Fronteras

Vivir en un barrio cerrado: el libro que desmantela la ilusión de confort y pureza

Ricardo Greene ofrece una profunda radiografía de Nordelta, el barrio cerrado más grande de Latinoamérica.

Nordelta es el barrio cerrado más grande de Latinoamérica,
Nordelta es el barrio cerrado más grande de Latinoamérica, .
19 octubre de 2025

Vivir en un barrio cerradopone la lupa en Nordelta, el barrio cerrado más grande de Latinoamérica, que cada tanto se convierte en noticia por la sobreabundancia de carpinchos o por las protestas de las empleadas domésticas. 

A contrapelo del enfoque que ve a los countries como una burbuja, separada de su entorno, estas páginas cuentan cuál es el sueño de los nordelteños, qué los empujó a mudarse ahí, y cómo los dispositivos para vigilar al máximo los límites con el exterior se ven constantemente transgredidos. ¿Qué hay detrás de esa fantasía de aislamiento y control?

  • "Vivir en un barrio cerrado. Cómo se produce la ilusión de confort, pureza y aislamiento" está editado por Siglo XXI

A través de conversaciones con taxistas, pileteros, guardias privados, policías, personal doméstico, sacerdotes, albañiles, profesoras y jardineros, y con muchos propietarios y familias residentes a quienes llegó a conocer de cerca, Ricardo Greene revela la gran heterogeneidad de Nordelta, con barrios donde vive la clase media acomodada y otros más exclusivos. En esa diversidad, advierte un sustrato común: el deseo de vivir una buena vida, sin conflictos ni tensiones, a salvo de la interacción con otras clases sociales e inmersa en una naturaleza domesticada y prácticas de cuidado del cuerpo y del alma. 



Sin ánimo de caricaturizar ni condenar, Greene reconoce en esa ética del confort el rasgo específico de las élites contemporáneas y de buena parte de los sectores medios y altos que todavía viven en las ciudades, y advierte la continuidad de prácticas de segregación y pureza racial que se remontan al siglo XIX. Al echar luz sobre las nuevas estrategias para construir ciudadanos blancos legítimos y estigmatizar a los foráneos, este libro ayuda a entender los rituales de exclusión en el mundo actual y sus efectos en la vida colectiva.

A continuación un fragmento del capítulo "La conquista del suburbio"

El conurbano: ese otro desierto

Una explicación habitual para la aparición de countries ha sido la desregulación del mercado de suelos, la privatización de bienes del Estado, las tendencias globales de urbanización y la influencia del capitalismo. Sin restar importancia a esas variables, creo que los barrios privados no pueden explicarse atendiendo solamente a la dimensión económica, y menos aún atribuyéndoles una novedad radical. Por el contrario, solo si asumimos que se trata de aparatos colonizadores concebidos por y a través de relaciones de poder preexistentes podremos entender el verdadero alcance del fenómeno, sus actores relevantes y sus mecanismos clave.

En el caso de Nordelta, la negación y el rechazo hacia una población "ilegítima" y la imagen del área como "un desierto" no proceden únicamente de la historia reciente de la Argentina. Es necesario localizar el fenómeno en una genealogía de raza, clase y "ciudadanía legítima" más amplia, que se remonta al menos hasta el siglo XIX. Podríamos establecer paralelos entre la Conquista del Desierto liderada por Roca y la ocupación del suburbio más de cien años después. Tal vez la "conquista del suburbio" pueda funcionar como descripción fáctica de este proceso.



Un primer aspecto común es que ambos episodios históricos se explican a sí mismos como intentos de controlar territorios supuestamente desocupados. En el primer caso, el sur del país era visto como un desierto o —lo que es más o menos lo mismo— un territorio poblado por "poblaciones ilegítimas" e inútiles. Dijo Alberdi:

¿Qué nombre daréis, qué nombre merece un país compuesto de 200.000 leguas de territorio y de una población de 800.000 habitantes? Un desierto. ¿Qué nombre daréis a la constitución de ese país? La constitución de un desierto. Pues bien, ese país es la República Argentina; y cualquiera que sea su Constitución no será otra cosa por muchos años que la Constitución de un desierto. Pero, ¿cuál es la constitución que mejor conviene al desierto? La que sirve para hacerlo desaparecer (1979: 127).

Así como los Estados Unidos utilizaron la cuadrícula para fundar ciudades, en un esfuerzo por neutralizar la geografía e imponer valores capitalistas al espacio, el desierto se empleó en la Argentina como un discurso para negar a quienes no debían en forma parte del proyecto nacional, es decir, todos aquellos con costumbres y vicios que interferían con la noción de una naturaleza disponible para todos los hombres de buena voluntad" (Podgorny, 1997: 51). 



