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El virus de la ambigüedad

¿La característica de esta gestión es llegar tarde y molestar al que te tiene que dejar pasar?

El virus de la ambigüedad
El virus de la ambigüedad
25-02-2022
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Rusia atacó por tierra, mar y aire y procura hacerse de los edificios públicos de Kiev. ¿Y sino qué?

Pocos días antes la Cancillería pidió “una salida pacífica”. Un ejercicio de ambigüedad. 

Lo contrario a pacífica es “salida bélica”. 

Las declaraciones hay que compararlas con lo contrario. Si lo contrario es absurdo, la declaración de marras es inútil, porque es vacía. 

Las posibilidades de “lo pacífico” eran, en aquel momento, “dejar las cosas como estaban” (la raíz del conflicto), “la retirada de las tropas rusas”, “el retorno de las provincias separatistas pro rusas a la unidad ucraniana”, “la aceptación por parte del Estado de Ucrania y de sus aliados, de los hechos consumados y la cuasi anexión del país a Rusia”. 

Todas compatibles con la expresión “salida pacífica”. 

Lo “no ambiguo” hubiera sido decir “que se retiren las tropas rusas” o “que Ucrania acepte pacíficamente la invasión”. 

La alternativa era el silencio. Lo mejor que puede hacer aquél que no sabe qué tiene que decir. Porque realmente no sabe, no entiende o no sabe que es lo que le conviene. 

En esas condiciones “decir” es peor que callar. El decir ambiguo produce confusión y pésimas interpretaciones. 

La política, es bueno que lo entiendan los funcionarios, es pedagogía y la ambigüedad es lo contrario.

Lo ambiguo es aquello que acciona, o que dice, a la vez, para ambos lados cuando son contrarios. Es decir “lo ambiguo” es lo incierto, lo equívoco. Peor que hacer silencio. 

Frente a este desastre de Vladimir Putin, que puede ser el prólogo de un ejercicio nuclear, ¿cómo se puede volver atrás, después que Alberto Fernández declaró querer abrir las puertas de América Latina a Rusia? Lo que el Estado de Ucrania no quiso. “Putin advierte que cualquier interferencia tendrá consecuencias “como nunca se han visto”. Moscú afirma que está utilizando “armas de alta precisión” para inutilizar la infraestructura militar” (El País, Madrid).

Ayer Gabriela Cerruti nos hizo saber que el Gobierno le reclama a Rusia que abandone el uso de las armas. Tarde. Pero, peor, después Alberto llenó la red de mensajes que igualaban a todos. De un lado Rusia y del otro todo Occidente. Todos miembros del directorio del FMI. En fin.

¿La característica de esta gestión es llegar tarde y molestar al que te tiene que dejar pasar? 

Anticiparse a los hechos (y prever las consecuencias) es la primera virtud de un dirigente. Para eso hay que pensar. 

El diálogo (con el otro) es la manera de ejercer el pensamiento. Alberto no dialoga. Mensajes cortos y seguidos, nada de silencio.

Al igual que a Cristina, a Alberto le molestan el dialogo y los planes. Sólo que CFK escribe cartas largas, entre silencio y silencio. 

Los planes suponen compromiso revelado de rumbo. 

Tener un plan es haber pensado objetivos y herramientas para alcanzarlos y, sobre todo, calcular las consecuencias. 

Parte de las herramientas del plan, es la política internacional, las alianzas, las simpatías. 

Cuando las consecuencias son imprevistas es dable pensar que no había un plan: “Prefiero 10% más de pobres que 100.000 muertos”; “el problema es el dengue, ese virus no va a llegar” o los aviones hidrantes que no están. O recién ahora licitar el caño de gas, clave para hacer posible el abastecimiento de lo que nos sobra en Vaca Muerta. 

El precio del gas licuado, que debemos importar, se dispara. Tarde el caño. Pero además me peleo con casi todos los que tienen que votar (FMI o Club de París) donde se decide mi suerte. 

Pero, ¿acaso Mauricio Macri lo hizo mejor? ¿Pensó (o sus economistas, que hoy levantan el dedo exigente, lo hicieron) como habría de afrontar el pago de la deuda insólita que irresponsablemente el PRO tomó en minutos por US$ 50.000 millones? 

¿No estaríamos en la misma situación que hoy si Macri hubiera ganado? 

Claro, imposibilitados de pagar una cuenta gigante, tendríamos que estar negociando una espera. No se mientan “chicos”. Pero no son los PRO los únicos ni los primeros culpables de este incordio. 

Desde 1975 todos los caminos conducen al default porque hemos construido una economía para la deuda.

Una economía incapaz de generar trabajo. Una economía que destruye trabajo. 

“Gobernar es crear trabajo”. O como decía Carlos Pellegrini, “sin industria no hay Nación”. 

Destruimos la industria, el trabajo y vamos camino a la destrucción de la Nación. No es intencional, es ignorancia, pereza, monologo. 

Acabamos de ver el reino de la ambigüedad (salida pacifica) en política internacional –que es gravísimo– pero también nos está pasando respecto de la deuda con el FMI.

Reina la ambigüedad. Es que la política económica argentina es un ejercicio de supervivencia en una pista de autitos chocadores. Lo que nos guía son los accidentes. No un programa. 

