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Qué ver en streaming: Tina Fey y Steve Carell regresan, crímenes reales y un thriller español

Una serie sobre amistad, duelo y segundas oportunidades, un documental que reconstruye asesinatos desde la voz de las víctimas y una atrapante historia policial ambientada en Barcelona.

Qué ver en Netflix, Disney Plus y MUBI.
Qué ver en Netflix, Disney Plus y MUBI.

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Disney Plus y MUBI.

1. Serie para ver en Netflix: Las cuatro estaciones



Esta serie, producida y protagonizada por Tina Fey, parte de una premisa aparentemente sencilla: tres parejas de amigos de larga data comparten vacaciones a lo largo del año, hasta que una inesperada separación hace estallar viejos equilibrios y obliga a todos a replantearse sus relaciones. Basada libremente en la película homónima de Alan Alda de 1981, la serie traslada aquella observación sobre la vida matrimonial de la generación nacida en los años 60 a un universo contemporáneo marcado por las crisis afectivas, el envejecimiento y la búsqueda de sentido en la madurez.

La primera temporada destacó más por la calidad de su elenco que por la originalidad de sus conflictos. Tina Fey interpreta a Kate, una mujer inteligente y pragmática que intenta mantener unido al grupo; Will Forte encarna a Jack, su esposo, un hombre inseguro y emocionalmente frágil; Steve Carell da vida a Nick, cuya decisión de abandonar a su esposa desencadena gran parte de la trama; Kerri Kenney-Silver interpreta a Anne, la esposa abandonada; mientras que Colman Domingo y Marco Calvani completan el sexteto como Danny y Claude, una pareja que también atraviesa tensiones ocultas. La química entre los actores compensa en buena medida unos guiones que, por momentos, caen en la observación costumbrista y en un humor demasiado amable.

Uno de los mayores atractivos de la serie es su estructura basada en las cuatro estaciones del año, con cada bloque narrativo asociado a una de ellas y a un viaje diferente, lo que permite contemplar la evolución emocional de los personajes mientras cambian los escenarios. Lagos otoñales, refugios de montaña cubiertos de nieve, playas luminosas y paisajes rurales de primavera funcionan como un comentario visual sobre los ciclos de la vida. La fotografía aprovecha estos entornos con elegancia, convirtiendo las vacaciones en algo más que simples fondos pintorescos: son espacios donde afloran resentimientos, nostalgias y deseos de transformación.



La segunda temporada, supone una mejora notable. Los guionistas encuentran un tono más seguro y utilizan el impacto de la muerte de Nick, ocurrida al final de la primera entrega, como eje emocional de la historia. Ya no se trata únicamente de mostrar la insatisfacción de la mediana edad; ahora los personajes enfrentan el duelo, el paso irreversible del tiempo y la conciencia de la propia mortalidad. La serie adquiere una profundidad inesperada al abordar cómo las amistades de décadas pueden convertirse en una forma de familia elegida, capaz de sostener a las personas cuando las estructuras tradicionales se derrumban.

Entre las novedades más destacadas de esta segunda etapa sobresale el desarrollo del personaje de Anne, quien pasa de ser la víctima de una separación a protagonizar un auténtico relato de reinvención personal, logrando algunas carcajadas con sus desatinos. También gana relevancia Claude, cuya visita a Italia permite explorar una faceta mucho más compleja y segura del personaje. La relación entre Kate y Danny se convierte en uno de los motores emotivos de la temporada, ofreciendo algunos de los momentos más conmovedores y divertidos. En cambio, Jack continúa transitando una línea argumental más sombría vinculada a la depresión y al desencanto vital. Steve Carrell vuelve de entre los muertos en un episodio retrospectivo que transcurre durante la pandemia de Coronavirus.

La segunda temporada demuestra que la propuesta tenía más profundidad de la que parecía inicialmente y convierte a esta crónica de amistades, pérdidas y segundas oportunidades en una de las comedias dramáticas más cálidas y humanas que Netflix ha producido en los últimos años. Como las estaciones que le dan título y la música de Vivaldi, la serie recuerda que toda vida atraviesa períodos de esplendor, decadencia y renacimiento, y que la amistad puede ser el paisaje más duradero de todos. (10 episodios de 30 minutos)



Muy recomendada.

