La pandemia no da tregua

25 de junio, 2020

Por Jorge Elías Director de El Interín

Pese al pedido de una tregua mundial del secretario general de la ONU, António Guterres, para enfrentar la pandemia, los conflictos continúan. Un ruego, casi, el 23 de marzo: silencien las armas; detengan la artillería; pongan fin a los ataques aéreos. Entre esa fecha y el 13 de junio han muerto en enfrentamientos armados más de 20.000 personas, según la organización The Armed Conflict Location & Event Data Project (Acled). Sólo en Yemen, tras cinco años en guerra, 24.000 debieron abandonar sus hogares por los ataques de la coalición dirigida por Arabia Saudita.

Esa legión engrosa los 79,5 millones de desplazados que contabilizaban la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) y el Consejo Noruego para los Refugiados a finales de 2019. Una de cada 97 personas en el planeta, cifra jamás registrada. La solicitud de Guterrres, respaldada por 114 gobiernos y varias organizaciones de la sociedad civil, derrapó en poco tiempo. A menos de un mes de formularla, tres soldados filipinos murieron en una emboscada de la guerrilla maoísta Nuevo Ejército del Pueblo, que había adherido a la iniciativa. Y continuaron las conflagraciones en Siria y Afganistán, aumentaron los ataques en el Sahel (entre el desierto del Sáhara y la sabana sudanesa) y no cesó la violencia en Libia ni en Colombia.

El trance más reciente estalló en la disputada frontera de Ladakh y Cachemira, en el Himalaya, entre China e India. Los dos países más poblados del planeta y, a su vez, los primeros en ver de cerca el impacto del coronavirus. Un duelo de titanes, en la cima de la montaña, que se libró con palos y piedras. A la vieja usanza. Más o menos como vaticinaba Albert Einstein la cuarta guerra mundial. El primero con víctimas mortales desde 1975 y el de peores secuelas desde 1967 en la llamada Línea de Control Real (LAC, sus siglas en inglés).

La reyerta data de 1962. El catalejo del mundo estaba enfocado entonces en la crisis de los misiles de Cuba mientras India sufría una derrota histórica. En 2013 y 2017 hubo refriegas. La población del valle de Galwan, de mayoría budista, no sabe qué es la paz. Se trata de una frontera vidriosa, trazada a pulso en 1993 y patrullada por ambos ejércitos. China reclama 90.000 kilómetros cuadrados en el este del Himalaya y 38.000 en el oeste. India se opone. Entre otros asuntos pendientes, China no le perdona a India haber acogido al Dalai Lama, líder espiritual y político de los tibetanos, e India no le perdona a China su apoyo a Pakistán en el diferendo por Cachemira.

“China es más fuerte, pero India puede buscar maneras de causar daño y lo último que el mundo necesitaría es una escalada entre un dragón y un elefante sobre un pedazo de tierra helada”, señala The Economist. Lo último que necesitaba el mundo, desoyendo el pedido de tregua en medio de la crisis sanitaria, era un choque de civilizaciones entre dos líderes ultranacionalistas, Xi Jinping y Narendra Modi, en su afán de mostrar músculo en sus países, incluidas en el caso de China las protestas por el avasallamiento de Hong Kong y en el de India la segregación de los musulmanes alentada por la mayoría hindú.

El Covid-19, lejos de ser una amenaza, también se convirtió en una oportunidad para torear gobiernos y obtener legitimidad, como ocurrió con el régimen talibán en Afganistán. La estrategia: repartir mascarillas y atacar bases militares. En otras latitudes, como Sudáfrica, los abusos de las fuerzas de seguridad durante la cuarentena rozaron el escándalo sin llegar al impacto global del brutal asesinato de George Floyd en Estados Unidos. Por lo pronto, Islandia es desde 2008 el país más pacífico del planeta y Afganistán se encuentra en el otro extremo, según el Institute for Economics and Peace. Un índice de paz en un mundo empeñado en no darse tregua.