Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Prime Video, Flow y Youtube.
1. Miniserie para ver en Prime Video: La novia
Entre una madre sofocante y una novia psicópata, ¿a quién elegirá Daniel?
Laura Sanderson (Robin Wright) parece tener la vida resuelta: estadounidense radicada en Londres, dueña de una exitosa galería de arte y habitante de una mansión en un barrio de lujo. Su único hijo, Daniel (Laurie Davidson), es su adoración, aunque la devoción materna roza la asfixia. Cuando él se enamora perdidamente de Cherry (Olivia Cooke), una asistente inmobiliaria de origen humilde, Laura la recibe con aparente calidez. Pero pronto surgen las dudas: ¿quién es realmente esta joven? ¿Por qué cada gesto suyo parece estar tejido de engaños? Y lo más inquietante: ¿cómo evitar que Daniel cometa el error de su vida?
La novia -en tan sólo 6 episodios que se consumen como un helado en cucurucho- funciona como una exploración de las luces y sombras del instinto maternal, esa intuición protectora que puede convertirse en paranoia y empañar el juicio. El guion elige mostrarlo en un entramado de giros, secretos y cambios de perspectiva que invitan al espectador a tomar partido, aunque cada elección resulta incómoda. Esa tensión, que oscila entre el deseo de proteger y el impulso de desconfiar, marca el tono psicológico del relato.
La muy sexy Olivia Cooke encarna a Cherry con un vaivén constante entre la seguridad impostada y la opacidad moral. Que mienta no está en discusión; lo interesante es comprender qué la impulsa y hasta qué punto se le pueden imputar sus falsedades. Criada en un entorno de carencias, ha debido luchar siempre por sobrevivir, lo que explica —aunque no necesariamente redime— su voluntad de manipular las circunstancias. El suyo es un personaje tan ambiguo como fascinante.
Mientras tanto, Laura despliega sus propias artimañas cuando siente que su mundo perfecto tambalea. La protectora madre se revela como una estratega manipuladora, y la serie juega con la delgada línea entre el amor maternal y la paranoia. La confrontación entre Laura y Cherry relega a los hombres de la trama a meros satélites, y un secreto conyugal apenas insinuado aporta un trasfondo adicional. Lo que queda es un duelo actoral de alto voltaje, sostenido por la sobriedad meticulosa de Wright, cuyo personaje nunca termina de ablandarse, por más que acuda al soporte de amigas gigantescas, una morocha, la otra, pelirroja. La conclusión amarga y categórica con que cierra la miniserie puede dejar un sabor a pérdida, pero confirma que La novia es una experiencia formidable, adictiva, elegante y perturbadora.
Muy recomendada.
2. Miniserie para ver en Netflix: Las maldiciones
Basada en la novela de Claudia Piñeiro, la miniserie dirigida por Daniel Burman y Martín Hodara, se presenta como un thriller político en pleno altiplano jujeño. El gran hallazgo de la producción es haber elegido filmar en la Puna, donde la vastedad árida, la altura y el silencio se convierten en un personaje tan poderoso como los protagonistas humanos. No es casual que la historia de poder, secuestro y corrupción se desarrolle en un territorio que transmite soledad y hostilidad: ese entorno imprime a cada plano una sensación de desamparo y fatalidad que multiplica la tensión dramática.
El paisaje no funciona solo como telón de fondo, sino como metáfora visual del encierro emocional y de la sequedad moral de los personajes. Las montañas inabarcables, las rutas polvorientas y los pueblos mínimos refuerzan la idea de un mundo donde las instituciones son frágiles y las pasiones personales se imponen sobre cualquier ética. Burman, acostumbrado a historias urbanas, sorprende con un manejo visual que dialoga con el western y el cine político, subrayando la fragilidad de los vínculos familiares y la violencia latente del poder.
En ese escenario inhóspito se despliega el trabajo de Leonardo Sbaraglia, que interpreta a un gobernador atrapado entre su rol público y su tragedia privada. Su composición es precisa: combina autoridad con vulnerabilidad, logrando que cada gesto despierte tanto sospecha como compasión. Gustavo Bassani lo acompaña con una interpretación más sensible, cargada de contradicciones, que aporta humanidad al relato y evita que todo se reduzca a un juego de villanos y héroes.
Alejandra Flechner y Mónica Antonópulos, en roles secundarios de peso, sostienen con firmeza el contrapunto femenino de la historia, mientras que la joven Francesca Varela aporta frescura y tensión en un papel difícil, que funciona como núcleo del conflicto. Cada actor parece responder a la dureza del paisaje con sobriedad expresiva: no hay exceso melodramático, sino contención, miradas y silencios que se cargan de significado en planos largos donde el viento y la montaña dicen tanto como los diálogos.
