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Informe del FT

Elon Musk quiere "pudrirla toda" en el Reino Unido: ¿cuál es su objetivo real?

Elon Musk, X y la violencia antiinmigrante en Reino Unido reabren una pregunta clave: cómo la desigualdad, los algoritmos y Silicon Valley están moldeando la política global.

20 junio de 2026

La violencia antiinmigrante que volvió a sacudir a Reino Unido dejó una imagen difícil de ignorar: casas incendiadas, patrulleros atacados, barrios obreros convertidos en zonas de tensión y una palabra cargada de historia reapareciendo en el debate público: pogromo.

El término fue utilizado para describir los disturbios posteriores al brutal ataque contra Stephen Ogilvie en Belfast. 

Claire Hanna, diputada por Belfast South and Mid Down, fue aún más explícita: "Lo que estás viendo es un pogromo basado en la raza"



También advirtió que la violencia estaba siendo alimentada por "actores negativos online", una referencia directa al ecosistema digital que amplifica discursos antiinmigrantes y convierte tragedias locales en combustible político global.

En el centro de esa maquinaria aparece una figura conocida: Elon Musk.

Musk, X y el poder de amplificar el conflicto

El empresario, dueño de X, intervino activamente en la conversación pública sobre los disturbios. Mientras referentes antiinmigración como Tommy Robinson empujaban a sus seguidores a las calles, Musk replicaba, comentaba y potenciaba esos mensajes desde una plataforma de alcance global.



Robinson cuenta con unos 2 millones de seguidores en X. Musk, en cambio, supera ampliamente los 200 millones. La diferencia no es menor: cuando el hombre más rico del mundo decide intervenir en un conflicto local, el episodio deja de ser local.

La amplificación del sentimiento antiinmigrante por parte de Elon Musk en Belfast, Southampton y otros lugares no puede explicarse únicamente por la i - EE
La amplificación del sentimiento antiinmigrante por parte de Elon Musk en Belfast, Southampton y otros lugares no puede explicarse únicamente por la ideología.

En medio de la escalada, Musk escribió: "Solo protestando repetidamente y en voz alta habrá algún cambio". El mensaje fue publicado cuando la violencia ya estaba en marcha y se convirtió en una señal política. No fue un comentario aislado: formó parte de un patrón de intervención cada vez más frecuente sobre temas migratorios, culturales y de seguridad en Europa.



La pregunta de fondo es evidente: ¿por qué un magnate tecnológico de Silicon Valley dedica tiempo y poder de fuego comunicacional a alimentar la furia en barrios obreros británicos?

No todo se explica por las redes

Sería simplista atribuir la violencia únicamente a Musk, a Robinson o al algoritmo de X. Los disturbios no aparecen en el vacío. Surgen en comunidades atravesadas por problemas reales: falta de vivienda, deterioro de servicios públicos, presión sobre la salud, caída del poder adquisitivo y una sensación creciente de abandono estatal.

En Belfast, junto a una casa incendiada apareció una pintada reveladora: "casas locales para gente local". La frase resume una tensión que excede la xenofobia explícita. En muchos barrios de Reino Unido, la falta de acceso a la vivienda se transformó en un factor de resentimiento social. Y cuando ese malestar no encuentra una respuesta política eficaz, puede ser redirigido contra grupos vulnerables.



Elon Musk Twitter X - EE
¿Por qué un magnate tecnológico de Silicon Valley dedica tiempo y poder de fuego comunicacional a alimentar la furia en barrios obreros británicos?

Ese mecanismo no es nuevo. A lo largo de la historia, los sectores más frágiles de una sociedad suelen convertirse en chivos expiatorios cuando el sistema no ofrece soluciones. Lo novedoso es la escala: hoy, esa operación se acelera con redes sociales, influencers políticos y dueños de plataformas capaces de intervenir en tiempo real.

El espejo de la historia: de los pogromos al algoritmo

La palabra "pogromo" ingresó al inglés en la década de 1880, asociada a la violencia contra comunidades judías en el Imperio ruso. Tras el asesinato del zar Alejandro II, la ira social fue canalizada contra una minoría ya vulnerable. Los ataques fueron presentados como estallidos espontáneos, pero muchas veces contaron con la tolerancia o el aliento de sectores de poder.



La comparación con Belfast o con otros episodios recientes de violencia racial en Reino Unido tiene límites evidentes. No se trata del mismo contexto histórico ni político. Pero sí hay un punto de contacto: la utilización del miedo y la frustración para desplazar responsabilidades.

En la Rusia zarista, el poder buscaba preservar el viejo orden. En el presente, el fenómeno parece más complejo. Los nuevos actores tecnológicos no necesariamente quieren conservar el sistema tradicional. Muchos parecen interesados en reemplazarlo por otro: uno donde los Estados nacionales pierdan centralidad frente a individuos hiperconcentrados en riqueza, datos, infraestructura digital e influencia política.

La desigualdad como combustible político

El trasfondo económico es central. En las principales economías occidentales, millones de trabajadores sienten que el contrato social se rompió. Los salarios reales se estancaron, el precio de la vivienda se disparó y los servicios públicos se volvieron más débiles. Mientras tanto, la riqueza de los grandes magnates tecnológicos se multiplicó a una velocidad difícil de dimensionar.



Ese contraste es explosivo. En el mismo período en que amplios sectores sociales empeoraron su calidad de vida, empresarios de Silicon Valley acumularon fortunas históricas. La brecha ya no es solo económica: también es política y cultural.

