homogéneo?

América Latina siempre ha sido diversa. Las que usted menciona son las modalidades actuales de heterogeneidad pero hay otras, incluyendo tamaño y nivel de desarrollo. Sin embargo, los países de la región están afectados en general por los mismos factores externos y comparten geografía y un legado histórico común. Algunas características comunes son el pertenecer a estadios intermedios de desarrollo a nivel mundial, los altos niveles de desigualdad y la escasa prioridad otorgada en las tres últimas décadas a la diversificación de la estructura productiva.

En los últimos años, la región logró varios avances económicos y tuvo un desempeño macroeconómico positivo. Sin embargo, no logró grandes avances en el desarrollo de su estructura productiva. Falta un “cambio estructural” dijo la Cepal en un documento reciente. ¿Coincide con esta carencia? ¿Cree que esta podría ser “la década de América Latina”, como dice, entre otros, Luis Alberto Moreno, presidente del BID?

La Cepal ya ha planteado por dos décadas los problemas asociados a la estructura productiva de América Latina a los que me referí al final de la pregunta anterior. El documento reciente reitera este diagnóstico y le agrega riqueza de análisis y de agenda para superar este problema. Su principal dimensión es el rezago tecnológico que hemos acumulado en relación con dos grupos de referencia: las economías de Asia Oriental y los países desarrollados ricos en recursos naturales. Ese rezago tecnológico es el fruto del desmonte de las políticas de desarrollo productivo del pasado y una visión según la cual las fuerzas de mercado construyen por sí solas las bases para un crecimiento dinámico. Precisamente por la mezcla de este problema estructural y el escenario adverso, hace pocos días preparé un artículo cuyo título es “Seamos claros: Esta no será la década de América Latina”. El crecimiento de la región desde 2008 es 3,2%, que no es muy diferente al crecimiento desde 1990. Si somos optimistas, vamos para 3,5% en el largo plazo y, si nos va bien, nos acercaremos a 4%. Son registros mediocres y nada para celebrar en una región que creció al 5,5% anual entre 1945 y 1980.

“Nos convertimos en la periferia de China”, dijo en una conferencia reciente, y agregó: “América Latina le exporta sólo cinco productos y le importa cada vez más bienes con mayor valor agregado”. La Presidenta de la Argentina quiere “dessojizar” la relación. ¿Cambiará este patrón de comercio en los próximos años o, por el contrario, se acentuará?

En efecto, la asimetría de la relación comercial de América Latina con China es monumental. Exportamos en lo esencial cinco productos básicos (petróleo, cobre, mineral de hierro, soja y pulpa de papel) a cambio de una canasta de manufacturas cada vez más diversificada. La posición de América Latina en relación con el Gigante Asiático debería ser, por lo tanto, clara: queremos profundizar nuestras relaciones pero diversificando nuestras exportaciones. Pero si esta estrategia no se formula en forma explícita, e incluso como posición regional, no veo que haya ninguna tendencia a modificar la naturaleza de esta relación comercial.

Para la Argentina, Brasil es muy importante: allí va el 20% de nuestras exportaciones totales y casi 50% de toda la industria que exportamos. ¿Qué importancia tendrán en los próximos años los mercados y los acuerdos regionales?

Quisiera decirle que mucha importancia. En una economía mundial en el cual las oportunidades de comercio serán limitadas, los procesos de integración regional deberían jugar un papel central, como una especie de “mercado interno ampliado”. Lo que veo, sin embargo, es la falta de un compromiso político claro con la integración. Se habla mucho de nuestra hermandad, pero se hace también mucho para destruirla en la práctica, a través de las restricciones comerciales que se imponen a la Argentina y Brasil, o de la administración abierta del comercio que están haciendo algunos países. Lo que se debería hacer es muy simple: hablar menos de los compromisos de integración pero cumplir con los acuerdos que hemos firmado.