ENTRETENIMIENTO

Desde Netflix hasta YouTube: 5 joyas ocultas para ver ya en streaming

Desde una herencia manchada de sangre hasta una guerra civil estadounidense, estas 5 recomendaciones de streaming combinan intriga, historia y humor negro en dosis impactantes.

Qué ver en Netflix, Prime Video, Disney Plus y YouTube: las mejores series y películas para el fin de semana
Qué ver en Netflix, Prime Video, Disney Plus y YouTube: las mejores series y películas para el fin de semana

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Prime Video, Disney Plus y YouTube.

1. Miniserie para ver en Netflix: Sol negro



Este thriller francés de seis episodios es un entretenimiento efectivo, siempre que el espectador se entregue sin reparos a su lógica de tornado: avanza con la velocidad de un misil, sin preocuparse demasiado por los escombros que deja a su paso.

La historia sigue a Alba Mazier (Ava Baya), una joven madre que huye con su hijo Leo de un pasado sombrío. En busca de una nueva vida, llega a una granja de flores donde, pese a que nadie la esperaba, el dueño del lugar, Arnaud Lasserre, decide contratarla. Lo que parece el inicio de un relato de redención pronto se tuerce: al día siguiente, Arnaud aparece asesinado, y una testigo asegura haber visto a Alba huir del lugar en donde se halló el cuerpo. Para la policía, el caso parece cerrado.

Pero lo mejor —o lo peor— aún está por revelarse: durante la lectura del testamento, se descubre que Alba es la hija biológica secreta del difunto y heredera de una cuarta parte de su fortuna. La mujer que había llegado escapando de su pasado se encuentra ahora con un posible móvil económico. La intriga se intensifica.



Alba ha caído en el centro de una familia profundamente disfuncional: una viuda narcisista (Isabelle Adjani), un hijo violento y adicto a la cocaína, y una hija en guerra abierta con todos, nietos que se debaten entre el bien y el mal. Para reclamar su parte del terreno —de cuyas exquisitas flores se obtienen los ingredientes más codiciados de la alta perfumería— deberá superar más de un obstáculo.

El mayor atractivo de la serie, que se despliega con un ritmo casi maníaco, es sin duda la presencia de Isabelle Adjani. La actriz encarna a Béatrice, una figura que oscila entre una diva envejecida de la alta costura y el Tío Cosa de Los locos Addams, gracias a su desbordante cabellera. Sin perder jamás la compostura, es capaz de encararse con un niño de nueve años para insultar a la madre como quien dice "buenas tardes", mientras Alba contempla el cadáver de su padre en estrecha vecindad, enterrada viva.

Otro personaje singular es el notario, cuya cabellera recuerda un plato de fetuccini mal dispuesto. Corteja a la viuda oscilando entre la extorsión y una seducción de aire tan decadente como su peinado.



Aparecen también inmigrantes indocumentadas explotadas de múltiples maneras, accionistas de una empresa interesados en adquirir la propiedad una vez que se resuelva la enmarañada sucesión, y un policía rural que encadena frustración tras frustración.

Con determinación y la violencia necesaria, Alba logrará abrirse paso gracias a una suerte de hada madrina que la ayudará a recuperar fragmentos de su identidad, extraviada entre tantos intereses ocultos, secretos familiares, manipulaciones, celebraciones macabras y persecuciones.

Nadie se aburrirá con Sol negro, especialmente cuando Adjani se entrega a su personaje con una sobreactuación deliciosamente camp, y los guionistas apuestan por un gótico doméstico en el que la heroína busca recomponer las piezas dispersas de su ser desmembrado.



Recomendada.

2. Serie para ver en Prime Video: Ballard

Esta serie policial basada en las novelas de Michael Connelly, aterriza con la promesa de combinar el misterio clásico con cierto discurso social. Protagonizada por la bella Maggie Q en uno de los papeles más sólidos de su carrera, la historia sigue a la detective Renée Ballard, una mujer relegada a la división de Casos No Resueltos tras enfrentarse a un compañero con poder dentro del Departamento de Policía de Los Ángeles. Junto a un equipo de oficiales de reserva y civiles voluntarios —marginados, pero comprometidos—, Ballard comienza a investigar homicidios olvidados desde el sótano del edificio policial. Y desde ese rincón oscuro, va sacando a la luz no solo asesinos, sino también las miserias de la institución que la arrinconó.



