Una sana costumbre

22 de octubre, 2019

Por Máximo Paz Decano de la Facultad de Ciencias de la Educación y Comunicación Social de la USAL

 

Ahora sí, la casa está en orden. Si en la primera ronda del debate presidencial Mauricio Macri actuó como si ganara y el candidato Alberto Fernández como si estuviera perdiendo, en la segunda vuelta se cumplió con la lógica de campaña: un Presidente más agresivo e incisivo, tal vez alentado por el apoyo logrado en la autodenominada “Marcha del Millón”. Y un Fernández pugnando por ser más calmo, como queriendo sortear los ataques que sufre aquel que va liderando las encuestas. Lógico.

 

La segunda experiencia de debate presidencial, legalmente constituido bajo el nombre “Argentina Debate”, se ha instalado como una sana costumbre democrática. Y esto debe celebrarse porque configura una buena práctica de la sociedad civil, típica de algunos de los países desarrollados del mundo. Y en este caso hasta el nombre inculcado es feliz porque es propio de una sociedad que gusta de participar de la discusión pública: todos nos sentimos parte de esta conversación que es llevada adelante por seis candidatos.

 

Dicho esto, el análisis sobre el impacto del debate, podría realizarse en dos sentidos: el resultado en sí mismo, o sea, el que “ganó”. Y también podemos reflexionar acerca de su posible influencia en los resultados de los comicios del próximo fin de semana.

 

Disputar el territorio

 

En una mirada centrada en el resultado de la segunda ronda de Argentina Debate 2019, existe un consenso entre los analistas: se produjo un cambio de liderazgo. ¿Estrategia meditada? En oratoria, siempre se indica la conveniencia de hablar en último lugar en un debate o discusión. Ya sea en forma intuitiva o estructurada, se vio al Presidente con más solidez y con la intención de disputar ese territorio simbólico que se puso en juego en cada reproche. En cada intervención, cerró mejor que una semana atrás.

 

Tal vez este fue el cambio más significativo en esa partida de ajedrez estructurada: el resto de los actores se desempeñaron de manera similar a la primera ronda. No es llamativo que el candidato José Luis Espert muestre una veteranía en el manejo de su comunicación mediática. Enorme cantidad de horas de vuelo frente a la cámara permitieron que volviera a mostrarse seguro y confiado al dirigirse al electorado. Al punto que queda en el inconsciente colectivo la idea de un voto logrado, pero diferido (“hoy no te puedo votar porque la urgencia es otra, pero en otro momento seguro lo haré”). Un saldo positivo enorme para este candidato.

 

Diferente lo sucedido para el economista Roberto Lavagna y el candidato Juan José Gómez Centurión. Sus profesiones de origen parecen no haberlos beneficiado. Hablaron con tono monocorde y configuraron una oratoria monótona, gris, con poca personalidad. Tal vez aún les cueste comprender que para ganar el corazón del votante, no alcanza solamente con un buen conocimiento técnico de las cosas. Ya fuera del centro de la expectativa, un Nicolás del Caño menos histriónico, cumplió con el objetivo de hablarle exclusivamente a su núcleo duro de seguidores. Así fueron las cosas en esta segunda vuelta. Un Macri (¿ganador?), un Fernández (¿a la defensiva?) y un Espert que tal vez se lleva más de lo esperado.

 

Sobre el impacto en las urnas, la discusión es otra: la estadística, la política (y el movimiento de la economía doméstica concreta) ya tienen ganador. Lo vivido durante el interregno electoral (PASO-debate-elecciones) lo delata. Pero…en nuestro país siempre hay un tal vez. Porque hoy, la cotización del votante es tan volátil como la del dólar y aún se mide que un porcentaje (entre 20% y 30% del electorado) que aún le cuesta definir su sufragio. Todavía pueden producirse migraciones importantes.

 

Los encuestadores continúan afirmando que la historia ya tiene final cierto. En esa escena, el personaje se hizo carne al punto de que los candidatos más importantes se trenzaron detrás de bastidores. Somos un país que gana o pierde los partidos con un gol en el último minuto. A veces con la mano. ¿Todo está dicho? ¿Nada está dicho? Es lo maravilloso de la democracia. A cuidarla y a votar. Nos vemos el domingo.

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