Vivimos en un mundo donde las distopías ya no son literatura, sino realidades palpables. Volodímir Zelensky es un dictador, y la visión imperial de Donald Trump sobre Groenlandia, Panamá y Canadá se presenta como la clave para garantizar la libertad y la democracia global.
Vladimir Putin, Xi Jinping y Trump se reparten el globo en esferas de influencia, como si ignoraran que un mundo tripolar es, por naturaleza, inestable. La historia demuestra que la multipolaridad de tres actores tiende inevitablemente a la destrucción de uno de ellos, porque el sistema busca el equilibrio en el bipolarismo. Así que, ¿qué podría salir mal?
La resurrección de un eje sino-soviético parece improbable. Al menos, por ahora. Pero ¿y si irrumpiera un nuevo paradigma geopolítico con alianzas inesperadas que desafiaran el orden actual?
Si en el siglo XVI Francisco I de Francia forjó una alianza con el Imperio Otomano, una potencia extraeuropea, para contrarrestar a sus rivales continentales, ¿por qué no imaginar un escenario en el que Trump diseñe un eje ruso-estadounidense? Con ello, podría repartirse el Ártico—Groenlandia incluida—sin contar con la Unión Europea. ¿Improbable? Tal vez. Pero no imposible.
¿Y qué hace nuestra región mientras tanto? Una opción viable sería adoptar la estrategia que Andrés Malamud alguna vez predijo para América Latina: la irrelevancia estratégica. Irrelevancia por razones económicas, demográficas y militares, principalmente. Estratégica porque, al menos por ahora, no es el epicentro de la disputa global por el poder.
Pero, ¿qué pasaría si los latinoamericanos optáramos por esta irrelevancia de manera deliberada, como un mecanismo de autopreservación? Podría ser una táctica sensata para la supervivencia, aunque con perspectivas a largo plazo poco alentadoras. El ostracismo tiene sus ventajas, pero también genera serias dificultades.
Si de alianzas impensadas se trata, la relación entre la Unión Europea y América Latina aún tiene un camino por recorrer. Bruselas podría inspirarse en la historia del Imperio Español: esa herencia de la hispanidad podría aportar una lección valiosa para contribuir a la estabilidad global y gestar un nuevo polo de poder euroatlántico.
Y así, en esa distopía, Sánchez es rey de España, Cristina fiscal anticorrupción y Karina, madame la secrétaire, ministra de crypto-hacienda. Si de imaginar se trata, la realidad supera con creces a la ficción.