El complejo replanteo de la democracia estadounidense

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Atilio Molteni Atilio Molteni 18-01-2021
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Por Atilio Molteni Embajador

Nadie ignora que esta vez la rutina quedará de lado. Restaurar la confiabilidad de las instituciones de la democracia estadounidense exigirá mucho más que consumar el simple y ceremonial cambio de Presidente, de partido y de plan de gobierno en los predios de la Casa Blanca. Obligará a purgar los relatos esquizofrénicos y la mayoría de los mecanismos que deja Donald Trump. Demandará gran muñeca, un buen uso del tiempo, sabiduría y enorme paciencia. También ideas claras, muy claras.

El mandatario entrante, Joe Biden, asumirá las riendas del poder con una población que acaba de ser sometida, durante cuatro años, a la dantesca polarización de la vida política, económica, social y racial del país. Le tocará pacificar a una sociedad que en parte resultó infectada por la creencia de que la fuerza política que llegó al poder mediante el voto popular, robó la elección mediante múltiples fraudes nunca demostrados. Una comunidad que vio el insólito e irracional ataque a la sede del Capitolio (el Congreso de Estados Unidos), protagonizado por una horda heterogénea que trató de impedir la certificación legislativa de los resultados de la votación efectuada el pasado 3 de noviembre, consagrados por la contundente decisión del Colegio Electoral.

Bajo esa perspectiva no es llamativo que, en horas, la Cámara de Representantes haya conseguido el necesario respaldo mayoritario para resolver un segundo pedido de destitución formal del señor Trump, quien incitó públicamente “a la insurrección” contra las autoridades del nuevo gobierno. Tal solicitud obtuvo 232 votos favorables contra 197 en contra, lo que incluyó el realineamiento de 10 miembros del partido gobernante, el republicano, quienes decidieron acompañar esta segunda propuesta de “impeachment”. Mañana, tal iniciativa comenzará a debatirse en la Cámara de Senadores, un foro que desde el miércoles 20 contará con 50 senadores de cada uno de los partidos mayoritarios.

La aceptación del juicio condenatorio contra Trump requeriría, en el caso de que todos los senadores estén presentes, 67 votos. En estas horas no es fácil predecir cuántos republicanos estarán dispuestos a abandonar, como sucedió en la Cámara Baja, a quien hasta pasado mañana al mediodía, preside el país. Aún en caso de aprobarse la medida, ésta debe seguir un largo proceso y no tendría efectos inmediatos sobre el mandatario acusado, porque ya no sería Presidente.

El objetivo del juicio sería enfatizar el carácter inconstitucional de su desempeño e inhabilitarlo para el ejercicio de futuros cargos políticos, como un intento de candidatura a Presidente en las elecciones de 2024. De concretarse la impugnación legislativa ex post de Donald Trump, el Partido Republicano se verá forzado a revisar sustancialmente sus ideas y cuadros dirigentes sin olvidar que la clara derrota que lo sacudió en 2020, no le impidió recolectar más de 74 millones de votos.

En 2016, el actual Presidente llegó a la cúspide como un líder fuerte ajeno al tradicional “establishment” político. Tuvo la perspicacia de elegir un mensaje nacionalista y populista, muy distante de la línea habitual de su partido, con el que venció en el Colegio Electoral a una candidata demócrata débil, la que fue esmerilada con una campaña auxiliar de desinformación del gobierno de Vladimir Putin.

Pero los enfoques de Trump resultaron ser, como era previsible, una delirante andanada de fuegos de artificio. Tras cuatro años de gobierno el avasallante líder es una figura altamente desprestigiada, que padece una muy difícil situación económica y fiscal en el ámbito de sus intereses personales, la casi total pérdida de respaldo de la comunidad de negocios y su exclusión de las redes sociales de comunicación.

A pesar de todo, no parece abandonado por los grupos que hacen “culto” a su personalidad e ideología. Estos sectores tratan a sus opositores políticos como enemigos y los combaten con la saña de un movimiento populista. Las agencias de seguridad no descartan que los actos de transferencia del mando sean un día de gran violencia en todo el país Biden deberá asignar gran prioridad al objetivo de detener la insurrección y crisis interna, restaurar la convivencia pacífica, la justicia racial y la expansión económica en un peligroso clima de confrontación social. La moneda está en el aire y mucho dependerá de la sagacidad política y de la eficiencia de los gobernantes que tomarán la posta.

Covid-19, economía y China

El pésimo manejo de la pandemia generada por el Covid-19 en Estados Unidos, es una prioridad absoluta de la nueva administración. El panorama es muy desalentador. El país encabeza por lejos el número de contagiados y fallecidos del planeta. Hasta ahora sólo autorizó dos vacunas y la campaña para mitigar este cuadro resulta lamentable. En lugar de tener vacunados 20 millones de estadounidenses al 1° de enero, sólo logró inocular a 3 millones.

En vista de esa realidad, Biden tendrá que acelerar equitativamente el proceso de vacunación y extender la utilización de barbijos. También se verá obligado a lidiar con la mutación y la velocidad de propagación del virus, ante un territorio en el que faltan instalaciones hospitalarias adecuadas para atender al volumen y la agudeza de los problemas que afectan a los actuales pacientes.

