El coronavirus y la pandemia monetaria

29 de marzo, 2020

El coronavirus y la pandemia monetaria

Por Jorge Bertolino Economista

 

La expansión del déficit fiscal y del volumen del dinero y el crédito que se proponen realizar las principales economías del planeta promete alcanzar dimensiones épicas.

 

Curiosamente, aunque en reiteradas oportunidades hemos declamado la superioridad de las políticas de austeridad fiscal y prudencia monetaria, en esta ocasión no cuestionaremos la necesidad de actuar rápidamente para evitar una caída catastrófica de la actividad, un corte abrupto de la cadena de pagos y una depresión mundial de extrema gravedad.

 

El remedio fiscal  y monetario expansivo es la única herramienta disponible para atenuar los efectos de la rara combinación que implica la aparición del coronavirus, conjuntamente con la guerra del petróleo entre Rusia y Arabia Saudita. Este dueto de eventos se produce luego de un sostenido y artificial incremento de la hoja de balance de la Fed, el BCE y el resto de los organismos monetarios mundiales, llevado a cabo en las últimas décadas y que se incrementara exponencialmente luego de la crisis subprime.

 

El ordenamiento monetario mundial atravesó diferente etapas en su larga carrera hacia la locura descontrolada del sistema fiduciario actual.

 

En los albores de la humanidad, varios objetos fueron utilizados como medio indirecto de trueque de las diferentes mercancías que se podían intercambiar.

 

La aparición de los metales preciosos, oro y plata, como patrones de acumulación e intercambio, permitieron un incremento extraordinario en el volumen del comercio mundial.

 

Si bien hubo épocas donde prevaleció el bimetalismo, la pureza, homogeneidad y divisibilidad del metal amarillo hizo que su utilización se impusiera por una sencilla cuestión de comodidad y facilidad en su uso y su almacenamiento. Podemos decir, entonces, que la aparición del oro monetario de la época medieval fue una construcción social generada por mecanismos de libre mercado, es decir, sin intervención gubernamental, sino por iniciativa de los comerciantes y mercaderes que ansiaban encontrar una herramienta que les  permitiera extender sus territorios comerciales y facilitar el intercambio de sus mercancías.

 

La aparición de casas depositarias de oro permitió la impresión de recibos o certificados de depósito que se utilizaron como medio de cambio, en lugar de trasladar las monedas o lingotes cada vez que se tenía que hacer un pago. La seriedad y credibilidad  de estos primeros bancos limitaba la emisión de estos billetes a la cantidad de oro depositado.

 

El patrón oro

 

El uso institucionalizado del patrón oro nació en 1815 y rigió, en su forma clásica, hasta 1914. Luego de este período se suceden otras ocho fases, según una conocida descripción que se extiende hasta la actualidad.

 

Fueron otros tantos intentos de impedir la caída de la convertibilidad, mediante diferentes artilugios y combinaciones, que no consiguieron salvar el defecto congénito de este particular sistema. Se trata de la descoordinación monetaria mundial que provocan los diferentes niveles de productividad de los distintos países y de la prodigalidad en el gasto de los tesoros nacionales.

 

La aparición del papel moneda, con respaldo en oro, implicó un congelamiento de la masa monetaria mundial, puesto que la extracción de nuevas cantidades del metal es tan exigua que no modifica sustancialmente el stock disponible del mismo.

 

Los países menos productivos perdían reservas como consecuencia de los déficit en el comercio, razón por la cual disminuía drásticamente el circulante que, recordemos, era igual, en cada país, a la cantidad de oro que lo respaldaba.

 

Reiterados abandonos del patrón por parte de países deficitarios y sucesivos intentos de restablecer su vigencia, fueron desgastando este ordenamiento monetario. Tras la Primera Guerra Mundial, se sucedieron diferentes estándares, pero siempre bajo la pérdida de credibilidad que el excesivo gasto de los gobiernos generaba en el sistema.

 

Finalmente, la solución aparente surge tras la creación de los bancos centrales, los organismos financieros internacionales y el resto del sistema financiero mundial.  Se trata del actual sistema de monedas fiduciarias sin respaldo y con tipos de cambio flotantes entre ellas.

 

Esto dio lugar a la posibilidad de liberar a los gobiernos  del compromiso de limitar el circulante mundial a la existencia total de los metales preciosos que tuvieran depositados en sus bóvedas.

 

El esquema en sí mismo no es perverso ni corrupto. Fiduciario proviene de fiducia o confianza. Fue, y sigue siendo, extraordinaria la habilidad de ganarse inmerecidamente la confianza de la población por parte de los políticos del mundo entero, que supieron vender hábilmente los espejitos de colores de los Estados de Bienestar y el aumento descontrolado de las erogaciones de los estados, a lo largo del Siglo XX.