La estructura de Ballard combina casos que se van resolviendo de episodio en episodio con una gran investigación central que se va desarrollando a lo largo de la temporada. El primer caso que toman involucra el asesinato sin resolver de la hermana de un concejal influyente, y lo que parece un favor político pronto se transforma en la punta del iceberg: detrás hay un asesino serial que nunca fue identificado como tal. Paralelamente, Ballard mantiene una investigación secreta que destapa una red de policías corruptos vinculados al narcotráfico. A lo largo de la temporada, también deben rastrear niños desaparecidos, resolver abusos encubiertos y enfrentarse a sus propios fantasmas.

El reparto es sólido. Maggie Q sostiene con solvencia la carga emocional y física del personaje, y su presencia resulta magnética incluso cuando el guion flaquea. La acompañan actores de peso como John Carroll Lynch (Tom Laffont), Michael Mosley (Ted Rawls), Courtney Taylor (Samira Parker), y Noah Bean como el concejal Jake Pearlman. La abuela de Ballard, "Tutu" (Amy Hill), ofrece un respiro emocional y una nota de calidez genuina en una serie donde la dureza es constante.

Quienes hayan visto recientemente CementerioDeptartamento Q en Netflix encontrarán paralelismos inevitables: un equipo castigado, una oficina en el sótano, un pasado traumático, mujeres como víctimas recurrentes y un sistema policial infectado de machismo estructural. Pero Ballard se distingue por su enfoque más llano y frontal: aquí no se sugiere, se denuncia. La serie presenta a la policía de Los Ángeles como un "club de chicos" donde el abuso es sistemático y la impunidad estructural. 



Ballard posee todos los elementos para ser una serie con varias temporadas: un universo rico, una protagonista potente, temas urticantes y un equipo actoral de nivel. Con un estilo llano y directo, se constituye en un pasatiempo valido.

Recomendada.

3. Película para ver en Disney Plus: Tiburón: la historia de un clásico 



Cincuenta años después de su estreno, Tiburón no solo sigue siendo una de las películas más queridas por cinéfilos de todo el mundo: se ha convertido en una piedra angular de la historia del cine. Este documental ofrece el retrato más completo y honesto jamás contado sobre su accidentada realización y su impacto duradero. Dirigido por Laurent Bouzereau —un experimentado investigador de temas cinematográficos y colaborador habitual de Spielberg—, este viaje a las entrañas del primer gran blockbuster del cine moderno no es un simple "detrás de escena", sino un testimonio profundo de cómo el caos, el miedo y la genialidad pueden dar lugar a una revolución cultural.

Porque Tiburón no solo transformó la manera en que se filman y promocionan las películas: transformó por completo el negocio del cine. Hasta 1975, los grandes estudios solían reservar sus apuestas más ambiciosas para el otoño o el invierno. Pero el inesperado fenómeno de Jaws —estrenado en pleno verano y convertido en el filme más taquillero hasta entonces con casi 500 millones de dólares recaudados— inauguró la era del "blockbuster de verano": películas de gran presupuesto, espectáculo garantizado, campañas de marketing masivas y lanzamientos simultáneos a nivel nacional. El cine se convirtió en evento. Y Tiburón fue el modelo perfecto.

Lo extraordinario es que aquella película que hoy parece tan calculada y perfecta estuvo a punto de naufragar. Con un presupuesto inicial de apenas 9 millones y un rodaje que debía durar 55 días, el proyecto se extendió por más de cinco meses, triplicó sus costos y obligó a su joven director —Steven Spielberg, entonces de 27 años— a lidiar con averías constantes, improvisaciones desesperadas y un tiburón mecánico (el célebre "Bruce") que casi nunca funcionaba. La mayoría de las escenas en el mar debieron ser reinventadas, insinuando al monstruo en lugar de mostrarlo. Una necesidad que devino en brillantez: la amenaza invisible terminó generando más terror que cualquier imagen explícita.



Entrevistado para la ocasión, Spielberg se muestra con una franqueza pocas veces vista: habla del trauma físico y emocional que le dejó el rodaje, de los ataques de pánico, de los síntomas similares a un infarto que experimentó a diario, convencido de que su carrera se acabaría antes de comenzar. Fue una experiencia límite que, sin embargo, dio origen a un mito. Acompañado por entrevistas a Steven Soderbergh, Jordan Peele, James Cameron, Emily Blunt, Guillermo del Toro, George Lucas, J.J. Abrams, Robert Zemeckis, entre otros, el documental no solo explora los hechos, sino cómo Tiburón marcó a generaciones de cineastas y espectadores por igual.