El resultado es una miniserie breve (120 minutos en 3 episodios) y apocada, que encuentra en el cruce entre paisaje y actuaciones su mayor virtud. Las maldiciones no escapa a ciertos subrayados narrativos ni a una resolución demasiado categórica, pero logra sostener un clima enrarecido donde el poder, la familia y la sospecha se entrelazan. Es, en definitiva, un ejercicio eficaz de cómo el audiovisual argentino puede transformar su geografía en un protagonista esencial.
Recomendada.
3. Serie para ver en Flow: Hunters
La propia procedencia nunca se abandona del todo. Algunos se alejan de su tierra natal en la juventud, pero con los años terminan regresando. Así ocurre con el comisario Erik Bäckström (Rolf Lassgård), que en su jubilación vuelve a su pueblo en el norte de Suecia, un lugar atravesado por tensiones sociales y ecológicas: activistas medioambientales, proyectos mineros y viejas cuentas sin saldar. Pero quien mete la nariz en todas partes y encima pretende dar lecciones a sus colegas de uniforme, no suele ser recibido como "el hijo pródigo".
Esta serie sueca (2 temporadas de 6 episodios cada una) tiene su eje en un proyecto de minería en Norrbotten, con el empresario Markus Lindmark (Pelle Heikkilä) prometiendo prosperidad a una región en declive. Cuando lo intentan asesinar, todas las miradas apuntan a los eco-activistas, pero pronto se revela que las intrigas empresariales y familiares pesan más que cualquier protesta. Bäckström se convierte en jefe de seguridad del magnate, pese a la oposición de su propia hermana, y la espiral de violencia lo arrastra a investigar por su cuenta. La serie combina la tensión criminal con un retrato social de un territorio atrapado entre la explotación económica y el derrumbe comunitario.
Visualmente, los directores Björn Carlström y Stefan Thunberg apuestan por la fuerza del paisaje nórdico: los bosques interminables, la nieve, la sensación de aislamiento que potencia la atmósfera de sospecha. Sin embargo, a diferencia de otros exponentes del nordic noir, aquí no se subraya la violencia con excesos gráficos sino con una sobriedad casi clásica. Es más un melodrama psicológico que un thriller sanguinario, donde lo que importa no es tanto el "quién lo hizo" como la erosión moral de los personajes. El propio Bäckström ya no es el policía duro de antaño, sino un cínico romántico que cree en el bien, pero destruye todo lo que toca en su búsqueda de la verdad.
Aquí se prefiere explorar a los personajes antes que obsesionarse con giros criminales. El guion a veces pierde fuerza en lo policial, pero gana en densidad emocional y en la construcción de un héroe agotado que refleja, en su desencanto, la caída de las pocas ilusiones que le quedaban. Suspenso no le falta, y buenas actuaciones, tampoco.
Muy recomendada.
4. Miniserie para ver en Netflix: Nombre artístico: Charlie Sheen
Lleva 7 años sobrio y tiene ganas de hablar y aclarar hechos oscuros de su vida: entre el abuso de drogas, la contratación masiva de prostitutas y la bisexualidad, Charlie Sheen paga la cuenta.
El actor estadounidense conquistó primero la gran pantalla con títulos como Pelotón y Wall Street, pero fue la comedia de situaciones Dos hombres y medio la que lo transformó en un fenómeno global, llegando a cobrar 1,8 millones de dólares por episodio, el salario más alto de la televisión en su época.
El punto de partida de este documental en 2 episodios parecería perfecto para un retrato complaciente, de esos que rozan la vida de los santos: un film de fanáticos para fanaticos. Sin embargo, la sorpresa llega desde el inicio: arranca con él mismo hablando abiertamente de su diagnóstico de HIV. Un comienzo que descoloca, pero que al mismo tiempo resulta coherente con una vida marcada no solo por éxitos descomunales, sino también por adicciones, excesos sexuales y problemas legales. Aquí no se edulcora nada: se recorren tanto los picos de su carrera como los pozos más oscuros de su intimidad.
El director Andrew Renzi no recurre solo a testimonios de terceros —aunque familiares y conocidos también aparecen—, sino que pone en el centro al propio Sheen, quien narra en primera persona. Esa estrategia conlleva riesgos: la subjetividad, la posibilidad de omitir lo incómodo, la tentación de maquillar los hechos. Pero en este caso, la crudeza desarma los prejuicios. Sheen no evita los pasajes más desagradables y, aunque nunca se puede saber cuánto hay de verdad absoluta y cuánto de performance calculada, el efecto es el de una confesión sin filtros.
