Convertibilidad, Marca Registrada

17 de febrero, 2021

Convertibilidad, Marca Registrada

Por Pablo Mira (*)

El fallecimiento del expresidente Carlos Menem fue la excusa perfecta para que los economistas nos pusiéramos a discutir sobre el período de la Convertibilidad. Lo primero que resalta es que la etapa tiene nombre propio. No fue la única, pero no todas tienen algún sello. Por ejemplo, el Gobierno kirchnerista intentó por todos los medios bautizar su ciclo de alto crecimiento pos-2002, con poco éxito. ¿De dónde provienen estas marcas registradas?

La curiosa respuesta es…la inflación. Más específicamente, la inflación descontrolada y variable, que obligan a quienes intentan frenarla a reaccionar contra ella de manera decidida. La inflación alta tiene una particularidad que la hace privativamente odiosa, y es su persistencia. La gente y sus instituciones “se acostumbran” y sostienen la suba de precios, porque es la forma de defenderse de ella. Si todos aumentan, yo también debo hacerlo porque si no pierdo plata. En ese juego dinámico, el que afloja primero pierde, y la inercia resultante resiste todo combate.

Hasta que llega el plan antiinflacionario. Su objeto no es apretar botones, atacar  especuladores o resolver ecuaciones diferenciales. Un plan antiinflacionario es, ante todo, un intento (a veces desesperado) por cambiar el comportamiento los agentes económicos. Tarea semejante exige demostrar convencimiento, y la primera señal consiste en denominar el nuevo proceso de modo que explicite el cambio drástico que se pretende para la economía. Aquí la etiqueta “convertibilidad” parece calzar perfectamente, aludiendo a la necesidad de convertir un país fracasado en uno exitoso.

Pero para ser francos, esta no era la intención original. Para la mayoría, bastaba con la potente metáfora de que un peso valía lo mismo que un dólar. La convertibilidad de la moneda reflejaba la garantía de que, de un día para el otro, nos convertiríamos en Estados Unidos. Por un rato, y para algunos, fue una realidad que se plasmó cada viaje a Disney. Todo un símbolo. Sólo había que asegurar que este hermoso cuento de hadas durara lo suficiente para autoconvencernos de nuestro potencial.

Y así lo interpretaron quienes estuvieron al frente del plan. La mejor forma de nos descubran haciendo un bluff es teniendo cartas altas, y es así que la metáfora del 1 a 1 fue solventada por un gigantesco plan de reorganización de la actividad productiva, una suerte de revolución basada en los preceptos del “Consenso de Washington” que se fueron cumpliendo casi a rajatabla, con la única excepción de la intervención para fijar el dólar. Privatizaciones, desregulaciones en todos los ámbitos, apertura comercial y financiera y otras medidas profundas poblaron las noticias diarias durante varios años. Nadie podía dudar de que algo estaba cambiando.

Pero cambio no es sinónimo de éxito, al menos de éxito duradero. En los primeros años, el plan trajo resultados  sorprendentes. Inflación cero en poco tiempo y crecimiento a “tasas chinas” eran pruebas del milagro en marcha. Pero no hay que olvidar que, aun cuando la economía mostraba buenos números en promedio, grupos específicos sufrieron las duras consecuencias de esa revolución de mercado, por llamarla de alguna manera. La “nueva” Argentina trajo también desempleo y pobreza en niveles jamás experimentados antes, aún en los difíciles ‘80. Con la excepción de los períodos de hiperinflación, la economía se las había arreglado para, aún funcionando mal, contener el problema social durante muchos años.

En total, sin embargo, los defensores del modelo ganaron políticamente y la Marca Registrada de la Convertibilidad siguió su rumbo. Con los años, sin embargo, el compromiso se hizo cada vez más difícil de mantener, sobre todo cuando a partir de 1998 la economía dejó de experimentar milagros, aun cuando los precios no subían. El 1 a 1 pasó de ser la solución a todos nuestros dramas a ser una condición no negociable que, de modificarse, llevaría al precipicio. Esta sensación de intangibilidad transformó al modelo en una bomba de tiempo, que finalmente explotó en 2001.

La moda pasó y la Marca Registrada tuvo un final tan épico como su inicio, aunque bastante más dramático. Ningún político llamará a su próximo plan “Segunda Convertibilidad”, pero estemos seguros que siempre habrá público dispuesto a creer en soluciones mágicas con un nombre atractivo.

(*) Docente e investigador de la UBA