Hace unos días Variety publicó una nota de tapa que, en otro contexto, hubiera sonado a exageración: Hollywood corre el riesgo de convertirse en la nueva Detroit. La firma Gene Maddaus y el dato es real, no es retórica de columnista apocalíptico. Los días de rodaje en Los Ángeles cayeron de 36.792 en 2022 a poco más de 19.000 el año pasado. El empleo en producción audiovisual de la región, que representaba el 35% del total nacional en 2022, hoy apenas llega al 27%. Restaurantes que vivían de los equipos de filmación están cerrando. Una florista que vende flores de seda para sets de rodaje contó que perdió la mitad de su facturación. Hasta la carrera por la alcaldía de Los Ángeles se está discutiendo, en parte, alrededor de quién "perdió" a Hollywood.
El artículo de Variety hace lo que se espera de una publicación especializada seria: entrevista a todos los actores institucionales del problema. El senador Adam Schiff pide incentivos federales para no perder poder blando frente al resto del mundo. La alcaldesa Karen Bass insiste en que la ciudad no va a perder su industria. Productores como Charles Roven se quejan de que el esquema de reembolsos de California es de los peores del mercado comparado con Georgia, Reino Unido o Canadá. El caso testigo de toda la nota es casi cómico: el reboot de Baywatch, una serie sobre playas californianas, filmada en una playa californiana, casi tuvo que mudarse de Los Angeles por trabas de permisos para estacionar camiones y prender fogatas en la arena.
Hasta acá, todo correcto. El problema es que ese tipo de notas, son muchísimas y las venimos leyendo desde hace un par de años en Fortune, en The Hollywood Reporter, en TheWrap, siempre terminan en el mismo lugar: impuestos, regulación, competencia internacional, algoritmos de streaming, fatiga de superhéroes, redes sociales. Es una lista de sospechosos que crece cada vez que sale una nota nueva y nunca mira hacia adentro.
Por eso resultó mucho más incómodo, y mucho más revelador, un texto que circuló como respuesta directa a la nota de Variety, publicado en la revista MAMA bajo la firma Coast Enjoyer, presentado como el testimonio de alguien que trabaja adentro de una de las franquicias más longevas de la televisión estadounidense. El título no deja margen para la ambigüedad: "El inexplicable suicidio de Hollywood". Y la tesis central tampoco: la industria no se está muriendo de causas naturales. Se está matando a sí misma.
Es importante para leer el texto con la distancia correcta: es una columna de opinión, escrita desde una posición ideológica explícita. El autor es abiertamente crítico de las políticas de diversidad e inclusión y de la conducción gremial durante la huelga de 2023 y la nota no es un artículo de investigación periodística como la de Maddaus. Pero precisamente por venir de adentro, con nombre falso y detalles de primera mano, funciona como termómetro de un malestar que la prensa especializada rara vez registra porque muchas veces responde directamente a los estudios que la usa como forma de propaganda.
El autor cuenta una reunión de emergencia en el verano de 2023, durante la huelga de guionistas y actores, en una oficina satélite lejos de los piquetes en las puertas de los estudios. Describe el contexto: Los Angeles todavía no se había recuperado de los 80.000 empleos perdidos durante la pandemia, y ahí estaban los sindicatos parando la industria otra vez, con 97% de votos a favor del paro más largo de la historia de Hollywood. Tres años después, sostiene, las victorias negociadas (resguardos contra la inteligencia artificial, mínimos en los cuartos de guionistas, bonos por audiencia) no salvaron ningún empleo, porque el problema nunca fue cuánto se les pagaba a los trabajadores sino que cada vez hay menos productos que valga la pena pagar para ver.

Ahí está el núcleo del argumento, y es lo que lo distingue de la nota de Variety: una lista, casi una letanía, de explicaciones que el autor describe como "ingenuas" (sobresaturación de plataformas, fatiga de superhéroes, fin del mercado del DVD, ventanas de estreno cada vez más cortas, falta de incentivos fiscales, inteligencia artificial) para después decir que la explicación que nunca se escucha en los desayunos o almuerzos del Four Seasons de Beverly Hills es la más simple: el contenido, en términos llanos, dejó de gustarle a la gente.
