Cuarentena y algo más

26 de junio, 2020

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Por Martín Polo Economista

El enfoque sanitario que encaró el Gobierno para enfrentar la pandemia tiene un enorme costo en el nivel de actividad y pone en riesgo la estabilidad de la economía en general. Es que para contener el desplome del PIB, como hicieron todos los países, el gobierno tuvo que resignar cualquier intento de equilibrio fiscal con más gasto. El fuerte deterioro de las cuentas públicas continuará en lo que resta del año y obligará al BCRA a continuar emitiendo para cubrir el bache. El desborde inflacionario sólo podrá evitarse si el gobierno encara un programa de sintonía fina en el que demuestre que el desvío fiscal fue temporario y que está dispuesto a mantener las tasas de interés positivas en términos reales y con brecha cambiaria bajo control. En 2019, Argentina había dado un gran paso para equilibrar las cuentas públicas al alcanzar un déficit primario de apenas el 0,4% del PIB, todo un logro considerando que había heredado uno de 3,8% del PIB. Esta mejora fue opacada por el incremento de 2 puntos del PIB en la carga de intereses. Para esto, el Gobierno de Cambiemos tuvo que lograr que sistemáticamente los ingresos suban 5 puntos por encima del gasto (los ingresos crecieron al 35% promedio anual mientras que el gasto primario lo hizo a 30%).

El 2019 fue el año más “disciplinado” pues de la mano de la devaluación de 2018 y el aumento de retenciones los ingresos subieron al 51% mientras que el gasto lo hizo a 37%.

Para este año las perspectivas de consolidar el sendero de consolidación fiscal se desmoronaron desde el principio de la gestión del nuevo Gobierno. El propio ministro de Economía, Martín Guzmán, criticaba la estrategia fiscal de sus antecesores aduciendo que profundizaba la recesión y esto subía el riesgo haciendo la deuda insostenible (de ahí, entre otras cosas, la necesidad de reestructurarla). De hecho, en los primeros dos meses de este año el gasto subió 51% y los ingresos al 39% y en marzo, cuando recién comenzaba el ASPO la brecha se amplió a 40 puntos, dado que el gasto aceleró a 70% y la recaudación desaceleró hasta 31%. Ya en plena cuarentena, los datos de abril y mayo fueron devastadores: los ingresos subieron apenas 8% y el gasto lo hizo al 98%. Como se esperaba, el gasto asociado al Covid-19 explicó casi la mitad de la suba del gasto total. En otras palabras, el gasto primario “core” (excluyendo las erogaciones asociadas al Covid-19) subió 55%, prácticamente en línea con lo que lo venía haciendo previo a la pandemia.

Con esta dinámica de los ingresos y los gastos, el déficit primario de los primeros cinco meses del año llegó a $636.000 M (2,6% del PIB) en tanto que el déficit global rozó los $900.000 M (3,7% del PIB) que se cubrió casi en su totalidad con emisión monetaria (ya sea con Adelantos Transitorios o transferencias de utilidades).

El impulso del gasto derivado de la emergencia sanitaria continuará en junio y julio pues aún restan al menos $300.000 M de los programas anunciados por el gobierno que, sin recuperación de la recaudación, harán que el rojo fiscal de estos dos meses esté en línea con los registrados hasta ahora. Asumiendo que la actividad esté normalizada -con los cambios que trajo el Covid- a partir de agosto, el Gobierno deberá mostrar su voluntad de encauzar la situación fiscal y considerando un escenario en el que el Gobierno modera el gasto al 50% pospandemia y con ingresos creciendo al 25%, implica que el desequilibrio primario de los próximos siete meses superará los $1.000.000 M. Así las cosas, para todo el año el déficit primario apunta a $1.600.000 M (6% del PIB) en tanto que el global llegaría a 8%.

En estas condiciones, con la renegociación de la deuda navegando en las indefiniciones, el Gobierno deberá al menos consolidar la normalización de la deuda en moneda local de manera de refinanciar los vencimientos de capital y no cargar aún más cuenta del BCRA que será quien tendrá que cubrir el bache fiscal.

Así las cosas, en lo que resta del año el BCRA deberá transitar un camino minado en el que deberá lidiar con un mercado cambiario que, pese al cepo, seguirá tenso al tiempo que deberá administrar la fuerte emisión monetaria para evitar un salto en el la inflación.

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