En el caso de los barrios privados, de los más de 1000 construidos en el Conurbano, 70% han sido emplazados en partidos con la más alta proporción de hogares que viven en la pobreza, donde un quinto de la población vive bajo la línea de la pobreza. Pero, como aquellos que ocuparon en el pasado la Patagonia, los residentes de Nordelta pasarían por alto esa realidad cuando hablan. La industria inmobiliaria ha amplificado este discurso al publicitar los barrios privados como utopías construidas en paraísos inmaculados.

Tanto en la Conquista del Desierto como en la del suburbio los recién llegados se han visto a sí mismos como pioneros, "adelantados" y "emprendedores" que con su sola presencia y trabajo lograron dar vida a un área inerte. 

Son colonizadores: lo suficientemente valerosos para emprender la conquista de lo desconocido y también lo suficientemente astutos para detectar una oportunidad donde muchos no veían nada. La diferencia entre ambos procesos es que el paralelo está invertido, ya que mientras que la ocupación militar del siglo XIX fue organizada por el Estado con apoyo de capitales privados, en nuestra época los privados se hicieron con el liderazgo y el Estado ocupó una posición secundaria, aunque esencial.



Conquista del desierto
En su nuevo libro, Greene traza un paralelismo entre la Conquista del Desierto y la evolución de Nordelta.

Como muchos chilenos, crecí con una imagen algo idealizada de la Argentina, que la pintaba como un país inclusivo y tolerante, a diferencia del mío, represivo y desigual. Vivíamos en dictadura y del otro lado de la cordillera nos llegaban libros y discos de rock con letras que agitaban el corazón. Con ese bagaje, durante mi primer tiempo como migrante no caí en cuenta de mis prejuicios y fui incapaz, como muchos argentinos y argentinas, de "ver la raza". La situación cambió cuando me puse a escuchar las entrevistas que hacía en la galaxia Nordelta. Una palabra se repetía como un rumor de fondo en boca de los nordelteños: "negros". La expresión se emplea en muchos rincones de América Latina sin intención peyorativa, y así la usan los nordelteños para referirse cariñosamente a algunos pares; pero cada vez que hablaban de quienes vivían extramuros, la utilizaban de manera despectiva, no como descripción de un rasgo individual -el color de piel no tiene tanta importancia- sino como un estigma colectivo. 

En ese momento se me presentó con claridad la imagen de las dos conquistas, la del desierto y la del suburbio, como un mismo gran proyecto de racialización del espacio, un proyecto que se vale de la idea de raza como instrumento para subordinar a quienes no se reconoce como iguales. 



Un día, Tomás organizó una cena en mi honor e invitó a un par de amigos para que conversaran conmigo sobre el barrio. Cuando concluyó la velada, nos acompañó hasta la puerta y se dio cuenta de que mi esposa y yo andábamos a pie. Con genuina sorpresa preguntó cómo habíamos logrado llegar a su casa. "En tren y luego en bondi", respondí sin pensar. "¡Nooo! ¿¿El el people's train?? Son muy valientes, amigos". 

Creo que mi cara reflejó mi confusión, porque Tomás sintió la necesidad de explicarse. Con expresión divertida bajó la voz y murmuró: "Porque ese es el people's train, ¿sabés?... Por lo de I see black people" (parafraseaba la famosa línea de la película Sexto sentido, "I see dead people"). Todos rieron, y nosotros hicimos nuestro mayor esfuerzo por sonreírles de vuelta.

Por lo general, los nordelteños consideran inseguro el tren; en el mejor de los casos, ignoran su existencia. 



Un sábado me encontraba en una parada de colectivo en el centro de Buenos Aires, esperando en la parada de colectivo en el centro de Buenos Aires, esperando el bus privado a Nordelta. Un joven rubio y bronceado, con ropa de marca y auriculares de última generación, también se dirigía allí. Le pregunté cuánto tiempo había estado esperando. "Tipo... una hora y media". "¡Pero es una locura! ¿Por qué no caminaste hasta Retiro y tomaste el tren? ¿Está a cuatro cuadras". Me miró sorprendido: "¿Hay un tren? No sabía que se podía llegar en tren". ¿Hace cuánto que vives en Nordelta? "Cinco años".

Entre las personas de clase media y alta que viven en Nordelta, la expresión "negros" se ha normalizado como una manera de referirse a los otros ilegítimos, en particular después de la crisis de 2001. 