Para los lectores argentinos, la dinámica resulta familiar. Cuando la economía no ofrece movilidad, cuando la vivienda se vuelve inaccesible y cuando el Estado pierde capacidad de respuesta, la frustración social busca culpables. A veces apunta contra "la casta", otras contra inmigrantes, otras contra minorías o contra cualquier grupo presentado como beneficiario de un sistema injusto.

La clave está en quién ordena ese enojo y hacia dónde lo dirige.



La doctrina de los "individuos soberanos"

Una parte del pensamiento que circula en Silicon Valley desde los años noventa ayuda a entender el fenómeno. El libro The Sovereign Individual, publicado en 1997, anticipaba que la tecnología digital transferiría poder desde los Estados nacionales hacia una pequeña élite capaz de dominar las nuevas herramientas informáticas.

Esa visión tuvo influencia en los primeros emprendedores de Internet. No planteaba simplemente una revolución tecnológica, sino una reorganización del poder global. Los ganadores serían individuos con capacidad de moverse por encima de las instituciones tradicionales. Los perdedores, en cambio, serían los trabajadores y los Estados que dependían del viejo modelo económico.

Los autores del libro anticipaban una reacción nacionalista, hostil a la globalización, al libre comercio y a la inmigración. No lo presentaban necesariamente como una advertencia, sino casi como una consecuencia inevitable de la transición hacia un nuevo orden.



Hoy, esa predicción parece adquirir una dimensión política concreta.

X, el algoritmo y la construcción del miedo

Desde que Musk compró X en 2022, la plataforma redujo de manera significativa sus mecanismos de moderación. Eso cambió el clima interno de la red social. Discursos antes contenidos por reglas más estrictas encontraron un espacio de expansión mucho mayor.

El problema no es solo qué se dice, sino qué se muestra. Cuando un usuario busca información sobre violencia en Belfast o en otras ciudades británicas, puede recibir una avalancha de videos cuidadosamente seleccionados: agresiones cometidas por personas negras o inmigrantes contra víctimas blancas. Al mismo tiempo, quedan fuera de foco otros hechos igual de graves, como ataques racistas en sentido inverso.



Ese recorte no es neutral. El algoritmo premia el miedo, la indignación y la rabia. La moderación, la complejidad y el contexto generan menos clics. En ese modelo de negocios, la polarización no es un accidente: es una ventaja competitiva.

Si alguien controla qué historias se ven y cuáles desaparecen, también puede moldear la percepción social de una crisis.

El giro político de Silicon Valley

La intervención de Musk no ocurre en soledad. En Estados Unidos, figuras cercanas al nuevo populismo tecnológico también se involucraron en la conversación europea. 



JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, reaccionó al asesinato de Henry Nowak con una frase cargada de simbolismo: "Henry Nowak murió de la misma forma en que muere una civilización".

El mensaje apuntaba contra las élites europeas, la inmigración masiva y lo que ese sector define como una política de "autoodio" occidental. La idea es potente porque ordena hechos dispersos bajo una narrativa simple: Occidente estaría en decadencia porque sus dirigentes habrían abandonado a su propia población.



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JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, reaccionó al asesinato de Henry Nowak con una frase cargada de simbolismo: "Henry Nowak murió de la misma forma en que muere una civilización".

Pero esa lectura deja algo afuera: el rol de la desigualdad, la precarización, la concentración de riqueza y el deterioro del Estado. Es más fácil culpar al inmigrante que discutir por qué las viviendas son inaccesibles, por qué los salarios no alcanzan o por qué los servicios públicos se degradan.



La verdadera batalla: quién dirige la bronca

La hipótesis más inquietante es que el apoyo de Musk a figuras antiinmigración no sea solo ideológico. También puede funcionar como una forma de desviar la atención.

El mundo que esa narrativa muestra es uno en el que los grandes beneficiarios de la globalización no son los multimillonarios tecnológicos, sino los inmigrantes que trabajan en empleos mal pagos y compiten por viviendas cada vez más caras. Es una inversión política poderosa: convierte a los sectores más vulnerables en supuestos privilegiados y desplaza el foco de quienes concentran riqueza, datos e influencia.

La furia social existe. La precariedad existe. La crisis de vivienda existe. El deterioro de los servicios públicos existe. Pero la pregunta decisiva es quién logra convertir todo eso en relato político.



En ese punto, Musk y otros líderes de Silicon Valley no son simples espectadores. Son actores con intereses, plataformas y capacidad para intervenir en la conversación global.

Una advertencia para las democracias

El caso británico ofrece una advertencia que excede a Reino Unido. Las democracias occidentales enfrentan una combinación peligrosa: desigualdad persistente, enojo social, pérdida de confianza institucional y plataformas digitales diseñadas para amplificar emociones extremas.

La respuesta no puede limitarse a denunciar tuits incendiarios. Tampoco alcanza con culpar a las redes por problemas que tienen raíces materiales. La política democrática necesita recuperar capacidad de respuesta sobre vivienda, salarios, seguridad, salud y educación.



Si no lo hace, otros actores van a ocupar ese vacío. Algunos lo harán prometiendo orden. Otros, prometiendo ruptura. Y algunos, desde Silicon Valley, intentarán empujar un mundo donde los Estados sean más débiles y los "individuos soberanos" acumulen cada vez más poder.

La disputa, entonces, no es solo por el control de una red social. Es por algo más profundo: quién gobierna la bronca en una época de malestar económico.



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