Por Francisco Resnicoff (*) y Horacio Augusto Pereira (**)
Buena parte del debate sobre el modelo de inserción internacional de nuestro país se estructura alrededor de una disyuntiva equivocada. En lugar de discutir si China sí o China no, deberíamos preguntarnos cómo utilizar el creciente interés global por nuestros recursos para promover una inserción internacional más sofisticada.
El mundo cambió. El ascenso de China y la rivalidad estratégica con Estados Unidos genera tensiones geopolíticas y cambios en los modelos productivos. La distinción entre seguridad y el comercio se vuelve borrosa, un fenómeno conocido como “securitización” (o “weaponization”) de la agenda económica global.
En este nuevo contexto, los países buscan garantizar el abastecimiento regular y confiable de productos considerados estratégicos. La prioridad es reducir vulnerabilidades, no maximizar la eficacia de cadenas de valor.
En esta transición del “just in time” al “just in case”, conceptos como fragmentación del comercio, proteccionismo, esferas de influencia, resiliencia, friendshoring y diversificación ganan relevancia en la discusión pública.
Es un mundo más complejo, pero no necesariamente adverso. Muy por el contrario, entramos en una etapa que da a Argentina (y América del Sur en general) una “nueva centralidad”. Depende de nosotros aprovechar esa oportunidad para ponerla al servicio de la agenda de desarrollo.
La región concentra activos cada vez más valiosos: alimentos, energía, litio, cobre y recursos naturales críticos para la transición energética y la seguridad alimentaria global. Europa cerró finalmente el acuerdo con MERCOSUR (en rigor, el pilar comercial del acuerdo entró en vigor de manera provisional), Estados Unidos firmó un acuerdo de comercio e inversiones con nuestro país al tiempo que intenta direccionar recursos para reducir dependencias estratégicas, Japón y Canadá anuncian su voluntad de avanzar en negociaciones con nuestro bloque, y China continúa siendo un comprador estructural de buena parte de la producción regional.
La pregunta entonces aparece sola. Si todos nos necesitan, ¿por qué no usar esa posición como herramienta de negociación?
China ya es el segundo socio comercial del país, detrás de Brasil. A menudo suele señalarse el elevado y persistente déficit comercial como prueba de una relación inevitablemente asimétrica, sin reparar en que países como Brasil, Chile, Perú o Uruguay registran superávits (en el caso de los tres primeros, significativos).
Una segunda objeción está relacionada con la composición de las exportaciones. Es cierto que, en términos generales, China compra materias primas y vende manufacturas. Para el caso argentino, el 98% de nuestras ventas son commodities. Pero la discusión suele simplificarse.
Primero, ninguno de nuestros países está en condiciones de resignar un sólo dólar de exportaciones. En 2025, Brasil exportó a China cerca de US$ 100.000 millones; Chile US$ 40.000. Argentina no llegó a los US$ 10.000 millones. Puestos a elegir, hay que exportarles más, no menos.
Segundo, podemos usar esa relevancia estratégica, que hoy se traduce en productos primarios, para atraer inversiones y exportar productos con mayor grado de diferenciación.
La experiencia regional muestra que la relación con China depende al menos en parte de las estrategias y políticas de desarrollo productivo que adopten los diferentes países. Chile firmó un tratado de libre comercio con China en 2005 y posteriormente lo amplió y profundizó. Australia siguió un camino parecido. Ambos lograron condiciones de acceso preferencial para productos diferenciados.
Chile, por ejemplo, no sólo exporta commodities. También salmón, vinos y cerezas frescas. BYD está invirtiendo más de US$ 5.000 millones en Brasil, su proyecto más grande fuera de Asia. Nada de esto sería imaginable sin una sólida relación comercial previa, a su vez producto de la alta complementariedad entre las respectivas economías.

Alguien podría argumentar que pecamos de ingenuos. Que esos acuerdos se lograron en un contexto que hoy ya no existe, en el que la expansión de China reforzaba un orden global apoyado por Estados Unidos. Y que hoy estamos en un mundo en el que cualquier insinuación de que China (o, para el caso, otro país) gana preeminencia en un mercado considerado estratégico será bloqueada por Estados Unidos.