Antes, el término habitual era "cabecitas negras", otro apodo racista cuya violencia aparece amortiguada por el uso del diminutivo. Ambas transparentan una relación desigual. Cuando hablan de sus vecinos "del otro lado", muchos nordelteños no tienen problemas para referirse a ellos en esos términos.



Viudas negras
Viudas Negras, la serie de Malena Pichot en Flow, ofrece una crítica social hacia el estilo de vida de los habitantes de Nordelta.

Los residentes ven las fronteras de Nordelta como espacios liminales, donde puede haber contacto con esa población impropia, y por tanto las asocian con el miedo e incluso con la repulsión. Tanto el lugar como sus habitantes más desfavorecidos han sido estigmatizados, y estos sentimientos se reproducen a diario cuando los nordelteños cruzan el acceso para visitar amigos, ir de compras o trasladarse a Buenos Aires. 

El punto más importante de este borde interactivo es la ciudad de General Pacheco, a 3 kilómetros del acceso principal. Con casi 50.000 habitantes, es la tercera ciudad más populosa de Tigre. En lo estético es similar a otros asentamientos de mediano tamaño del Gran Buenos Aires, donde predominan las construcciones de un piso algo descuidadas. Las calles son tranquilas y no es raro ver gente mayor sentada en la vereda, resguardándose del sol mientras los niños juegan al fútbol. El ocio y el comercio se concentran en la activa calle principal, de alrededor de quince cuadras, mientras el resto de la cuadrícula es predominante residencial, puntuado por la presencia ocasional de imprentas, talleres mecánicos y almacenes.



General Pacheco se fundó en 1927, en pleno proceso de migración campo-ciudad, y entre 1960 y 1980 tuvo el privilegio de alojar grandes industrias nacionales y extranjeras, como Téchni, Volkswagen, Ford y Kraft. 

A partir de los años noventa, los barrios privados empezaron a proliferar en el área y hoy sobrepasan el centenar. 

Según Alberto, funcionario del municipio, la población local está compuesta en su mayoría por familias de bajos ingresos, muchas de ellas procedentes del interior, que trabajan en industrias cercanas y en barrios privados, principalmente en Nordelta.



Empleadas domésticas en Nordelta
Las empleadas domésticas denunciaron una "estigmatización" por parte de los residentes de Nordelta.

Durante la primera década del siglo XXI, los encuentros de los nordelteños con los residentes extramuros no se limitaron a esos momentos fugaces o críticos. Su ideal de autosuficiencia ha sido siempre una aspiración lejana, y dado que Nordelta no les proveía en sus comienzos lo necesario para vivir, dependían de las redes locales. Para realizar la visita médica de rigor o asistir al último estreno teatral iban a Buenos Aires; para edificar sus hijos acudían a colegios prestigiosos situados en áreas cercanas como Olivos, Martínez y Tigre; para acceder a bienes y servicios tenían que conformarse con lo que el entorno ofrecía. Así, contrariamente a la idea central del proyecto, durante los primeros años los nordelteños tuvieron que involucrarse con sus vecinos de extramuros.

Rubén es periodista y trabaja para uno de los principales diarios del país. Ha vivido en Nordelta desde 2002. En 2004 fundó Gallaretas, una exitosa web de noticias locales que luego devino en revista impresa ampliamente distribuida y comentada. Es una persona aguda e inteligente y sabe más sobre Nordelta que cualquier otra que haya conocido. Dice que los countries no son lugares aislados, como se suele pensar, ni tampoco podrían serlo:



Las rejas no separan, establecen un límite y punto. Hay un flujo de gente que va y viene, que trabaja de un lado y del otro. Para las compras cotidianas, obviamente en estos lugares no tenés todo el abastecimiento completo, entonces tenés que ir a Tigre, a Benavídez o a Pacheco.

El hecho de tener que recurrir al entorno no significa que los nordelteños se sientan cómodos allí. Otro residente, Rodrigo, describe su relación con los habitantes de Pacheco como "realmente desagradable". Llegó en 2002 al barrio Castores y gracias a sus habilidades sociales, su tiempo libre -está jubilado- y su predisposición a ayudar a otros se ha dedicado a resolver dudas y problemas de sus vecinos. Un día, mientras conversábamos acerca de sus primeros años en Nordelta, recordó lo incómodo que le resultaba depender de Pacheco:



Mirá la ruta y las villas. ¡Nosotros salíamos arrancando! Imagínate: vos vas a comprar a un almacén que era una fonda y te encontrás comprando porciones de huevos con los villeros, viste... Bueno, y el BMW estacionado afuera, es un poco increíble, ¿ves?.

