Para entender lo que pasó en Argentina durante 2024 hay que mirar hacia el 2023, cuando en un contexto de escasez brutal de divisas por la sequía, sin acceso al crédito externo y sin divisas, lejos de aumentar el dólar para incentivar las exportaciones y penalizar las importaciones, el entonces ministro Sergio Massa atrasó el tipo de cambio real 10% para ganar las elecciones, en un espectacular plan platita.
La negligente señal del precio más importante de la economía incentivó las importaciones haciendo que el Banco Central vendiera incluso las reservas que no eran de su propiedad, vaciando los encajes de los depósitos de particulares y empresas.
Ya sin divisas, se aceleró la presión creando condiciones para una asignación corrupta de los permisos de importación, que caían mes a mes para terminar diciembre con una baja del 15% en las importaciones y un derrumbe del 87% en los pagos: se importaba menos y no se pagaban esas importaciones.
De modo que el nuevo Gobierno asumió sin dólares y con el sistema de pagos externos roto; o sea: en un virtual corralito y sin que se pudiera importar nada para producir.
La segunda bomba estaba más lejos: la reestructuración de deuda de Martín Guzmán en realidad lo único que aseguró fue que su Gobierno no pagara un solo dólar, empujando el elefante de vencimientos hacia el próximo mandato.
Así las cosas, el país enfrentaba un desafío que explica la obsesión del presidente por el frente fiscal. A menos que el riesgo país bajara de los 600 puntos antes de fin de año, no podría hacer frente a los US$ 12.000 de vencimientos con privados que se concentran en el primer semestre del 2025. Era demoler el riego país, reestructuración o default, pero claro, habiendo salido del canje reciente con una tasa del 11%, era difícil ese camino y por eso el plan del Gobierno tenía el ambicioso y único objetivo del superávit.

Para fortuna de Milei, Papá Noel llegó con una licuadora que, devaluación mediante, produjo una hiperinflación con precios corriendo en diciembre a una velocidad anualizada del 1350% que, en dos meses, derritió el 40% del gasto público sin que siquiera se hubiera prendido la motosierra.
El economista Nadín Argañaraz acaba de demostrar que aunque la potencia de la licuadora fue bajando a lo largo del año y sobre todo desde la nueva fórmula jubilatoria de abril, la motosierra compensó parcialmente y transcurridos 11 meses mantiene un ajuste real del 28% en las erogaciones, permitiendo que la economía tenga por primera vez, desde 2007, superávit financiero.
Sin esa licuadora todavía tendríamos déficit fiscal porque la combinación de reducción de subsidios, freno de la obra pública y corte de transferencias a provincias, aportó el 41% del ajuste, en línea con lo que muchos privados habían estimado
Programa monetario insuficiente
Milei no dolarizó, ni salió del cepo y lejos de independizar el Banco Central, se jacta de haberlo coordinado con Hacienda. Es habitual que el ministro de economía y el presidente de la entidad monetaria se muestren juntos en la oficina de Luis Caputo o junto con el mismo presidente de la Nación.
El plan de estabilización tiene una clara pata fiscal y un ancla cambiario dado por la regla de crawling del 2% mensual al que corre el dólar oficial. Sin embargo, no hay ningún mecanismo de coordinación de expectativas, ni anuncio de objetivos inflacionarios que puedan dar indicios a los formadores de precios (nótese que a propósito no usamos la palabra "meta").
Incluso la comunicación pública es confusa respecto del modelo monetario subyacente porque mientras que el jefe de gabinete asegura que la cantidad de dinero crece para satisfacer la demanda en aumento de moneda local, Caputo se jacta de que está dejando a la economía sin pesos y que los agentes deben vender dólares para poder pagar los impuestos; uno tiene un modelo de dinero endógeno en la cabeza y el otro de fijación de agregados.
La consecuencia es que los precios frenan su velocidad, pero lo hacen de prepo, luego que los vendedores fracasan en su intención de colocar sus mercaderías a valores más altos, causando una caída más grande e innecesaria en el nivel de actividad, tal y como acaba de mostrar el colega Emilio Ocampo en sendos tuits en los que comparó la evolución del programa actual con la de otros grandes planes de estabilización del país y la región.
El modelo responde bien en materia de desinflación, pero está entre los peores respecto a la contracción del PIB.
La construcción del consenso de estabilidad
Argentina fue pionera en la construcción del consenso democrático que luego exportó al resto de América Latina durante los 80s, pero sin embargo nunca pudo alcanzar el acuerdo macroeconómico fundamental al que arribaron casi todos los latinos, con la excepción de Venezuela.
En su primer año de gobierno, Milei demostró más destreza política que la que se le había pronosticado. Honrando la memoria del radical Baglini, pactó desde con el PRO, hasta con los kirchneristas de Catamarca, comiéndose como un pac man a los peronistas del norte y formando su gabinete con muy pocos libertarios.
Abrió las sesiones del Congreso prometiendo Ficha Limpia y reforma sindical, pero cerró el año parlamentario pactando con los sindicatos y vaciando la sesión en la que se iba a aprobar la ley que prohibía ser candidatos a los corruptos con sentencia de segunda instancia.
Esa metodología política fue indudablemente efectiva: le permitió sancionar todas las leyes que quiso y vetar las que no le gustaron.

El presidente tiene la enorme responsabilidad de llevar al país hacia el puerto de la estabilidad que ya consiguieron Chile, Colombia, Perú, Brasil, Uruguay y Paraguay para que, sin importar si gobierna la derecha o la izquierda, sepamos que no volverá la inflación, que funcionará el sistema de precios y que no tendremos una crisis macroeconómica cada cinco años.