Es público que el mandatario saliente no entendió el alcance e importancia de la crisis sanitaria. Subestimó la necesidad de organización y cooperación nacional e internacional, al incurrir en la frivolidad de salirse en vez de reforzar la OMS.

Paralelamente, la nueva administración deberá fortalecer la actividad económica sin desatender los equilibrios básicos. Si bien la gestión Biden prepara un refuerzo de US$ 1.900.000 millones, no puede descuidar el gigantesco nivel de la deuda pública, cuyo monto equivale al 106 % del PIB y demanda ingentes fondos para el pago de intereses. Al redactarse esta columna, el Gobierno ya registra presiones complejas en el frente legislativo.

El futuro plan oficial se compone de varias partidas, una de ellas destinada a combatir la pandemia mediante la aceleración del plan de vacunas y la reapertura de las escuelas. Otra parte de los fondos se destinarían a reforzar las acciones de los gobiernos estatales (provinciales) y cubrir los ingentes déficits presupuestarios. Otra sustancial cuota se orientará a brindar estímulos a los trabajadores y sus familias, las que recibirían cheques directos por valor de US$ 1.400 adicionales. El paquete incluye partidas destinadas a brindar apoyo a las pequeñas y medianas empresas y a las comunidades especialmente afectadas por la pandemia.

El futuro Presidente aseguró que se propone crear “millones de empleos” a través de una gran inversión en infraestructura, industrialización, investigación y desarrollo. Sus lemas fueron “Imaginad el futuro: hecho en Estados Unidos, enteramente fabricado en Estados Unidos por estadounidenses”, señalando que el dinero de los contribuyentes se empleará en reconstruir el país dando continuidad a ciertos capítulos de la retórica del Gobierno saliente.

Lo cierto es que hoy nadie sabe cuál será la verdadera orientación económica de la administración Biden, nacida de una fuerza política que tiene un ala pequeña pero radical que no le hace asco al estatismo al concebir las soluciones destinadas a resolver los problemas de gran parte de la población.

Sin embargo, los observadores suponen que Biden es un ser pragmático que no va a buscar transformar la economía, sino influir gradualmente a las fuerzas políticas y económicas para realizar los cambios necesarios. Él da por seguro de que cuenta con una escasa mayoría en la Cámara de Representantes e imagina que podrá contar con los 50 senadores demócratas que desde el miércoles se desempeñarán en el Cámara Alta. Tiene los astros inclinados a su favor, pero con mayorías tenues que deberá cultivar todos los días.

El tercer gran desafío es China. El sangriento pero corto alboroto del 6 de enero puede haber plantado la idea, entre los gobernantes chinos, de que los cuatro años de la presidencia de Trump transformaron Estados Unidos en una potencia en declinación, lo que llevaría a Washington a limitar el ascenso de Beijing con mayores ejercicios de guerra comercial, las prohibiciones a las transferencias de tecnologías y atribuirle la responsabilidad por el surgimiento del Covid-19. En otras palabras, a un capítulo más educado de la “doctrina Trump”.

En cierto modo ello tiene que ver con la conversión de la anterior política de cooperación a una pública rivalidad comprensiva. Suponen que las relaciones internacionales de ese tenor originarán consecuencias globales, cuyos efectos inmediatos habrán de reflejarse en la región del Asia-Pacífico.

De hecho, Estados Unidos desplegó un creciente y gran poder militar en el área, cuyos orígenes son anteriores a la Segunda Guerra Mundial y fueron en aumento con el triunfo de la Revolución China encabezada por Mao y la Guerra de Corea, situación de predominio que se está modificando con las inversiones en defensa que viene haciendo Beijing, una movida que incluye fuertes desarrollos tecnológicos que amplían la capacidad de sus fuerzas armadas.

China tampoco está sentada sobre sus manos y despliega “poder blando”, el que se refleja en su actual capacidad económica y financiera no exenta de serios interrogantes. A pesar de ello ambos países utilizan sus ventajas comparativas, instrumentos diplomáticos, culturales, comerciales y tecnológicos. Según los especialista, el poderío de Beijing se orienta por la conjunción de autoritarismo, consumismo, ambiciones globales y tecnología, que habrán de orientar al Partido Comunista de China (PCCh) hacia la consolidación de su poder interno y la estabilidad de la sociedad, respondiendo a su hegemonía política y al “Socialismo con características chinas para una nueva era de Xi”, aprobado en el 19º Congreso y se orienta a promover el consumo tanto en el país como en el exterior y a seguir desarrollando tecnología de avanzada china.

Los sus calificados candidatos elegidos por Biden para manejar los puestos estratégicos de la política exterior, dieron señales de que se proponen organizar una estrategia bipartidaria para competir con China y llegar a un acuerdo político consensuado para tratar con Beijing, con la colaboración de sus aliados europeos y asiáticos. Por lo pronto Washington intentará aumentar su diálogo de seguridad con Japón, India y Australia para evitar los posibles conflictos en distintas áreas del Asia-Pacífico, donde la rivalidad es creciente, en especial en el área del Mar Oriental y en el Mar del Sur de la China y Taiwán, un paquete que agrava las asignaturas pendientes con Corea del Norte.

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