¿Puede Argentina profundizar sus vínculos comerciales con otros países (incluyendo a China) y al mismo tiempo convertirse en un proveedor confiable para Estados Unidos? ¿Puede diversificar su estrategia de integración con China y otros mercados sin arriesgar una reacción de su rival geopolítico?
La respuesta es bastante menos dramática de lo que suele plantearse. La verdad es que muchos países hacen exactamente eso. Lo ingenuo sería pensar que la mejor solución posible sería alinearnos con uno u otro. Australia es aliado estratégico de Estados Unidos y mantiene profundos vínculos políticos y militares con Occidente. Sin embargo, China continúa siendo uno de sus principales socios comerciales. Chile posee acuerdos con China, Estados Unidos y Europa. Brasil integra los BRICS y sostiene relaciones simultáneas y saludables con Estados Unidos y con Beijing. Vietnam profundiza relaciones económicas con Washington mientras mantiene enormes vínculos productivos con China.
- Todos estos países buscan que su política exterior amplíe la frontera de desarrollo futuro. En ningún caso estructuran su política exterior alrededor de una lógica binaria de alineamientos absolutos.
Orientaciones de este tipo han recibido nombres diversos. En aras de simplificar, podemos referirnos a ellas como estrategias de “compromiso selectivo”, consistentes promover diferentes coaliciones para distintas agendas a partir de valores e intereses compartidos. Una combinación virtuosa de pragmatismo y compromiso con valores fundamentales.
Un ejemplo reciente de esta lógica fue el discurso de Mark Carney en Davos en enero de este año. En su ya célebre intervención, Carney argumentó que, en un mundo más complejo, países como Canadá deben adoptar estrategias de reducción de riesgos. Para resistir la presión de la competencia hegemónica, puso el foco en dos elementos centrales: diversificar hacia afuera y fortalecer hacia adentro.
Argentina haría bien en adoptar una posición similar. En materia de diversificación, cuanto más importante sea Argentina como proveedor de alimentos, energía y minerales críticos de distintos mercados, mayor capacidad de negociación podría tener frente a China. Y cuanto más relevante sea China como mercado para nuestras exportaciones de commodities, mayor margen existirá para negociar mejores condiciones en productos diferenciados. No necesariamente existe una contradicción entre ser proveedor confiable para Occidente y construir una relación más inteligente con Beijing.
Si ello se materializa o no en un tratado de libre comercio integral entre MERCOSUR y China es poco relevante. Se trata más bien de construir un vínculo maduro para discutir desde una mejor posición los temas relevantes de la relación económica bilateral: el déficit comercial, la exportación de “ahorro chino” en la forma de productos subsidiados, protocolos sanitarios, acuerdos sectoriales, cooperación tecnológica, inversiones vinculadas al desarrollo de proveedores y esquemas de integración productiva, entre otros.
La estrategia de diversificación va de la mano del fortalecimiento de la economía doméstica. Los recursos, por sí solos, no generan desarrollo. Australia, Chile, inclusive Brasil intentan usar los recursos naturales como base para desarrollar proveedores, construir capacidades exportadoras y promover empresas y sectores capaces de aprovechar oportunidades externas. Estos países no tuvieron resultados positivos simplemente porque comerciaron con China. Los obtuvieron porque negociaron desde una estrategia nacional.
Todo ello requiere fortalecer las capacidades estatales. Argentina debe reducir los riesgos de policy reversal, en un contexto donde los sectores y tecnologías considerados "sensibles" a la securitización tienden a expandirse. Nuestros potenciales socios buscan acceder a recursos estratégicos, sí. Pero también buscan contrapartes confiables. Sin compromisos sostenibles para promover la diversificación de socios y la sofisticación de nuestra estructura productiva, Argentina difícilmente pueda capitalizar su nueva centralidad.
La discusión deja, entonces, de ser China sí o China no. La verdadera pregunta es si vamos a limitarnos a vender commodities o si utilizaremos esos activos para negociar mejores condiciones de acceso, diversificar exportaciones y construir una inserción internacional más inteligente con el resto del mundo.
(*) Director Ejecutivo de Movimiento al Desarrollo
(**) Investigador Senior del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones (CIG) de la Universidad Austral