El resultado es un retrato ambiguo pero magnético. A diferencia de otros documentales similares —como el de Robbie Williams, que buscaba la intimidad más pura— aquí persiste la duda sobre cuánto vemos al hombre y cuánto al personaje. Y, sin embargo, esa indefinición es parte de su atractivo. El Sheen que se muestra es contradictorio, vulnerable y arrogante, capaz de generar empatía y rechazo en una misma escena. La miniserie no teme que su protagonista quede mal parado, ni que el tono pase del humor al drama en cuestión de segundos.
Sheen sabe contar su vida como si fuera una tragicomedia, con un ritmo que hace incluso de lo más doloroso un relato fascinante. Eso puede incomodar, porque a veces parece que se glorifica lo destructivo, pero también explica por qué llegó a ser tan popular: domina como pocos el arte de narrarse a sí mismo. Nombre artístico: Charlie Sheen no solo retrata al actor, sino también a una industria que se alimenta de escándalos y mitologías. Para quien quiera asomarse a los brillos y sombras del mundo del espectáculo hollywoodense, es una cita ineludible.
Muy recomendada.
5. Película para ver en YouTube: La carta
Esta película dirigida por William Wyler (La loba, La heredera, La princesa que quería vivir, Ben Hur), es una de las cumbres del cine filmado en estudios de los años cuarenta y una obra que, aun dentro de su clasicismo narrativo, se inserta en la transición hacia lo que pronto sería reconocido como film noir. Basada en la obra teatral de Somerset Maugham, la película combina el melodrama judicial con un suspenso moral enrarecido, y encuentra en Wyler un director capaz de tensar cada escena hasta el límite de lo insoportable. Su pulso preciso, heredero del rigor teatral pero volcado hacia la economía del relato cinematográfico, marca cada plano con una intención calculada, donde la contención resulta más inquietante que la acción explícita.
El género al que se adscribe es, en un primer vistazo, el melodrama criminal con tintes de noir. Están presentes los elementos claves: un crimen inicial (la muerte del amante), una protagonista atrapada entre la mentira y el deseo, y una atmósfera moralmente ambigua que rehúye del maniqueísmo. Pero a esto se suma un componente distintivo: el exotismo de la ambientación colonial en Malasia. Wyler y el guion de Howard E. Koch se apoyan en la visión occidentalizada de un Oriente cargado de misterio y amenaza, donde la figura de la viuda asiática (la hechizante Gale Sondergaard) y el mercado negro refuerzan el choque cultural y aportan una carga adicional de fatalismo y otredad. Este exotismo, aunque hoy puede verse como problemático en términos de representación, fue central para la construcción del clima enrarecido y del aura de destino trágico que domina la narración.
La interpretación de Bette Davis es, sin duda, el corazón de la película. Su Leslie Crosbie oscila entre la frialdad calculadora y una vulnerabilidad reprimida que nunca termina de revelarse del todo. Sin ser convencionalmente bonita, Davis construye un personaje ambiguo, que en lugar de inspirar compasión se mueve en la incomodidad moral del espectador ya que transmite una intensa energía sexual. Su famoso monólogo inicial, disparando sin pestañear, instala a la protagonista como una mujer que gusta de controlarlo todo, para luego mostrarla atrapada en un laberinto de contradicciones. Davis logra lo que pocas actrices de la época podían: dotar de densidad psicológica a una femme fatale que no es caricatura, sino el reflejo de una sociedad hipócrita y desigual.
La fotografía de Tony Gaudio es otro de los elementos determinantes para el impacto visual del film. El blanco y negro es trabajado con un alto contraste que prefigura los códigos del cine negro, con sombras alargadas, interiores opresivos y un uso magistral de la luz de luna como metáfora del secreto y la culpa. La secuencia final, donde la protagonista camina hacia la muerte en un jardín nocturno, es un ejemplo de cómo la imagen puede cargar con el peso de lo trágico sin necesidad de diálogo. La textura atmosférica que Gaudio imprime transforma los decorados en espacios psicológicos, donde el exterior tropical se convierte en una cárcel tan asfixiante como cualquier celda.
En conjunto, La carta es más que un melodrama de infidelidades y una justicia atávica: es un relato donde la pasión reprimida y la corrupción moral se funden en un estilo visual que anticipa las sombras del cine negro. Wyler -llamado durante mucho tiempo el padre del realismo psicológico- demuestra su maestría al combinar un guion teatral con recursos netamente cinematográficos; Davis reafirma su lugar como una de las grandes actrices del Hollywood clásico; y la fotografía de Gaudio eleva la película a un estatuto casi pictórico. En su exotismo colonial, su tensión moral y su estilización visual, el film logra permanecer como un clásico ineludible, capaz de condensar en 97 minutos tanto el esplendor como la oscuridad del sistema de estudios.
Imperdible.
Nota: la copia tiene una calidad de imagen excelente y está doblada al español neutro.