También están presentes figuras esenciales del equipo original: el diseñador de producción Joe Alves, la editora Verna Fields —clave para rescatar el ritmo del film—, el guionista Carl Gottlieb, Lorraine Gary, Ian Shaw (hijo del inolvidable Robert Shaw) y el legendario compositor John Williams, cuyo leitmotiv minimalista es hoy sinónimo del miedo más primario y tan identificable como los violines estridentes de Bernard Herrmann para la banda de sonido de Psicosis.

La película desató una ola de pánico que llevó a la caza indiscriminada de tiburones, afectando gravemente los ecosistemas marinos. El guion del documental da voz a expertos en conservación que trabajan hoy para revertir aquel daño no intencional, recordándonos cómo el cine puede moldear (y distorsionar) nuestra percepción del mundo natural.



El documental también profundiza en detalles poco conocidos, como las escenas improvisadas por actores locales de Martha's Vineyard —el verdadero escenario del rodaje—, el uso mínimo de intérpretes de Hollywood, o la génesis de frases como "Vas a necesitar un bote más grande", surgida del hastío real de los actores en el set.

Más que un documental, Tiburón: la historia de un clásico es una lección sobre cómo el cine, cuando se hace con pasión, puede cambiarlo todo: la industria, la cultura y la forma en que vemos el mundo... o el mar.

4. Película para ver en Netflix: Guerra civil



Dirigida por Alex Garland, es película de ciencia ficción de anticipación que combina la tensión del thriller con el género bélico para ofrecer una meditación inquietante sobre el periodismo, la violencia y la fragilidad de la democracia. Ambientada en un futuro cercano donde Estados Unidos ha colapsado en una guerra civil interna, la película propone un escenario fragmentado en el que varias facciones regionales —incluyendo una improbable alianza entre California y Texas— se enfrentan al gobierno autoritario de un presidente atrincherado en la Casa Blanca.

Garland, conocido por su habilidad para ofrecer experiencias alarmantes (Ex MachinaAnnihilation, la reciente Warfare), se sumerge en un realismo sucio y supurante. A través de una puesta en escena austera, construye una atmósfera donde la violencia está omnipresente y la tensión se dosifica con precisión quirúrgica. Su estilo se apoya en una fotografía nerviosa y naturalista (obra de Rob Hardy) que recuerda al reportaje de guerra en tiempo real, con tomas cámara en mano, luz natural y encuadres cerrados que convierten al espectador en un testigo incómodo.



El argumento sigue a un grupo de periodistas que cruzan el país devastado por los enfrentamientos con la intención de llegar a Washington D.C. antes de que caiga. La protagonista es Lee (Kirsten Dunst), una veterana fotógrafa de guerra endurecida por años de conflicto, que se convierte en figura central de esta travesía. La acompaña una joven periodista novata (Cailee Spaeny), cuyo entusiasmo y vulnerabilidad ofrecen un contrapunto conmovedor a la mirada cínica de Lee. Junto a ellos viajan Joel (Wagner Moura), un reportero temerario que bordea la irresponsabilidad, y Sammy (Stephen McKinley Henderson), un corresponsal veterano que actúa como conciencia moral del grupo.

La actuación de Dunst es uno de los pilares emocionales de la película. Con un registro contenido y melancólico, transmite el peso de una mujer que ha visto demasiado y que se debate entre el deber de documentar el horror y la culpa por haber sobrevivido a él. Spaeny, por su parte, encarna con intensidad la pérdida de la inocencia, mientras que Moura aporta energía y ambigüedad a un personaje que parece más seducido por la adrenalina que por la ética del oficio. Henderson, en sus breves, pero memorables apariciones, da a la película una dimensión de gravedad casi elegíaca.



Garland no propone respuestas fáciles ni explicaciones didácticas: rehúye deliberadamente cualquier mención clara a la ideología de los bandos en conflicto, lo que genera una incomodidad productiva. La guerra, en Civil War, no es tanto una disputa de ideas como un estado mental, una infección que atraviesa la nación y anula la posibilidad de diálogo. La decisión de centrar el relato en los periodistas le permite a Garland reflexionar sobre el papel del testigo en un mundo donde los hechos han perdido su capacidad de conmover. ¿Qué significa documentar una atrocidad cuando nadie parece estar mirando?

