Política fiscal y cultura

Cines vacíos y menos libros: los efectos del desfinanciamiento cultural

Lejos de dinamizar el mercado, la política presupuestaria actual concentra la oferta y asfixia a las productoras independientes. El INCAA apenas ejecutó el 40% de sus recursos en el último año.

Sin fomento estatal, el ecosistema cultural se vuelve más homogéneo y pierde diversidad de voces.
Sin fomento estatal, el ecosistema cultural se vuelve más homogéneo y pierde diversidad de voces.

En la Argentina actual, el ajuste no se limita a planillas de Excel ni a metas fiscales. También tiene consecuencias concretas sobre aquello que una sociedad produce para pensarse a sí misma. La política presupuestaria del gobierno de Javier Milei encuentra en el desfinanciamiento su herramienta principal, lo cual se puede observar sobre todo en el ámbito universitario y también cultural. Es allí donde sus efectos son más visibles.

El caso del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales es paradigmático. En 2024, el organismo sufrió una caída del 49,1% en términos reales, y en 2025 un nuevo recorte del 28,7%, acumulando una reducción que lo deja más de un 50% por debajo de los niveles previos . Pero el dato más revelador no es solo la magnitud del ajuste, sino su orientación: el fomento a la producción —el corazón del cine nacional— cayó un 81,8% .

No se trata simplemente de gastar menos, sino de cambiar prioridades. Mientras se retrae el financiamiento a películas, crece el peso de los gastos administrativos dentro del presupuesto. Es decir, el Estado no desaparece: se reconfigura de un modo que deja de impulsar la producción cultural para volverse más burocrático que creativo.



Las consecuencias empiezan a sentirse. En 2026 ya se proyecta una caída significativa en los estrenos nacionales, que podrían ubicarse por debajo de los 100 por primera vez en más de una década. La eliminación de herramientas como la cuota de pantalla y la incertidumbre sobre el financiamiento futuro profundizan este escenario. El resultado es un círculo vicioso: menos inversión, menos producción, menos presencia del cine argentino en su propio mercado.

Pero si bien la industria audiovisual es de las más golpeadas, el problema no se limita sólo al cine. La industria editorial —otro pilar de la cultura— muestra señales igualmente preocupantes. Según datos de la Cámara Argentina del Libro, en 2024 se registraron 31.574 novedades, un 8% menos que el año anterior, y una caída en las tiradas promedio. A esto se suma un dato aún más contundente: la producción de ejemplares había caído un 24% y las ventas en librerías hasta un 40% en períodos recientes . El último informe de 2025 señala que la publicación de títulos aumentó un 17% (con 36.942 novedades), pero la cantidad total de  ejemplares impresos se desplomó un 34% debido, en gran medida, a la fuerte caída de compras institucionales

En este contexto, el retiro del Estado no genera un mercado más dinámico, sino uno más concentrado y frágil. Las editoriales pequeñas —responsables de gran parte de la bibliodiversidad— quedan expuestas a una lógica en la que solo sobreviven los grandes grupos o los productos de rápida rotación. Lo que se pierde no es solo volumen de producción, sino diversidad de voces. Esto, cabe aclarar, afecta indirectamente la calidad de la democracia.



Hay una paradoja difícil de ignorar. Mientras el discurso oficial reivindica la eficiencia y la eliminación de gastos superfluos, el propio Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales llegó a ejecutar apenas el 40% de los recursos disponibles en 2025, dejando sin invertir fondos que provenían del propio sector . Es decir, no solo se recorta: también se subejecuta. De esta forma, es fácil evidenciar que el problema ya no es únicamente la falta de recursos, sino la decisión de no utilizarlos.

Así, estamos en condiciones de afirmar que el ajuste cultural no es neutro. No es una simple corrección fiscal aplicada a un área más. Es una política que redefine qué se produce, quién puede producir y qué historias llegan a circular. En nombre de la austeridad, se corre el riesgo de construir un ecosistema cultural más pobre, más homogéneo y menos accesible.

Por último, es menester resaltar que, a diferencia de otras áreas, la cultura no admite recortes sin consecuencias simbólicas. Cada película que no se filma, cada libro que no se edita, cada proyecto que no encuentra financiamiento, es también una historia que no se cuenta. Y una sociedad que deja de contarse a sí misma empieza, lentamente, a perder algo más que presupuesto: pierde profundidad, pierde memoria, pierde futuro y pierde identidad.



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