Ahora, a sostener ingresos y proteger el empleo

23 de marzo, 2020

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Por Ricardo Delgado Director de Analytica Consultora

 

Los historiadores, con seguridad, tendrán a mano más elementos de juicio, pero es probable que la velocidad, poder de contagio y sorpresa de la irrupción del coronavirus en la escena global sean difíciles de hallar en la historia mundial moderna. La terrible epidemia de la Gripe Española entre 1918 y 1920, que en sus tres olas mató a 43 millones de personas, el 2% de la población mundial, entre ellas, al abuelo de Donald Trump, es tal vez el período más cercano. Ni siquiera la llamada Gran Recesión de 2008-09 registró semejante capacidad de expansión.

 

En apenas dos meses la agenda planetaria se trastocó de un modo inédito, los gobiernos sintieron la conmoción y la economía global ingresó en un túnel sombrío e incierto en profundidad y extensión. El sentido unívoco de la palabra “globalización” se desgaja ante los cierres de fronteras y la fenomenal caída de la producción, los activos financieros, los precios de las commodities y el comercio internacional. La antes invencible interconexión pierde lógica y la receta ahora es el aislamiento. El mundo se ensimisma, se repliega a las localías y apenas Internet mantiene la ilusión de lo global.

 

Para estos períodos excepcionales, la profesión económica cierra filas y recomienda -con matices- la misma fórmula: sostener los ingresos de las familias, proteger los empleos y gastar todo lo que se pueda.

 

El dilema de hierro que enfrentan hoy todos los gobiernos es que una política sanitaria óptima (con diferentes combinaciones de cuarentenas, aislamientos, restricciones a los movimientos de personas y cosas) provoca recesión. Por tal razón, Estados Unidos primero y ahora Brasil postergan los confinamientos. Aplanar la curva epidemiológica hasta hacerla compatible con la capacidad de respuesta de los sistemas de salud supone llevar a cero la producción de numerosos sectores: la recesión es el instrumento que la economía aporta a la salud pública para atacar al Covid-19.

 

En estos contextos, se congelan todas las decisiones de inversión y las de consumo se concentran apenas en las necesidades más esenciales para la supervivencia. La economía se aletarga y queda en modo stand-by.

 

Desde el punto de vista médico, el coronavirus es un shock transitorio. En algún tiempo más habrá una vacuna y el problema desaparecerá. Sin embargo, el daño económico puede ser más permanente. Si los gobiernos no actúan rápido, procurando amortiguar las pérdidas, pueden perderse puestos de trabajo y muchas empresas habrán desaparecido cuando llegue la recuperación. Esa es la razón básica para subsidiar.

 

Los estímulos fiscales y monetarios, así como las asistencias financieras, comienzan a llegar en todos los países afectados. En Europa, los paquetes totales llegan hasta el 15% del PIB. Sin embargo, todavía no aparecen respuestas comunitarias al problema. Algunos refieren a que las instituciones de la Unión no están preparadas para un shock que impacte sobre todas sus economías, sino para atender crisis puntuales en alguno de sus miembros. Además, la capacidad fiscal está limitada por el gran endeudamiento de los principales socios que pone en riesgo la sustentabilidad de sus economías. Por tal motivo, los estímulos exclusivamente fiscales son algo modestos, del orden de 1,5% del PIB en Italia, España y Gran Bretaña, abarcando subsidios a trabajadores afectados, diferimientos impositivos y créditos garantizados a empresas.

 

La peculiar Argentina

 

Las perspectivas de la economía argentina ya lucían muy discretas antes del shock global. Dependiente de un resultado incierto en la reestructuración de la deuda (que en este contexto, vale decirlo, abre muchas más dudas que antes), la economía estaba apenas en condiciones de moderar la recesión que atraviesa desde 2018. En Analytica estimábamos una caída de entre 1% y 1,5% del PIB para 2020, asumiendo un canje amigable de deuda y un impulso fiscal de 1 punto del PIB generado por la Ley de Solidaridad Social.

 

El escenario cambió por completo. El impacto directo inicial del Covid-19 es de una caída adicional del orden de 2 puntos del PIB. El aislamiento ha llevado prácticamente a cero la producción de dos terceras partes del PIB, el consumo eléctrico mayorista se desplomó días pasados y las primeras estimaciones de nuestra consultora indican que el PBI caería 6% en el primer trimestre.

 

La gestión de Alberto Fernández, en sintonía con el timing de las medidas de corte sanitario, está actuando con rapidez y en la dirección correcta. El paquete anunciado el miércoles pasado busca absorber parte de las pérdidas de familias y empresas, inyectando recursos en los sectores más afectados con elevada propensión al consumo. En esta etapa, son unos $ 500.000 millones (equivalentes a 1,8% del PIB) que tendrán un impacto directo de 0,8% sobre el PIB.

 

Los estímulos a la demanda efectiva, en particular los refuerzos a la AUH y a las jubilaciones, la reducción de aportes patronales y la inyección adicional a la obra pública, explican casi todos los efectos contracíclicos en las medidas iniciales del Gobierno. En particular, la inversión en obras de pequeña escala, caminos y viviendas resulta uno de los instrumentos más eficientes en esta coyuntura, ya que cada peso invertido en infraestructura significa $1,6 de recuperación del PIB.

 

Es obvio que el efecto multiplicador de los $350.000 millones anunciados en créditos para capital de trabajo a tasa subsidiada, reconversión tecnológica y parques industriales es menor, ya que no aumentan los recursos totales sino que alivian parcialmente a las empresas que financiaban su capital de trabajo a una tasa mayor a la de subsidio. Sólo esa diferencia impactará sobre el nivel de actividad.

 

Está todavía por definirse la extensión de los programas Repro, utilizados en la crisis de 2008-2009, que permiten a las empresas de sectores en crisis obtener un subsidio temporal de la mitad de la nómina salarial para sostener los puestos de trabajo. Al cierre de esta nota se estaban definiendo las medidas para los trabajadores informales (35% del empleo total) y otros grupos vulnerables (monotributistas de escalas inferiores, por caso) que estimularán la demanda efectiva y recortarán las pérdidas del shock.

 

Las crisis dejan enseñanzas. La principal, quizá, es que en la excepción los gobiernos deben ocupar los espacios que dejan los privados, a los que hay que contener y convocar en las soluciones. Con inteligencia, midiendo impactos, pero sin temor a extralimitarse. Hacer de más es mejor que hacer de menos. Sobrereaccionar, incluso con la emisión monetaria o los controles de precios en alimentos y medicamentos, es un mal de segundo orden. La velocidad de salida de la crisis también dependerá de cómo los gobiernos administren las expectativas en estos tiempos complejos.