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El secreto detrás del éxito silencioso de Otro día perdido, el programa de Mario Pergolini

Con bajo rating pero éxito de anunciantes, Pergolini demuestra que entiende la nueva lógica de la televisión: una que vive más allá del aire.

Pergolini volvió mejorado: su programa no arrasa en rating, pero conquista anunciantes
Pergolini volvió mejorado: su programa no arrasa en rating, pero conquista anunciantes
Ariel Wolman 14 noviembre de 2025

Allá por los '90, cuando la televisión abierta marcaba el pulso cultural del país, la gran competencia era entre dos colosos: Marcelo Tinelli y Mario Pergolini. Uno hacía más de 30 puntos de rating; el otro apenas llegaba a la mitad. Y sin embargo, ambos eran considerados exitosos. ¿Cómo se explica? Muy simple: no competían entre sí, al menos no por el mismo público. Apuntaban a formatos diferentes, a targets distintos, y en ese juego, los valores publicitarios muchas veces favorecían —curiosamente— al que tenía menos rating.

Ese recuerdo sirve para entender lo que pasa hoy con Otro día perdido, el regreso de Pergolini a El Trece. Porque su competencia ya no es Tinelli, que no está en pantalla. Su primer rival fue él mismo: su propio regreso después de tantos años en los que, más de una vez, hasta bastardeó a la televisión y la dio por muerta.

Ese examen, lejos de reprobarlo, lo superó con nota sobresaliente. Hoy se lo ve aggiornado, fresco, ágil, con la picardía de siempre pero sin aquella "maldad" corrosiva de los 90. De hecho, tolera con humor todos los pases de factura que le hacen sus invitados. Ese gesto —más maduro, más liviano, más seguro— explica mucho del espíritu del programa.



Las entrevistas son divertidas, sin golpes bajos, sin la necesidad de exprimir al invitado para generar un título escandaloso. Y lo más interesante: muchos de los que nunca aceptan ir a programas de TV piden ir. Eso no ocurre porque sí. Ocurre porque Pergolini les abrió un espacio donde pueden hablar sin miedo, con tiempo, con preguntas inteligentes y sin el ruido del panelismo.

Además, le dio lugar a gente muy valiosa del mundo de la educación, la medicina, las ciencias y distintas profesiones que rara vez encuentran espacio en la televisión tradicional. Y ese es un aporte que vale más que un punto de rating.



También encontró una química inesperadamente buena con su equipo: Radagast y Laila Roth funcionan como contrapuntos naturales, sin pisarse, sin sobreactuar, sin competir por la cámara. La orquesta y el público presente terminan de redondear un clima que se percibe fluido, cálido, de show nocturno clásico, de esos que siempre hacen falta porque son una buena compañía.

El formato del programa no es original: en Estados Unidos, España y buena parte del mundo existe desde hace décadas. Incluso en la Argentina tuvo muchas versiones. Pero el diferencial, el verdadero valor agregado, es él.

Ahora, hablemos del número que todos miran: el rating.



Otro día perdido mide entre 4 y 5 puntos. Esa cifra, durante mucho tiempo, fue sinónimo de fracaso en esa franja. Y sí: a veces Telefe lo duplica o hasta lo triplica. Pero acá vuelve la lógica de los '90: no todos los puntos valen lo mismo.

Las publicidades tienen valores altísimos y, dato no menor, hoy están todas vendidas. En una televisión abierta donde sobran horarios, pero faltan anunciantes, eso es sinónimo de éxito comercial.

Rada y Pergolini, funciona.



Y además está lo que el rating no cuenta. Pergolini lo repite semana tras semana: el programa no se ve solo cuando Kantar Ibope mide. Hoy los contenidos viven (y crecen) después del aire. YouTube, Instagram, X, TikTok... videos largos, reels, shorts, cortes de 30 segundos que se viralizan solos. El consumo ya no es lineal; es líquido. No se mira a la hora en que se transmite, sino cuando el espectador quiere, donde quiere y como quiere.

Mario Pergolini. Una figura que ya no abunda. Un conductor capaz de generar interés aun cuando la televisión de hoy parece haber perdido esa capacidad. Alguien que entiende el medio, pero también entiende que el medio cambió.

Por eso Otro día perdido es un éxito. No porque arrase en el rating, sino porque logró algo más difícil: encontrar su lugar en la TV actual, reconectar con el público, atraer a los anunciantes y generar un fenómeno paralelo en redes.



Pergolini volvió. Y volvió siendo él, pero mejorado. En una televisión acostumbrada a reciclar formatos, él demostró que lo que realmente marca la diferencia no es la escenografía ni el horario: es la figura que está adelante.

Una figura que, por su historia, su vigencia y su inteligencia, hoy vuelve a ser —a su manera— un protagonista central de la pantalla argentina.



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