En el debate público sobre el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, gran parte de la discusión se ha concentrado en los temas tradicionales del comercio: carne, aranceles agrícolas o acceso a mercados. Sin embargo, detrás de esa discusión visible se esconde una dimensión mucho más estratégica. El acuerdo también forma parte de una nueva geopolítica de los recursos naturales, en particular de los llamados minerales críticos, fundamentales para la transición energética y la economía digital.
El mundo está entrando en una etapa donde el acceso a ciertos minerales se ha vuelto tan relevante como lo fue el petróleo en el siglo XX. Litio, grafito, manganeso, tierras raras o niobio son insumos clave para tecnologías como baterías de vehículos eléctricos, energías renovables, semiconductores, sistemas de defensa y electrónica avanzada.
El problema es que la producción y, sobre todo, el procesamiento de muchos de estos minerales está altamente concentrado. En particular, China domina buena parte de las etapas de refinado y transformación industrial, lo que ha generado una fuerte dependencia en las economías occidentales. En ese contexto, Estados Unidos y Europa buscan diversificar sus cadenas de suministro para reducir riesgos geopolíticos.
Aquí es donde entra el Mercosur.
Los países del bloque sudamericano poseen importantes reservas de minerales estratégicos. Argentina forma parte del llamado "triángulo del litio", mientras que Brasil es un actor central en minerales como el niobio, el grafito o el manganeso. Para Europa, asegurar acceso estable a estos recursos se ha vuelto una prioridad industrial y estratégica. De hecho, la propia Comisión Europea reconoce que el acuerdo con Mercosur puede contribuir a garantizar el abastecimiento de materias primas necesarias para su transición verde y digital.
Pero el acuerdo no se limita a facilitar el comercio de recursos naturales. También introduce cambios que podrían afectar la forma en que se organizan las cadenas de valor. Uno de los puntos relevantes es la reducción del llamado escalonamiento arancelario: la práctica de aplicar aranceles bajos a materias primas y más altos a productos procesados. Al eliminar o reducir esas diferencias, el acuerdo podría incentivar que en los países del Mercosur se desarrollen actividades de mayor valor agregado vinculadas a los minerales.
Esto abre una pregunta clave para la región: ¿el Mercosur será simplemente un proveedor de recursos o podrá desarrollar capacidades industriales alrededor de ellos?
La experiencia internacional muestra que la geología por sí sola no determina el desarrollo. Durante décadas, muchos países exportaron minerales sin construir capacidades tecnológicas o industriales asociadas. En cambio, otros lograron transformar esos recursos en plataformas de desarrollo productivo, generando proveedores, tecnología y conocimiento.
Un ejemplo clásico es el caso de Noruega en la industria petrolera, donde la explotación de recursos naturales fue acompañada por políticas públicas orientadas a construir capacidades locales, desarrollar proveedores y generar innovación. Algo similar ocurrió en Australia con el desarrollo de un ecosistema de empresas proveedoras de la minería.
La discusión sobre minerales críticos vuelve a poner este dilema sobre la mesa en América del Sur.
El nuevo escenario internacional puede generar una ventana de oportunidad. La transición energética global, la electrificación del transporte y la digitalización de la economía están impulsando una demanda creciente de estos minerales. Al mismo tiempo, las grandes potencias buscan reorganizar sus cadenas de suministro por razones geopolíticas.
En ese contexto, América del Sur aparece nuevamente en el radar estratégico de las potencias industriales.
Para países como Argentina, esto puede significar más inversión minera, mayor integración comercial y acceso a nuevos mercados. Pero el verdadero desafío es otro: transformar la ventaja geológica en capacidades productivas.
Eso implica pensar políticas que promuevan proveedores locales, desarrollo tecnológico, infraestructura, formación de recursos humanos e integración con otros sectores industriales. En otras palabras, pasar de un modelo puramente extractivo a uno que capture mayor valor dentro de la cadena.
El acuerdo UE-Mercosur, visto desde esta perspectiva, no es solo un tratado comercial. Es también parte de la reconfiguración de la economía política global de los recursos estratégicos.
La pregunta de fondo es si la región aprovechará esta nueva etapa para construir capacidades industriales o si repetirá el patrón histórico de exportar materias primas con bajo nivel de transformación.
La geología puede ofrecer oportunidades. Pero, como suele recordar la historia del desarrollo, lo que realmente determina el resultado son las instituciones, las políticas públicas y la estrategia productiva que cada país decida construir.
Pereira es Investigador senior del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones (CIG) de la Universidad Austral

