Privatizar ganancias, socializar pérdidas: la historia de los salvatajes vuelve a repetirse

17 de marzo, 2020

Privatizar ganancias, socializar pérdidas: la historia de los salvatajes vuelve a repetirse

Por Pablo Maas

 

¿Existe alguna similitud entre la colosal crisis económica que está provocando la pandemia del coronavirus y la Gran Recesión de 2008/2009? Según la mayoría de los analistas, estos dos eventos no se parecen en nada. Aquella fue una crisis clásica de demanda, que cayó estrepitosamente por la explosión de una burbuja financiera, causada a su vez por la acumulación de malos créditos (subprime) en un sistema bancario excesivamente desregulado. El derrumbe de la economía mundial que se está produciendo en estos días, en cambio, tiene orígenes extraeconómicos, afecta a la demanda y a la oferta simultáneamente y, por una vez, los bancos parece que son inocentes.

 

Para salir de la Gran Recesión de hace una década atrás, los bancos centrales de los países más ricos actuaron coordinadamente para expandir la liquidez. La Reserva Federal de EE.UU. bajó fuertemente la tasa de interés y adoptó una política monetaria laxa a la que llamó “quantitative easing”, un eufemismo para emisión pura y dura. El pasado fin de semana, la Fed repitió el truco y bajó la tasa de interés a prácticamente cero. Pero eso no evitó otro lunes negro en Wall Street. ¡La pólvora monetaria está mojada! Las tasas de interés en el mundo ya son suficientemente bajas y el daño económico de la pandemia del coronavirus es lo suficientemente demoledor como para que un nuevo movimiento descendente en el costo del dinero tenga algún impacto significativo en revertir la certeza de que se viene una recesión de una intensidad pocas veces vista. La baja de tasas de la Fed fue como tratar de combatir el cáncer con una aspirina.

 

Sin embargo, hay algo en que las dos mayores crisis del siglo se parecen: la persistencia de la doctrina del “too big to fail”. La Gran Recesión demostró que algunas empresas son demasiado grandes para caer y el infierno de la bancarrota no existe para ellas. Durante 2009, los rescates (bailouts) estuvieron a la orden del día para bancos, compañías de seguros y empresas industriales. En un momento de aquella crisis, alguien bromeó que GM quería decir en realidad “Government Motors”.

 

Ahora, la historia de los “bailouts” vuelve a repetirse. Comenzando por las aerolíneas estadounidenses, que el lunes 16 pidieron formalmente al Gobierno de su país un salvataje de US$ 50.000 millones. El salvavidas, según informó Airlines for America, la asociación que agrupa a American Airlines, United, Delta, Southwest y otras más pequeñas, debería consistir en un préstamo por US$ 25.000 millones y un “grant” (un subsidio, o un regalo) por otros US$ 25.000 millones. La cámara de las aerolíneas advirtió que sus miembros podrían quedarse sin dinero para fin de año, o incluso antes. Y pidió un “significativo alivio impositivo” para sobrevivir.

 

 

El pedido de las aerolíneas tuvo una buena acogida en la administración de Donald Trump. El asesor económico del presidente, Larry Kudlow, dijo a los periodistas que el Gobierno lo está considerando con buena predisposición. Según Tim Wu, profesor de Derecho de la Universidad de Columbia y experto en tecnología y políticas de competencia, no sería una buena idea. “No sientan lástima por las aerolíneas”, fue el título de su columna de opinión en la edición del 16 de marzo en The New York Times. Wu, cuyo último libro (“The Curse of Bigness”) es una advertencia acerca de los peligros de la excesiva concentración empresarial, recuerda que American Airlines, la mayor de todas las aerolíneas estadounidenses, vivió varios años de bonanza antes de ahora.

 

“En 2014, después de reducir la competencia a través de fusiones y de haber recaudado miles de millones de dólares en nuevas tasas de equipaje, American logró un éxito financiero fenomenal. En 2015 ganó US$ 7.600 millones y continuará ganando miles de millones por el resto de la década”, escribió Wu. ¿Pero que hizo con todas esas ganancias?  Podría haberlas apartado en un fondo de reserva, por ejemplo, sabiendo que el negocio de las aerolíneas es fuertemente cíclico. O podría haber intentado resolver sus continuas disputas salariales con pilotos, azafatas y mecánicos. O podría haber invertido en mejorar la calidad de sus servicios e intentar reparar su dilatada reputación de ser la peor transportadora aérea del país, enumeró el columnista.

 

Desde 2014 a 2010, sin embargo, American Airlines prefirió gastar US$ 15.000 millones en recomprar sus propias acciones. Quemó sus reservas de efectivo y al mismo tiempo aumentó su endeudamiento para comprar nuevos aviones y reconvertir los existentes para dar cabida a más asientos. Ninguna empresa toma decisiones de este tipo si no tiene algún tipo de seguridad de que será rescatada por el Estado, como ya ocurrió durante la Gran Recesión. Aquella vez, se dijo que las empresas estaban socializando sus pérdidas. En esta oportunidad, está claro que las aerolíneas privatizaron sus ganancias y, otra vez, pretenden socializar sus pérdidas.

 

“No podemos permitir que American y otras aerolíneas usen la ayuda federal para pasar la crisis y luego vuelvan a hacer negocios como siempre”, dijo Wu, que se hizo célebre por acuñar el concepto de “neutralidad de la red” en los debates sobre la concentración económica en las industrias de alta tecnología. Podría haber “cambios en la estructura de propiedad”, escribe Wu, sin ir más allá.

 

Del otro lado del Atlántico, un comentarista más radical, el británico Paul Mason (autor del bestseller “Poscapitalismo”), sugiere que, al menos en el Occidente rico, una de las consecuencias económicas del coronavirus será un rol muy aumentado para los Estados, incluyendo nacionalizaciones de industrias como las aerolíneas y una “japonización” de las economías, es decir, crecimiento casi cero con tasas de interés ídem.  El ingreso básico universal es otro concepto que a partir de ahora se espera que ingrese a la agenda con fuerza.