Negociación

El acuerdo con el FMI: esperando la fumata blanca

Las negociaciones entre técnicos del Gobierno y del organismo parecen haber cobrado nueva vida

El acuerdo con el FMI: esperando la fumata blanca
Héctor Rubini Héctor Rubini 06-12-2021
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El año político está ya terminado. El viernes asumirán los diputados y senadores electos, y será el “nuevo” Congreso el que aprobará o no la demorada ley de Presupuesto 2022, el todavía inexistente “plan” plurianual del Ejecutivo y el demorado ajuste con el FMI. Las negociaciones entre técnicos del Gobierno y del organismo parecen haber cobrado nueva vida, pero no es claro que la tarea esté terminada antes de fin de mes.

Algunos movimientos de los últimos días sugieren que habría “fumata blanca” recién en enero o después. Todo es posible, pero también hay cambios en el FMI.

Uno, anunciado el pasado 13 de septiembre, es el hace varios meses: la asunción del brasileño Ilan Goldfajn como nuevo Director del Departamento del Hemisferio Occidental del organismo el próximo 3 de enero. Será el responsable ante el “board” del FMI de la aprobación del acuerdo con Argentina y de su monitoreo. El otro, sorpresivo, el anuncio oficial del pasado jueves, de la economista india Gita Gopinath como primera Subdirectora Gerente del organismo (la N° 2, en reemplazo de Geoffrey Okamoto) a partir del próximo 22 de enero.

Gopinath es la economista jefe del organismo desde enero de 2019 y había anunciado su retorno a su cargo académico en Harvard para el próximo mes. Un anuncio que hizo público una semana después de que el Directorio del FMI decidiera mantener a Georgieva como Directora Gerente luego del lapidario dictamen de la investigación del Banco Mundial sobre el rol de la economista búlgara en la manipulación de los rankings del reporte “Doing Business” para favorecer a China y Arabia Saudita, y perjudicar a Chile.

Llamó la atención la decisión de Gopinath (y el momento elegido), de la misma forma que el anuncio por boca de la propia Georgieva, de que la economista india será la N° 2 del organismo a partir del mes próximo. ¿Quién propuso a Gopinath? ¿Cómo lograron que en menos de dos meses optara por el FMI en lugar de Harvard? ¿Será la “guardiana” de Georgieva, o la verdadera N°1? Respecto de Argentina, ¿una futura enemiga como en gran medida lo fue su compatriota Anoop Singh en 2002-2003? Habrá que esperar?

Para el Gobierno de Argentina no cambia nada. El encumbramiento de dos economistas extremadamente rigurosos, en la plenitud de sus carreras profesionales y sin incentivos a arruinarlas, indica que no será factible ningún acuerdo con ninguna fisura técnica ni márgenes para desvíos populistas, o préstamos extravagantes como el recibido en 2018 y 2019.

La incertidumbre interna y el cúmulo de críticas que viene recibiendo la conducción económica en los últimos meses parecía calmarse luego de la elección de medio término, pero las decisiones del BCRA dos jueves atrás, y la pésima comunicación oficial han colocado a la economía argentina sobre una suerte de crisis de balanza de pagos en cámara lenta.

La circulación de rumores falsos sobre la confiscación de depósitos en dólares y de divisas en cajas de seguridad fueron más creíbles que los mensajes oficiales, síntoma inequívoco de una extrema desconfianza que se ve reavivada por recurrentes rumores sobre una devaluación del peso.

El Gobierno apuesta a una calma de las expectativas a partir de la segunda quincena de diciembre, y así ganar tiempo para negociar sin turbulencias mayores. Habrá que ver si esa esperada calma lograra consolidarse y revertir la persistente salida de dólares del sistema bancario y del BCRA.

El Gobierno podría cerrar el año con un déficit fiscal primario en torno del 3% o 3,5% del PIB y un déficit fiscal total del 5%. El saldo de la cuenta corriente de la balanza de pagos cerraría por segundo año con saldo positivo, aunque nada hace suponer que sea realmente sostenible. La actividad retornaría ya al nivel prepandemia, que es el poscrisis cambiaria 2018-19, con inflación anual tendiendo a afirmarse a a niveles superiores al 50%, riesgo país en torno de 2.000 puntos básicos y una tasa de inversión en torno de 14% del PIB, no muy lejos del umbral mínimo requerido para simplemente reponer el capital físico preexistente.

Aun con reprogramación de pagos a futuro, es probable que el potencial acuerdo contemple algunos créditos adicionales del FMI a devolver en el mediano-largo plazo, pero eso exige el compromiso con políticas coherentes con un desempeño macro que asegure la devolución del megapréstamo de 2018-2019 sin incurrir en otro festival de endeudamiento público externo.

No será factible convencer al FMI si se insiste con producir prioritariamente para el mercado interno, y sustituyendo los mecanismos de mercado por una maquinaria de distribución discrecional de subsidios cuya contrapartida es el aumento de la deuda interna (del Tesoro y del BCRA) y de la emisión monetaria.

Bajo estas condiciones, a la corta o a la larga se termina defaulteando la deuda con el FMI, con otros organismos y con los tenedores de la deuda reestructurada hace apenas un año atrás. Que la primade riesgo país hoy se encuentre en torno de 2.000 puntos básciso no es casualidad. Y que el FMI rechace un “modelo” que conduce a la pobreza permanente y al impago externo es más que obvio.

Pasar de una economía corporativista, de dádivas, favores, y manipulación electoralista a una economía que pueda crecer y con capacidad de repago es el núcleo de la negociación. Qué ajustes aceptará el actual equipo económico, es hoy una incógnita. Si el FMI u otros organismos proveerán compensaciones también. Pero es difícil imaginar para al menos 10 años algún compromiso creíble para atar a futuros gobiernos a un tipo rígido de política económica (sea el estatismo actual o el libremercadismo de los '90).

Y también como iniciar esa “larga marcha”. Crecer, exportar, revertir la postración actual y pagar los compromisos externos exige converger a números como los que observábamos entre 2003 y 2007: crecimiento del PIB promedio anual de 8,8%, inflación promedio anual de 12,8%, inversión bruta fija/PBI superior al 17%, superávit fiscal (total) entre 1% y 3% del PIB, riesgo país promedio anual de 537 puntos básicos.

Algo difícil de alcanzar en un mundo hoy lejos del gran empuje de la demanda mundial de commodities de esos años, que llevó al precio promedio anual de la tonelada de soja de U$S 299 (2003-07) a U$S 483 (2008-11), y luego a $ 506 (2012-15). Mucho más si en el actual mapa geopolítico mundial se opta por privilegiar los vínculos con Venezuela, Nicaragua, China y Rusia.

Georgieva dijo el viernes que “hay mucho por hacer” antes de llegar un acuerdo entre el FMI y Argentina. Habrá que ver si también “hay mucho tiempo para esperar”. Un tiempo en el que el Gobierno deberá definir, entre otras cosas, si seguirá con el actual “sistema” de controles de precios, de cambios, de capitales, de mercados, si va a ajustar las tarifas para arriba, cómo va a administrar a futuro los subsidios sectoriales y asignaciones diversas, y qué hará con el creciente pasivo de letras y pases del BCRA, y varios otros temas más.

Algo que, además de  proyecciones numéricas, exige compromisos factibles para los cuales el primero que deberá mostrar credibilidad y coherencia es el propio Gobierno.

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