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Proyectos de vida para erradicar la pobreza estructural

17 agosto de 2016

por Jorge Colina (Instituto para el Desarrollo Social Argentino)

La pobreza estructural es aquella que trasciende al ciclo económico. la forman personas que son pobres tanto en fases expansivas como contractivas de la economía. Las causas son las débiles capacidades para generar sus propios medios de sostenibilidad y progreso. De aquí que, además de exiguos ingresos, esta pobreza viene asociada con exclusión permanente de accesos básicos a educación, salud, vivienda, infraestructura urbana, medioambiente apropiado y seguridad física.

Entablar un proceso de desarrollo social implica necesariamente disminuir esta pobreza. Para ello se necesitan muchas y muy articuladas políticas públicas. Siendo tantas, una forma de enfrentar el desafío es tener presente tres datos de la realidad.

El primero es que Argentina no es un país pobre sino de ingresos medios. La segunda es que Argentina tiene una importante asignación de gasto social, estimándose en no menos del 20% del PIB lo que el Estado vuelca a jubilaciones, transferencias monetarias, educación, salud, vivienda e infraestructura urbana. La tercera es que la Argentina tiene 25 millones de personas en edad de trabajar (producir) pero sólo la mitad tiene un empleo formal mientras la otra mitad son informales, desempleados o inactivos (personas que, teniendo edad para trabajar, no lo hace ni busca trabajo). Extremando la simplificación, esto implica que hay una mitad de personas que generan ingresos razonables, que son los formales y otra mitad que genera bajos ingresos o directamente no los genera. El objetivo, entonces, es lograr que esta mitad de gente en edad de emplearse, y con problemas laborales, pueda trabajar percibiendo remuneraciones razonables. Para ello hay que utilizar el actual gasto público social de manera más enfocada a sus necesidades.

En este sentido, para que esta gente pueda conseguir empleo con remuneraciones razonables hay que elevar su productividad. Ello se logra con más inversiones de las empresas a fin de multiplicar los puestos de trabajo bien pagos, con más educación básica para facilitar el acceso de la gente a estos puestos de trabajo y con más entrenamiento y formación para el trabajo para que la gente pueda prosperar en sus empleos.

La eficiencia y la calidad del gasto público social debe apuntar a la universalidad de la educación básica y a las conductas reproductivas responsables de forma tal que los jóvenes, en particular las mujeres, tiendan a seguir la secuencia de vida que sigue la clase media, es decir, concluir la educación básica, incorporarse al mercado laboral en un empleo de razonable calidad, independizarse y establecer una relación de pareja voluntaria y planificada para a partir de allí formar una nueva familia.

Obviamente que estudiar, trabajar y tener hijos son decisiones de un proyecto de vida que le pertenece a cada individuo. Pero es materia de política pública. Sin limitar la libertad para elegir el proyecto de vida que cada uno quiera, no hay que perder de vista la contribución que al desarrollo social hace promover entre los jóvenes aquellos proyectos que le permiten generar sus capacidades de autosostenibilidad económica y progreso. Por eso, cuando se habla de erradicar la pobreza estructural, no sólo hay que pedirle soluciones a la economía: también hay que pensar que hay enseñar a las nuevas generaciones a tener buenos proyectos de vida.

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