2. Serie para ver en Disney Plus: Las voces de los muertos

En este documental cada uno de los cuatro episodios reconstruye un asesinato real a través de entrevistas con familiares, investigadores y abogados, pero introduce además una voz en off que pertenece a la propia víctima, como si esta relatara los acontecimientos desde el más allá, a la manera del personaje de William Holden en El ocaso de una vida (Billy Wilder, 1950). Entre los casos abordados destacan el estremecedor asesinato de Savanna LaFontaine-Greywind, una joven indígena embarazada cuyo bebé fue robado por sus asesinos; el homicidio de una exitosa agente inmobiliaria y madre de dos hijos; y la desaparición de una mujer durante una tormenta de nieve mientras su hermana intenta reconstruir la verdad de lo sucedido. La serie se propone devolver el protagonismo a quienes suelen quedar relegados en los relatos criminales.



El aspecto más llamativo de la producción es precisamente esa invención ficcional del narrador. Las víctimas describen sus emociones, pensamientos y últimos momentos mediante textos escritos por los guionistas e interpretados por actores. La intención es generar una cercanía emocional que permita comprender la dimensión humana de cada tragedia, pero el recurso resulta ambiguo. Por momentos aporta una atmósfera melancólica y una perspectiva diferente sobre las historias narradas; en otros, parece una licencia narrativa excesiva que transforma hechos reales en una suerte de ficción sobrenatural.

Como documental, la serie funciona mejor cuando se apoya en los testimonios auténticos. Las entrevistas con familiares y amigos poseen una intensidad emocional que recuerda constantemente que detrás de cada expediente policial existía una vida concreta. Especialmente conmovedor resulta el episodio dedicado a Savanna Greywind, que además expone la problemática de las mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas en Estados Unidos. En esos momentos, Las voces de los muertos alcanza una dimensión social y humana que trasciende el mero entretenimiento criminal.

Sin embargo, la serie nunca resuelve del todo la tensión entre rigor documental y dramatización. Los monólogos de ultratumba interrumpen con frecuencia la fuerza de los hechos reales y pueden percibirse como una forma de sentimentalismo artificial. Lo que debería ser un homenaje a las víctimas corre el riesgo de convertirse en una apropiación imaginaria de voces que ya no pueden hablar por sí mismas. Aun así, su voluntad de replantear las convenciones de este tipo de documentales la convierte en una propuesta interesante y discutible a la vez: un experimento narrativo que genera más preguntas que respuestas sobre cómo contar historias de muerte, memoria y justicia.



Muy recomendada.

3. Película para ver en MUBI: Un día con Peter Hujar

Lejos de cualquier biografía convencional, esta película se construye a partir de un hecho aparentemente insignificante: el 19 de diciembre de 1974, la escritora Linda Rosenkrantz grabó una conversación con su amigo, el fotógrafo Peter Hujar, para un proyecto literario que nunca llegó a concretarse. Décadas después, el hallazgo de la transcripción de aquella charla permitió al director Ira Sachs convertir ese documento en una obra cinematográfica peculiar. El argumento consiste, literalmente, en Hujar relatando todo lo que hizo durante un día cualquiera en Nueva York, mientras Rosenkrantz escucha, pregunta y orienta suavemente la conversación. De esa premisa mínima surge una película sorprendentemente sugerente.



La génesis del proyecto resulta inseparable de su propuesta estética. Sachs, cineasta asociado desde hace años al cine independiente estadounidense y autor de films como El amor es extrañoPasajes, siempre se ha interesado por las relaciones humanas, los artistas y las comunidades queer. Aquí lleva esa búsqueda al extremo de la depuración formal. No hay reconstrucciones espectaculares ni grandes revelaciones dramáticas. Todo se apoya en una transcripción real y en la palabra hablada. La película adquiere así la forma de una pieza de cámara, a medio camino entre el documental, la instalación artística y el teatro filmado, donde la conversación se convierte en materia narrativa.