Y que eso tiene una causa puntual, según su lectura: el giro hacia las cuotas de representación después de #OscarsSoWhite en 2015 y la consolidación de poder de la clase activista tras el #MeToo en 2017, que según él reemplazó el viejo modelo de "una para ellos, una para mí", una película comercial financiando una más arriesgada, por una lógica de pureza ideológica donde ninguna producción se aprobaba sin cumplir determinadas cuotas frente y detrás de cámara.
Es una hipótesis fuerte, formulada a quemarropa y con ejemplos elegidos para sostenerla: la caída de audiencia de NCIS, de 19,3 millones de espectadores en 2013 a 3,2 millones en 2023; el faltante de espectadores jóvenes que llevó a Disney a admitir públicamente que necesitaba reconectar con el público masculino; el fracaso de The Mandalorian & Grogu, US$ 81 millones de recaudación contra un presupuesto de 165 millones, el peor estreno de la historia de Star Wars, ocurrido la misma semana que dos producciones independientes, Obsession y Backrooms, hechas por una fracción de ese presupuesto, recaudaban muchísimo más. El contraste es elocuente, aunque conviene atender que cualquiera puede armar una correlación así eligiendo bien los ejemplos: el cine de terror de bajo presupuesto siempre ha sido, históricamente, el género con mejor relación costo-beneficio de la industria, mucho antes de que existiera el debate sobre diversidad.
Lo más interesante del texto, de todos modos, no es la hipótesis política sino la observación lateral: la reacción de la propia industria ante la fusión de Paramount y Warner Bros. Uno esperaría, razona el autor, que un sector en caída libre recibiera con alivio a cualquiera dispuesto a invertir en producción. David Ellison se comprometió a treinta películas anuales para salas, algo que Netflix jamás hubiera prometido. En cambio, hubo rechazo: la senadora Elizabeth Warren salió a combatir la fusión, y más de cuatro mil profesionales de Hollywood, entre ellos Robert De Niro y Sofía Coppola, firmaron una petición para bloquearla. Mientras tanto, casi nadie cuestionó que Netflix, que le pagó US$ 65 millones a los Obama por un acuerdo de producción ahora disuelto, iba a reducir igual o más el número de películas en pantalla grande. La lectura del autor es incómoda pero difícil de descartar del todo: la simpatía no se reparte según quién salva más empleos, sino según quién está del lado correcto del mapa político de la industria.

¿Hay que comprar entera la tesis del "suicidio ideológico"? No necesariamente, y el propio texto se cuida poco de matizarla: reduce un fenómeno multicausal como el streaming, deuda corporativa, fin del modelo de ventanas, inflación de presupuestos, fuga de incentivos fiscales hacia Georgia, Reino Unido o Canadá, etc a una sola variable cultural, y lo hace con la comodidad retórica de quien escribe desde el anonimato. Pero ahí mismo está el valor del texto como documento, más allá de si se coincide con su diagnóstico: confirma que dentro de la propia industria, lejos de los micrófonos, circula una autocrítica que las notas institucionales, incluida la extensa investigación de Variety, sistemáticamente evitan nombrar. Cuando una fuente anónima necesita publicar bajo seudónimo en una revista digital para decir lo que no puede decir con nombre y apellido en una entrevista con Variety, eso ya es, en sí mismo, una noticia sobre el estado de la conversación interna de Hollywood.
Lo cierto es que las dos lecturas, la estructural y digamos oficial de Maddaus y la cultural de Coast Enjoyer, no son necesariamente excluyentes. Una industria puede estar perdiendo terreno por incentivos fiscales adversos y, al mismo tiempo, haber perdido el rumbo creativo por motivos que no tienen nada que ver con California ni con Georgia. El error sería quedarse solamente con la explicación que resulta más cómoda según la simpatía ideológica de cada uno. Hollywood, como toda industria cultural en crisis, no se va a salvar con un solo diagnóstico certero: se va a salvar, si se salva, el día que vuelva a producir algo que el público realmente quiera pagar para ver. Eso lo dice Variety, lo dice MAMA, y lo dice cualquiera que mire la taquilla de este año: por ahora, sigue siendo la pregunta sin responder.