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Opinión

De esperanzas a frustraciones

Preocupa una potencial implosión macroeconómica cuando asuma la próxima gestión.

La inflación es solo un ejemplo de esa corrosiva combinación de ansiedad y frustración que caracteriza a la sociedad.
La inflación es solo un ejemplo de esa corrosiva combinación de ansiedad y frustración que caracteriza a la sociedad.
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Del contado con liquidación en $350 a hoy (con un valor cercano a los $300) parecería que por lo menos la implosión cambiaria se habría calmado (al menos hasta ahora). Hay una notable diferencia entre la Argentina del corto plazo (definida hasta las elecciones del 2023) y la del largo plazo (definida desde enero 2024). Más allá de una crisis inmediata en 2022 o 2023 (y de la capacidad de la actual gestión en manejarla), preocupa una potencial implosión macroeconómica cuando asuma la próxima gestión. 

El año crítico probablemente será el 2024, no el 2022 ni el 2023. A juzgar por nuestra historia, no parecería que los acontecimientos que se observan sean distintos a otros puntos de tensión monetaria y cambiaria de nuestro pasado reciente. 

Ahora sí es cierto que el deterioro actual de nuestro sistema económico es notable en todos los frentes posibles.

La dinámica electoral en Argentina es probablemente única en el mundo y siempre se intenta pasar las correcciones al próximo por urgentes que sean y más allá del nivel de deterioro que exista. Entonces, la ansiedad y la falta de memoria permiten que un Gobierno que deja una situación económica altamente compleja pueda volver en las encuestas muy rápidamente si es que le entrega al que sigue un sendero lo suficientemente complicado. En tal sentido, el 2022 no pareciera ser distinto al 2019 o al 2015. La esperanza por el “próximo” se transforma rápidamente a “frustración” ante una sociedad que necesita comprender que los excesos llevan años de corrección y muchos más de gestación.

Así nos encontramos en la actualidad. Septiembre de 2022, con un 2023 que está a la vuelta de la esquina y que promete ser fuerte en términos electorales. Ante esta realidad (y con lo deterioradas que se encuentran las principales variables económicas), el modelo actual está agotado y solo genera costos de mantenimiento. Se hace indispensable un cambio rotundo. Algo fácil decirlo, pero complejo de implementarlo debido a los enormes costos políticos asociados y que, por lo tanto, intentarán ser eludidos.

Así venimos oscilando sin poder resolver temas que otras sociedades han solucionado para siempre, como por ejemplo, la inflación. Llevamos 100 años de inflación casi ininterrumpida y aun el debate es si emitir dinero presiona o no sobre el sistema de precios. La inflación es solo un ejemplo de esa corrosiva combinación de ansiedad y frustración que caracteriza a la sociedad.

De esta forma, la “estabilidad de hoy” se celebra para una nación que esconde todos sus problemas debajo de una alfombra. Alfombra a la cual ya no le queda ningún espacio disponible. Por ello, cuando surge la pregunta... ¿Cómo será entonces el 2024? Una respuesta apropiada sería decir igual que el 2010, 2011, 2012, 2013, 2014... 2019, 2020, 2021, 2022 y 2023. El final es siempre el mismo y el transcurso de la película también. Nos reciclamos permanentemente en torno a los mismos e idénticos problemas de siempre.

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