Lo que emerge de ese relato aparentemente trivial es un extraordinario retrato del clima cultural del Nueva York de los años setenta. Hujar menciona con naturalidad a figuras como Allen Ginsberg, William Burroughs, Susan Sontag o una entonces poco conocida Fran Lebowitz, no como celebridades sino como parte de su vida cotidiana. La película captura un momento histórico anterior a la gentrificación, cuando Manhattan era un laboratorio creativo donde convivían fotógrafos, escritores, poetas y artistas visuales en una atmósfera de precariedad económica y efervescencia intelectual. Sachs evita toda nostalgia enfática: el mundo artístico aparece como una mezcla de glamour, cansancio, ansiedad financiera, ambición y camaradería. El resultado funciona como una cápsula temporal de una escena cultural que hoy pertenece casi al mito.

La fuerza de la película descansa fundamentalmente en sus intérpretes. Ben Whishaw realiza un trabajo extraordinario al sostener durante gran parte del metraje un extenso monólogo sin recurrir a gestos teatrales ni explosiones emocionales. Su Peter Hujar es observador, irónico, vulnerable y profundamente consciente de sí mismo. Cada anécdota parece improvisada, aunque procede de un texto cuidadosamente preservado. Rebecca Hall, por su parte, construye una Linda Rosenkrantz discreta pero esencial. Escucha, sonríe, cuestiona y acompaña; convierte la conversación en un intercambio afectivo antes que en una entrevista. La química entre ambos transmite la sensación de una amistad auténtica y convierte la palabra en una experiencia cinematográfica viva.



Un día con Peter Hujar no busca el conflicto ni el suspenso. Su apuesta consiste en demostrar que una conversación puede contener una época entera. Sachs transforma una jornada ordinaria en una reflexión sobre la creación artística, el paso del tiempo y la memoria cultural. Sabiendo que Hujar moriría de sida poco más de una década después, cada comentario cotidiano adquiere una resonancia melancólica inesperada. El film funciona simultáneamente como retrato íntimo, documento histórico y elegía de una generación artística desaparecida. Puede parecer una propuesta mínima y de nicho, pero en su aparente modestia encuentra una profundidad y una belleza poco frecuentes en el cine contemporáneo.

Recomendada.

4. Película para ver en Netflix: Nuestra tierra



Lucrecia Martel realiza su primer largometraje documental y confirma que su mirada sobre la Argentina sigue siendo tan incisiva como en sus ficciones. El film toma como punto de partida el asesinato de Javier Chocobar, líder de la comunidad indígena Chuschagasta, ocurrido en 2009 en la provincia de Tucumán durante un conflicto por la posesión de tierras reclamadas por empresarios interesados en explotar recursos minerales. Sin embargo, el documental pronto se expande más allá del crimen y del posterior juicio para convertirse en una investigación sobre siglos de despojo, discriminación y negación de la existencia indígena en la historia argentina. Lo que comenzó siendo un proyecto centrado en Chocobar terminó transformándose en el retrato colectivo de toda una comunidad, una decisión sintetizada en el cambio de título, de ChocobarNuestra tierra.

El documental revela aspectos poco visibles de nuestra historia. Martel muestra cómo numerosas comunidades indígenas fueron sistemáticamente borradas de los relatos oficiales, consideradas extintas o reducidas a una nota al pie de la construcción nacional. A través de testimonios, fotografías familiares, documentos y registros judiciales, emerge una Argentina atravesada por conflictos de tierras que son herencia directa del colonialismo y de las políticas de apropiación territorial. La película evidencia que la violencia sufrida por los Chuschagasta no constituye un episodio aislado, sino la continuidad de una estructura histórica que aún hoy condiciona el acceso a la justicia, la propiedad y la representación política. El juicio por el asesinato funciona como una metáfora de una disputa mucho más amplia por la memoria y el reconocimiento.

Al mismo tiempo, Nuestra tierra revela mucho sobre la propia concepción cinematográfica de Martel. La directora comenzó a trabajar en el caso alrededor de 2010 y dedicó más de quince años a reunir, ordenar y procesar el material que finalmente dio forma al documental. Su método se aleja de la exposición didáctica tradicional. En lugar de construir una narración lineal, organiza fragmentos de testimonios, registros judiciales, fotografías, reconstrucciones y espectaculares tomas con drones que observan el territorio desde distintas alturas. Martel incluso deja visibles algunos dispositivos de filmación, recordando constantemente que toda observación implica una posición política y una forma de intervención. Como en sus mejores películas, el interés no está únicamente en los hechos sino también en cómo se los percibe y representa.



