Futuro

Kulfas alerta: "La Argentina camina por la banquina, y no por un sendero de desarrollo"

De la mano de Siglo XXI, el economista y exministro de Desarrollo Productivo lanza un nuevo libro que se posiciona como una de las novedades editoriales destacadas del mes de junio.

Kulfas
Kulfas .
2 junio de 2025

En un escenario global de profunda transformación, donde las tensiones geopolíticas se intensifican, el proteccionismo resurge, el rol del Estado vuelve al centro del debate, y la crisis climática y la revolución tecnológica parecen amenazar el trabajo tal como lo conocemos; el nuevo libro del economista Matías Kulfas desentraña cómo estas dinámicas cierran o abren inéditas posibilidades de desarrollo, actualizando una pregunta clave: ¿qué lugar puede encontrar Argentina en esta globalización en constante mutación?

A continuación un fragmento del capítulo "La Argentina, entre el sendero y la banquina"

Las perspectivas expuestas despliegan un manto de escepticismo respecto a las posibilidades argentinas de convertirse en un país desarrollado. Si nos atenemos a los movimientos geopolíticos, observamos que ninguna potencia posee un interés relevante por la Argentina (ni por ningún país de la región) para esperar de ella una carta de invitación. En términos de Schenoni y Malamud (2021), nuestro país -al igual que nuestros vecinos- no representa ni una gran oportunidad ni una amenaza.

Pero las tendencias geopolíticas han cambiado y abren nuevos interrogantes y desafíos. La inclinación por el nearshoring podría realinear las cadenas productivas regionales. El crecimiento de China y su consolidación como potencia industrial y tecnológica podría generar mayores complementariedades con nuestro país. ¿Qué implicaría para la Argentina una alianza con China a través del Mercosur? ¿Cómo se posicionarían los Estados Unidos y la Unión Europea? ¿Cuál es el peso del Mercosur en este escenario potencial?



 Javier Milei junto a Xi Jinping, presidente de la República Popular China, en el G20.

Por una parte, los avances de China en la carrera tecnológica son vertiginosos, la posicionan como líder en algunos segmentos estratégicos, como la movilidad sustentable y las industrias verdes. La Argentina podría ser una economía complementaria y utilizar a su favor la disponibilidad de recursos naturales, alimentos, energía y minerales para negociar la radicación de proyectos industriales y obras de infraestructura. Cierto es que hasta el momento no hay muchos antecedentes favorables al respecto: el desarrollo chino ha mostrado poca complementariedad y su posicionamiento se ha parecido más al modelo clásico centro-periferia de Prebisch. Pero ello no quita que sea posible repensar y replantear el tipo de relación sosteniendo una postura más firme y pragmática.

Por otra parte, los Estados Unidos también están interesados en recuperar su liderazgo en ramas estratégicas, pero históricamente han tenido poca complementariedad con la Argentina. Debido a su estrategia con sus propios recursos naturales, el interés en desarrollar la industria en forma complementaria con nuestro país ha sido muy limitado. Esto no es nuevo: en las décadas de 1920 y 1930 la Argentina padeció las consecuencias del desplazamiento de la hegemonía mundial desde Gran Bretaña hacia los Estados Unidos, país que se autoabastece, a diferencia de Gran Bretaña que era un gran comprador de productos argentinos.



El Presidente Milei se reunió con su par de los Estados Unidos, Donald Trump  | Argentina.gob.ar
El presidente Javier Milei en un encuentro con Donald Trump. 

El avance internacional de China es motivo de preocupación para los líderes occidentales, y ello abre nuevas cartas de negociación. La Unión Europea es una región madura y desarrollada, con bajas tasas de crecimiento y dificultades para pensar en proyectos productivos conjuntos a escala y, menos aún, en una fuerte expansión del comercio bilateral. Pero también parece preocupada por su futuro lugar en el desarrollo tecnológico; en su agenda, se presentan nuevas estrategias de inversiones, como Global Gateway, que busca recuperar la iniciativa en inversiones en África y América Latina.

Estas tensiones geopolíticas pueden ser vistas como una oportunidad para negociar mejores alternativas. Ello no significa alinearse con ninguna gran potencia, ni las tradicionales ni las emergentes, por razones ideológicas o culturales, sino buscar en cuál opción o combinación de alternativas es posible encontrar mayores flujos de inversión productiva y comercio internacional.



Asimismo, es importante destacar el inconcluso proyecto de integración regional, un salto que resulta necesario para asumir las dimensiones geopolíticas y la construcción de políticas públicas para el desarrollo, fortalecer la posición negociadora en el ámbito internacional y ampliar la escala de los mercados. La historia reciente no acompaña estas premisas, pero no deja de tener sustento: en un mundo de cadenas de valor más cortas, la posibilidad de estructurar proyectos productivos complementarios en la región, sobre todo con Brasil y Chile, abre nuevas oportunidades.