 

La perversidad y la corrupción del sistema monetario actual provino de la credulidad de los votantes en estas fantasías tan hábilmente creadas. El crecimiento de la economía mundial fue espontáneo y se debió a las sólidas instituciones, el amigable clima de negocios y el empuje y la potencia de la iniciativa humana, en un marco de libertad. Pero los políticos se las ingeniaron para convencer al mundo que el crecimiento fue generado desde las esferas fiscal y monetaria de las naciones.

 

Aquí sostendremos que el progreso fue tan potente que el entorpecimiento de los políticos no alcanzó a opacar lo suficiente a la economía mundial como para detener su crecimiento. No está disponible, obviamente, el escenario contra fáctico que permitiera comparar el escenario actual con el devenir de la economía sin la aparición de la “mano invisible” de la política.

 

Un marco de menor poder regulatorio estatal, menor gasto público y menor emisión monetaria sin respaldo hubiera permitido un crecimiento más pausado aunque menos volátil y con menor desigualdad inter e intra países.

 

No es ésta la opinión de los economistas que se autodenominan equivocadamente “progresistas”. Autores como Joseph Stiglitz y Thomas Picketty recomiendan empujar aún más la demanda global desde los gobiernos, aumentando los impuestos a los creadores de riqueza e inversión, para redistribuir ingresos desde los más “ricos” a los más “pobres”, a fin de disminuir la desigualdad. El consumo popular es la nueva meca de los defensores del status quo y aparece la globalización como el enemigo a vencer.

 

No parecen comprender que la distribución del ingreso se decide en el proceso productivo, en el momento mismo en que se asignan los recursos entre los diferentes factores que participan de él. Sostienen, contrariamente, que luego de generarse los productos y servicios, estos pueden repartirse de manera diferente al mecanismo ciego del mercado. La sutileza estriba en que buscando beneficiar, con un incremento “no natural” los ingresos de las clases populares, lo que en realidad logran es encarecer artificialmente los salarios alejándolos de la productividad marginal de los mismos que determinan los ingresos reales de los trabajadores. El resultado es un abaratamiento relativo del factor capital, lo cual genera una mayor utilización del mismo y una mayor desocupación del factor trabajo, con la consiguiente disminución del poder adquisitivo de los salarios y el  incremento de la desigualdad.

 

Al escribir estas líneas seguimos un razonamiento diametralmente opuesto. El remedio a la desigualdad es más y no menos globalización. Por otra parte, el empuje de la demanda debe ser generado por la inversión y no por el consumo. Este último no es más que el resultado natural del crecimiento desbordado de los ingresos que genera el proceso de innovación continua y el aumento del stock de capital que genera la inversión. Esto deriva en un permanente aumento de la productividad del factor trabajo, con lo cual los ingresos salariales crecen ininterrumpidamente.

 

La baja de la rentabilidad que genera el continuo crecimiento de la tributación para atender las mayores erogaciones del “estado de bienestar” en los países centrales ha lentificado el crecimiento en las últimas décadas. La aparición de nuevos focos de empuje global en algunos países periféricos fue dando lugar al fenómeno que predice nuestra teoría preferida: la convergencia condicional de los países periféricos a la media de los países centrales.

 

Nos referimos al crecimiento del PIB per cápita de Japón primero. Le siguieron los cinco tigres del Sudeste Asiático y, por último, China y el despertar reciente de India, Indonesia y algunos países africanos, ayudados éstos últimos por una ola inversora china de dimensiones extraordinarias.

 

La cada vez mayor tendencia a comprender las reglas de juego mundial por una creciente cantidad de países provocó una ola inmigratoria indirecta de los países más pobres a los más ricos. En lugar de viajar en buque a “hacer la América” ahora el viaje es de la mano de obra incorporada en los diferentes productos en cada uno de los trozos en que se ha dividido la cadena de producción, antes integrada y ahora desintegrada y globalizada.

 

La globalización

 

La ola globalizadora de finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, los grandes inventos, como la electricidad, el proceso de colada continua del acero y muchos otros, sumados a la aparición de los buques con cámaras refrigeradas,  generaron un crecimiento vertiginoso en aquellos países que tuvieron la visión de alinear sus instituciones en la  dirección del progreso productivo y el bienestar de la población.

 

Este proceso se exacerbó tras el largo paréntesis de las dos guerras mundiales y la gran depresión entre ellas.

 

Daron Acemoglu, economista turco de fama mundial dice en su libro “Porqué fracasan los países” que el secreto del crecimiento está en las instituciones políticas y económicas que rigen en los diferentes países. Existen instituciones extractivas, que impiden el crecimiento e instituciones inclusivas, que lo fomentan.