La película alcanza momentos de gran tensión —como un retén con milicianos liderados por un Jesse Plemons espeluznante— y culmina en una secuencia final que combina acción, desesperación y lirismo visual en partes iguales. Sin caer en el sensacionalismo, Garland logra un clímax donde la imagen y la ética se entrelazan de manera perturbadora: fotografiar ya no es solo registrar, sino decidir qué vidas merecen ser recordadas.

Guerra civil funciona como una advertencia acerca de cuán cerca estamos de normalizar lo inadmisible. Garland, fiel a su estilo, no busca aleccionar, sino confrontar. Y lo hace con una potencia estética y emocional que persiste mucho después de los créditos finales.



Muy recomendada.

5. Película para ver en YouTube: Los productores

Con un fracaso, millonarios —título con el que se estrenó en Argentina en 1968— marcó un hito en la comedia estadounidense al representar el debut como director de Mel Brooks, un creador que transformó los códigos del humor cinematográfico con una irreverencia y un ingenio poco habituales hasta entonces. 



La película narra la historia de Max Bialystock (Zero Mostel), un productor teatral en decadencia, pero carismático, y Leo Bloom (Gene Wilder), un contador tímido y neurótico, quienes urden un plan para enriquecerse estafando a sus inversores: producir un musical deliberadamente horrible que fracase estrepitosamente y así quedarse con el dinero recaudado. 

El proyecto elegido, Primavera hitleriana, es un musical escandaloso sobre la Alemania nazi, cuya supuesta certeza de fracaso se ve frustrada cuando, para sorpresa de todos, se convierte en un éxito de público. La trama entrelaza elementos del vodevil y la comedia de enredos con una sátira punzante que Brooks utiliza para tensar los límites del humor en el cine de su época.



Procedente del mundo televisivo como co-creador de la serie Super Agente 86, Brooks debutó en el cine con una puesta en escena sólida, heredera de la comedia slapstick clásica, un tipo de humor físico exagerado que se basa en golpes, caídas, persecuciones y situaciones ridículamente violentas o absurdas, pero sin consecuencias reales para los personajes. El estilo es visual, gestual y muchas veces mudo, pero condimentado en el caso de Brooks por un enfoque paródico posmoderno y una audacia temática inusual para la comedia comercial de los años sesenta. Se atrevió a abordar temas tabúes —el nazismo, la corrupción, la codicia—, desactivando su carga simbólica mediante la exageración y el grotesco. Esta estrategia, lejos de buscar solo la risa, funcionó también como válvula de escape cultural ante heridas aún abiertas tras la Segunda Guerra Mundial. 

El guion, escrito por el propio Brooks, se distingue por su ritmo sostenido y su uso de la ironía dramática: el conflicto nace del contraste entre las expectativas de fracaso de los protagonistas y el éxito inesperado de su obra, lo que genera una tensión cómica sostenida y una reflexión ácida sobre el teatro, el espectáculo y el gusto del público.



Con este film, Mel Brooks sentó las bases de una comedia cinematográfica capaz de ser a la vez popular y subversiva. Introdujo un modelo que desafiaba la corrección política y ampliaba las posibilidades del humor como herramienta crítica y catártica. Su cine abrió el camino a una comicidad más oscura, autorreferencial y provocadora, que influenciaría a generaciones posteriores y contribuiría a moldear la cultura pop contemporánea. Durante décadas, su figura se erigió como contrapunto de Woody Allen en la disputa por el título de gran humorista judío del cine estadounidense.

En efecto, mientras Brooks apostó por un humor expansivo, paródico y visualmente exuberante —con influencias del cabaret y del teatro popular—, Allen desarrolló una comedia más introspectiva, verbal y existencial, marcada por la neurosis urbana y el legado del cine europeo. Brooks transformó el tabú en festín cómico; Allen convirtió la ansiedad en ironía. El primero concibió el cine como una máquina de demoliciones simbólicas, el segundo como un espejo filosófico donde el humor convive con la melancolía.

Con un fracaso, millonarios sería más tarde la base del exitoso musical de Broadway The Producers, cuya versión porteña tuvo como protagonistas a Enrique Pinti y Guillermo Francella. Años después, Susan Stroman dirigió una adaptación cinematográfica del musical, que tuvo escasa resonancia. 



En su estreno original, Con un fracaso, millonarios, pese a las reticencias iniciales por lo provocador de su contenido, tuvo una recepción crítica mayormente favorable, coronándose con el Oscar al mejor guion original para Mel Brooks, en reconocimiento a una obra que redefinió la comedia desde el escándalo, la sátira y la genialidad.

Muy recomendada.

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