La relación con su obra anterior resulta evidente. Desde La ciénagaLa niña santaLa mujer sin cabeza hasta Zama, Martel ha explorado las tensiones de clase, las huellas del colonialismo, las formas del poder y los mecanismos mediante los cuales ciertos sectores sociales son invisibilizados. En Nuestra tierra esas preocupaciones aparecen de manera explícitamente política. El conflicto territorial remite directamente a las reflexiones sobre el colonialismo presentes en Zama, mientras que la atención a los sonidos, los espacios y los cuerpos prolonga una estética reconocible para quienes conocen su filmografía. Incluso la importancia otorgada a aquello que permanece fuera de campo, una marca esencial de su cine, reaparece aquí en las lagunas de la memoria histórica y en las limitaciones del lenguaje jurídico para explicar la violencia.

Más que un documental judicial o un informe sobre derechos humanos, Nuestra tierra es una obra profundamente marteliana que transforma un caso criminal en una reflexión sobre la relación entre territorio, memoria y poder. Puede resultar exigente por su estructura fragmentaria y por la gran cantidad de información histórica y política que pone en circulación, pero precisamente allí reside su fuerza. Martel no pretende ofrecer respuestas simples ni una lección de historia convencional; busca que el espectador perciba las capas de violencia acumuladas en cada piedrita del paisaje nacional y comprenda que la lucha de los Chuschagasta continúa mucho después del veredicto judicial. El resultado es un documental riguroso, incómodo y profundamente humano, que amplía el alcance político de una de las filmografías más importantes del cine nacional.

Muy recomendada.



5. Película para ver en Netflix: La desconocida

Este thriller policial de ritmo sostenido, secretos enterrados y revelaciones dosificadas trata –con altibajos- de mantener la atención del espectador hasta el final. Basada en la novela La desconocida de Rosa Montero y Olivier Truc, la película comienza cuando una mujer aparece atada y amordazada dentro de un contenedor en el puerto de Barcelona. La víctima, interpretada por Ana Rujas (En el barro), ha perdido la memoria y no recuerda ni su identidad ni las circunstancias que la llevaron hasta allí. La investigación queda en manos de la inspectora Anna Ripoll (la excelente Candela Peña, la misma de El caso Asunta), recién reincorporada al servicio tras una baja por depresión, y de su compañero Quique Zárate (Pol López). Lo que inicialmente parece un caso de secuestro deriva progresivamente hacia una trama de corrupción, violencia y cuentas pendientes.



El director Gabe Ibáñez, responsable de la serie Hierro, demuestra una vez más una notable capacidad para construir atmósferas. La película funciona especialmente bien cuando abraza la oscuridad visual de los puertos, almacenes y espacios industriales, creando una sensación constante de amenaza. También están logradas las secuencias de persecución y violencia, rodadas con pulso y claridad narrativa. Sin embargo, el guion de Lara Sendim nunca termina de alcanzar la complejidad de los mejores thrillers españoles contemporáneos. La historia se apoya en recursos muy familiares del género, desde la amnesia como motor argumental hasta la investigadora marcada por traumas personales, y algunas revelaciones llegan antes de tiempo, reduciendo el misterio en la segunda mitad.

La gran baza de la película es Candela Peña. Pocas actrices españolas poseen su capacidad para transmitir vulnerabilidad, inteligencia y desgaste emocional con gestos mínimos. Peña construye una Anna Ripoll creíble y humana, lejos de los detectives infalibles habituales del género. Como lo demuestra su filmografía, hay una cierta paradoja en su carrera: es una de las intérpretes más talentosas de su generación, capaz de elevar cualquier escena en la que aparece, pero con frecuencia termina involucrada en proyectos que no están a la altura de sus posibilidades. La desconocida vuelve a confirmar esa impresión. Peña sostiene el film con profesionalismo y presencia, aunque el material dramático que recibe resulta más funcional que memorable.



Recomendada.

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