 

Luego del crecimiento fácil de los primeros países con instituciones inclusivas, que duró más de dos siglos y se inició con la Revolución Industrial, se incorporaron otros actores, como dijimos anteriormente. El núcleo principal del crecimiento mundial viró de los países centrales a los “mercados emergentes”.

 

En la década de 1980 era común tomarse a la ligera los escritos de economistas surcoreanos que describían lo que ellos denominaban “catch up”. El paso del tiempo reveló su acierto. El núcleo del razonamiento es el siguiente: los países centrales desarrollaron durante décadas su sistema productivo, sector por sector, eslabonando cada uno de ellos tras un proceso inversor de largo plazo. Se desarrollaron industrias tales como la siderúrgica, la petrolera y petroquímica, la textil, la papelera, etcétera. Las teorías del crecimiento en boga se quejaban de “las venas abiertas de América Latina” y proponían emular el proceso de crecimiento de estos países, desarrollando uno a uno los sectores “estratégicos” y depositarios de la “soberanía nacional”.

 

Los humildes surcoreanos no se propusieron duplicar el proceso de la revolución industrial sino “alcanzar” (catch up) a los países centrales en la cumbre. Se dieron cuenta que fue un hecho fortuito, la aparición del empuje industrializador, lo que condujo a la cima a estos países, pero que este proceso no era duplicable sino que había que enfatizar en algunas industrias, con o sin chimeneas, en las que su gente tuviera alguna ventaja comparativa que lo diferenciara.

 

Esta “avivada”, a lo que se sumó la segunda ola globalizadora de las últimas décadas, permitió el eslabonamiento y la desintegración de la producción en diferentes países y regiones. El abaratamiento y la universalización del transporte y las comunicaciones, la aparición de Internet y toda una ola de innovaciones ligadas a la microelectrónica y la biotecnología fueron los factores que inclinaron la cancha hacia los países más retrasados que supieron aprovechar la “ola”.

 

Como dijéramos anteriormente, sólo aquellos países que reconvirtieron sus instituciones para tornarlas “inclusivas” fueron capaces de despegar rápidamente. Pero cada vez fueron más los “avivados” y eso ralentizó el crecimiento en los países centrales que debían esperar a ser “alcanzados”. Su turno ya había sido cumplido y ahora era la hora de los menos “despiertos”.

 

El huevo de la serpiente

 

Después de esta larga explicación es posible argumentar sobre la “pandemia monetaria mundial”. El coronavirus, más temprano o más tarde, será derrotado. La inventiva humana es casi imposible de vencer de manera permanente. En cambio, el verdadero fenómeno que mata el crecimiento e incrementa la desigualdad está vigente y con nuevos bríos.

 

En lugar de aceptar el turno de “los retrasados”, EE.UU. y Europa se embarcaron en orgías monetarias descontroladas, tratando de estimular artificialmente aquello que debía “descansar”.

 

Los inútiles y crecientes estímulos, sumados a la complicidad de reglas financieras excesivamente laxas, que permitieron la actuación irresponsables de quienes se percibían “demasiado grandes para caer” condujeron a la crisis hipotecaria subprime.

 

Ante esta crisis, la receta monetaria expansiva cumplió su cometido, pero a costa de incrementar los desequilibrios y requerir sucesivas y permanentes dosis de la adictiva medicina. El uso y abuso de este tosco y “fatalmente arrogante” mecanismo fue haciendo que perdiera eficacia.

 

La combinación de la aparición del coronavirus y la guerra por el precio del petróleo se está enfrentando con la única política disponible. Pero la efectividad de la misma está significativamente disminuida.

 

No puede criticarse, entonces, su uso sino todo el proceso previo, de décadas, de querer evitar las reglas de funcionamiento “natural” de la economía, forzando la máquina hasta destartalarla y convertirla en un montón de chatarra inservible.

 

Los globalifóbicos proponen, inocentemente y por ignorancia del funcionamiento de la economía, un mundo de ricos y pobres, en el que las posiciones alcanzadas por los diferentes países y regiones, se congelen en los niveles actuales. Más globalización y menos estímulos artificiales a la demanda en los países centrales, permitiría la convergencia y disminuiría la desigualdad. Sería un mundo de “ricos y ricos”.

 

Lamentablemente, los últimos acontecimientos indican que el mundo va en la dirección contraria. La respuesta es exactamente inversa a la conveniente. Parece aproximarse una nueva ola de estímulos monetarios, obligados por la segura quiebra del orden económico mundial si no se actúa rápida y decididamente, y un abandono transitorio del avance de la globalización.

 

Sin embargo, como los resultados, en el largo plazo, serán pésimos, hay que esperar pacientemente que pase el tiempo suficiente hasta que los errores sean evidentes y volvamos al cauce normal que la inteligencia humana encontrará nuevamente. Veremos, recién entonces, un mundo más armónico y menos desigual. La gran incógnita es si el proceso costará años, décadas o siglos.