Hoy el oficialismo y la oposición, cada uno, están internamente divididos a causa de la decisión de habilitar, votar, apoyar el acuerdo con el FMI para salir del estado de default. O no hacerlo y abrir las puertas del infierno.

El default sólo llegará si en un acto demencial el gobierno lo declarara. 

Pero mientras sigan las conversaciones estaremos en estado de default, sin crédito, acrecentando la desconfianza y a los tumbos, como los autitos chocadores.

Un paso necesario para la reversión de ese estado es el acuerdo. Que nos de tiempo para ejecutar un programa de recuperación del crecimiento. 

El acuerdo no es para eso. Pero sin el acuerdo eso es imposible. 

Obviamente cualquier renegociación de acuerdo con el FMI contiene las exigencias propias del acreedor: “mostráme la plata”: mostráme como vas a generar un excedente para pagarme o para generar la confianza para que alguien te preste y me puedas pagar o para armar luego un programa largo con el FMI, seguramente -si es más largo- será más exigente. 

Si Argentina no firma un acuerdo con el FMI para resolver el problema de lo que nos resta pagar, además de haber cometido la grosería de pagar y pagar, sin tener una idea concreta de cómo lo íbamos a arreglar y recuperar, vamos a autogenerar una catástrofe sobre un edificio en ruinas y que apenas se sostiene. 

No voy a hacer la larga lista de nuestras desgracias presentes porque todos los sabemos de memoria, las económicas, las sociales, las institucionales y las morales. 

Pero sí mencionaré algunas desgracias futuras si no logramos refinanciar y permanecemos en un largo estado previo al default. El default propiamente dicho no será inmediato. Pero si sus consecuencias, aún sin el conflicto provocado por Putin que agrava todo. 

El cierre del crédito externo, para un país cuya industria manufacturera de transformación importa mas o menos el 60% de sus insumos, supone una progresiva parálisis, acompañada de desempleo, quiebras y conflicto social en alza. A los piqueteros sociales se sumaran los piquetes sindicales de los desempleados. 

Sumemos el colapso recaudatorio en todos los niveles de la administración pública. 

Con la escasez comenzará una nueva fuente de presión inflacionaria y desencajamiento bancario. 

La mayor parte de los países miembros del FMI tienen enormes déficits fiscales que superan largamente el actual de la Argentina. (En 2020, déficit porcentual sobre PIB del Reino Unido, 12%; España, 11%; Francia e Italia, 9%; EE.UU., 15% o Nueva Zelanda, 6%). Pero tienen moneda y tienen crédito. ¿Por qué? 

Porque todos han crecido y desarrollado su producto potencial a tasas mayores que la tasa de interés, gracias a políticas explícitas de fomento (subsidios de una u otra manera) a la inversión que es la que genera productividad y empleo. 

Es decir forjaron un aparato productivo de bienestar. 

Eso es lo que nosotros no hemos siquiera intentado hacer a lo largo de 46 años. Fecha objetiva de cuando comenzó la decadencia. El PIB per capita de 2020 fue igual al de 1974 (Martín Rapetti dixit). 

Todos los años anteriores, cualquiera fuera el origen y la bandería política, el gobierno tenía dos objetivos centrales: promover la inversión y el pleno empleo. 

Por eso no había pobreza y había crecimiento. 

¿Déficit fiscal? Sí. Pero “sostenible” porque el crecimiento y el empleo generan confianza. 

¿Inflación? Sí. Pero sin fuga gigantesca de excedentes que implican, siempre, una presión recesiva.

Inflación más estancamiento es estanflación. Lo que sufrimos hace mas de 4 décadas. 

Cuando el FMI presiona para la baja del déficit fiscal se pone en la posición del acreedor que para cobrar necesita capacidad de pago, uno de cuyos términos, el más mensurable de modo proyectado, es el excedente fiscal. 

Que nuestro déficit fiscal sea infinanciable es lo que sorprende a los países del FMI que, como vimos, son deficitarios. 

Porque nuestro déficit tiene su origen en la debilidad productiva de la estructura económica nacional. Esa es la diferencia entre el déficit de ellos y el nuestro. 

Mientras la economía crecía creando empleo productivo y la industria alcanzaba niveles competitivos (crecimiento de las exportaciones de manufacturas) la inflación no generaba estancamiento, porque la fuga del excedente no era lo dominante.

La evasión –que es la contra cara de la exagerada carga tributaria de los que aportan– es la consecuencia de la ausencia de inversión: en la Argentina el stock de capital por habitante disminuye año tras año. El estancamiento de largo plazo genera evasión.

En síntesis, no hay alternativa posible al acuerdo con el FMI. Pero tampoco a gobernar sin plan de desarrollo. 

El oficialismo que se opone al acuerdo lo hace básicamente por la quita de subsidios. La oposición que se opone lo hace básicamente por el aumento de los impuestos. 

Caen en la misma ambigüedad de la Cancillería: ambos a su manera quieren una “salida pacífica”. 

Habilitamos el acuerdo o decimos claramente “queremos el default”.

Máximo y Mauricio tienen mucho en común, los dos hijos de papá y los dos portan el virus de la ambigüedad: dicen que quieren resolver aquello que apuestan a impedir.

Alberto lo llamó “Juan Domingo” a Biden, le declaró su amor a Putin y “compañero” a Xi Jinping. ¿Domina la ambigüedad o ella lo domina a él?

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