Desde el punto de vista de las políticas para el desarrollo, la Argentina ha tenido dificultades para constituir un Estado desarrollista sólido, estable y creíble. Pudo lograr éxitos parciales en algunas áreas, como programas de energía nuclear, industria satelital, proyectos productivos en insumos de uso difundido (siderurgia, aluminio, petroquímica) y energía, pero su desarrollo se ha visto condicionado por una importante volatilidad política e institucional, agravada por la ya mencionada dinámica pendular que describiera Diamand (1983). 

La falta de consistencia y continuidad de las políticas productivas y tecnológicas, empeorada por la inestabilidad macroeconómica, explican en buena medida que la Argentina haya caminado por la banquina y no por un sendero de desarrollo.



Portada del nuevo libro de Matías Kulfas publicado por Siglo XXI.

Un rasgo fundamental del tránsito al desarrollo es la planificación. Claro está: planificación no es sinónimo de Estado soviético, que sería una forma particular de extrema centralización. En la mayoría de los casos se trata de la edificación de un Estado que coordina acciones con el sector privado para modificar la estructura productiva, orientar la estrategia de desarrollo y ampliar las infraestructuras y alcances institucionales. Está claro que la planificación requiere, por un lado, estabilidad política para que las reglas de funcionamiento permitan madurar los procesos de inversión pública y privada sin constantes alteraciones. Esa estabilidad se obtiene o bien con hegemonías políticas, a partir de sectores que logren una alta concentración de recursos y su sostenibilidad en el tiempo (en un extremo, con gobiernos no democráticos) o con acuerdos políticos que faciliten la estabilidad de los principales resortes institucionales, más allá de la alternancia inherente a la vida democrática. 

En el caso de la Argentina, huelga decirlo, ha sido difícil sostener dicha estabilidad, y en consecuencia ha primado la dinámica pendular.



Asimismo, la planificación requiere estabilidad macroeconómica, entendida como la posibilidad de generar crecimiento con menor exposición a shocks internos, externos e institucionales. La Argentina ha tenido serias dificultades para garantizar esta estabilidad. Desde mediados de la década de 1970 tuvo sucesivas crisis macroeconómicas que mermaron la credibilidad de su propia moneda y terminaron de consolidar un patrón bimonetario que persiste hasta el presente. Nuestros vecinos -Chile, Brasil, Bolivia o Perú- también tuvieron crisis inflacionarias en la década de 1980 y comienzos de los noventa, pero las pudieron resolver y han logrado, no sin dificultades, transitar un sendero de estabilidad macroeconómica. La Argentina, incluso en la década de 1990, cuando experimentó una estabilización que derrumbó los índices de inflación, no logró salir de un esquema bimonetario.

"Argentina, incluso en la década de 1990, cuando experimentó una estabilización que derrumbó los índices de inflación, no logró salir de un esquema bimonetario", sostiene Kulfas en su nuevo libro.

En la actualidad, el país ha vuelto a transitar por debates ideologizados y poco constructivos. La corriente liberal-libertaria insiste en postular la causalidad entre libertad económica y desarrollo, con el precepto de que la eliminación de la injerencia estatal en la economía y la reducción de la presión impositiva permitirían desplegar las fuerzas del mercado y la iniciativa privada. 



No es la primera vez que la Argentina cae en esta dinámica, ya vivió tres experiencias similares (1976-1983, 1991-2001 y 2015-2019) con los mismos resultados: sobreendeudamiento estatal, caída de la producción industrial y crisis en el mercado laboral. Incluso cuando se utilizan ejemplos de otros países muy diferentes, como el caso de Irlanda, que se benefició de la integración con la Unión Europea como proveedor de servicios tecnológicos, se ignora el papel estatal en la promoción de dicha actividad. Desde luego, el mercado y la inversión privada son aspectos cruciales para el desarrollo, pero la experiencia muestra que el Estado tiene un papel muy relevante, tanto en los casos asiáticos analizados, como en Europa, donde desempeñó un rol clave en la conducción del proceso de integración.

En el otro extremo del espectro político existe una profunda desconfianza en el sector empresario y una fe desmedida en el papel estatal, cuando las mejores experiencias muestran un papel concurrente: un Estado que coordina e incentiva el proceso de desarrollo y un sector privado activo en la inversión para ampliar la matriz productiva.

En resumen, las experiencias recientes de desarrollo muestran lo necesario que es construir un Estado desarrollista pragmático que se concentre particularmente en el desarrollo de sectores de alta tecnología y en favorecer una reconversión industrial que modernice sectores tradicionales. La Argentina no está inhabilitada a transitar por ese camino. 



El establecimiento de relaciones internacionales más pragmáticas y la edificación de un Estado desarrollista (también pragmático) en un marco macroeconómico más estable aumentarían considerablemente las chances de transitar hacia el desarrollo.

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