Huelga decirlo: en las casas de los nordelteños abundan fotografías de los propietarios en Brasil o Nueva York, pero ninguna imagen captura su presencia en los alrededores del proyecto.



Para evitar ir a Pacheco, los residentes planifican sus salidas y algunos mandan a las trabajadoras domésticas a hacer las compras. Esto último supone un beneficio adicional, porque si fueran ellos, probablemente les saldría más caro. 

"Siempre voy a comprarles carne, porque si van ellos les cobran de más", me contó Luis, un jardinero que trabaja en Castores. Todas las personas tienen múltiples identidades, que varían según el contexto y quienes tengamos en frente, y en Pacheco y alrededores Nordelta se lee en términos de clase. Por eso los nordelteños ocultan su identidad territorial. "Si quiero pedir un presupuesto para algo, digo Tigre, porque vos decís Nordelta y automáticamente ya está, diferente presupuesto. No entiendo por qué, la mayoría de Nordelta no es gente súper multimillonaria, la mayoría te diría que es gente normal", suspira Julieta, confesando una estrategia común a muchos propietarios. Claudia cuenta: "Una vez llamé a un plomero que le hizo un buen trabajo a mi hermana, que vive en un departamento. Cuando yo lo llamé me cobró el triple y le pregunté por qué. ¿Sabés qué me contestó el tipo? "Bueno, porque todo por vivir en Nordelta sale más caro".

Hay también propietarios para quienes las diferencias son tan irreconociliables que se niegan a interactuar con la gente de Pacheco: "Son barrios humildes. Cuando vos ingresás tenés casitas muy humildes, un montón de chacras, un arroyito y gente muy, muy, muy humilde, pero nada más, ¿viste? Aquí las personas están muy asustadas y no quieren nada con Pacheco o las Tunas", comenta Julieta. "¿Por qué crees que pasa eso?", pregunté. "Yo llevé a una amiga a las Tunas y me dijo: yo acá no vuelvo nunca más. Terror, terror tenía. Y eso que la llevaba yo. Si va con su auto se queda paralizada. 'Me mudé a Nordelta para no correr riesgos, yo acá no vuelvo más', me dijo". Comentarios como este no son inusuales. Recuerdo especialmente la respuesta de Antonia cuando le pregunté si había ido a Pacheco o a Tigre: "Fui un par de veces a Pacheco, pero no me gusta... Es muy feo, ¡las caras que ves!".



Vivir en un barrio cerrado es la novedad de octubre de la editorial Siglo XXI.
Vivir en un barrio cerrado es la novedad de octubre de la editorial Siglo XXI.

Estas diferencias sociales se reflejan en el contraste entre el barrio privado, en perfecto estado de mantenimiento, y sus alrededores, dilapidados.

 La blanquitud no se produce en Nordelta, sino en el sistema socializado que es el fundamento de la cultura argentina: una jerarquía en apariencia binaria que descansa, de una parte, en un lugar de peligro y, de otra, un objeto de deseo. 



Una vez, cuando salía de una planta de tratamiento de residuos cerca de Nordelta, una mujer me pidió que la grabara con mi cámara. "¿Están lindos los chicos de Londres, no?", me preguntó. "Mirá vos, yo trabajando acá. ¡Me quiero conseguir uno!". La enfoqué y se presentó como en un casting de televisión: "Hola, tengo 30 años, me llamo Karina, vivo acá en Tigre y quiero que me venga a buscar". "Okey", respondí riendo, "veré si te consigo algo. ¿Alguna preferencia?". "¿Son todos rubios ustedes, ¿no?", me preguntó, también riendo. 

**



Sobre Ricardo Greene

Ricardo Greene es sociólogo, magíster en Desarrollo Urbano y doctor en Antropología por Goldsmiths, University of London. Investiga temas de élite, nuevas ruralidades, racismo, visualidades, extractivismo y objetos domésticos, y ha producido artículos, exposiciones, videos y cortometrajes. Es director de la editorial de estudios urbanos Bifurcaciones, de la plataforma audiovisual CinEducación y del proyecto cronofotográfico Esto Es Talca, así como miembro fundador del colectivo Cosas Maravillosas. Ha ejercido la docencia en Chile, la Argentina, Alemania, Inglaterra y Uruguay, y realizado residencias de investigación en la Universidad Iberoamericana de México y la Universidad de Ghana. Es investigador asociado en la Universidad San Sebastián, sede Patagonia (Chile).

Logo de Google
Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos.
+ Agregar

En esta nota