Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Disney Plus y YouTube.
1. Serie para ver en Netflix: El jardinero
Este thriller psicológico español, estructurado en seis episodios, destaca por su intensidad dramática y capacidad para generar tensión sostenida. Su ritmo y atractivo visual lo convierten en una propuesta ideal para ver en maratón.
Elmer (Álvaro Rico), un joven con amplios conocimientos sobre botánica, vive consagrado al vivero familiar. Su limitada habilidad para relacionarse con otras personas, lejos de ser una desventaja, resulta funcional a su verdadera ocupación: junto a su madre, La China Jurado (Cecilia Suárez), se dedica a cometer asesinatos por encargo, una actividad tan lucrativa como oscura. Gracias a su ausencia de empatía, Elmer ha llevado a cabo esta tarea sin escrúpulos... hasta que aparece Violeta (Catalina Sopelana). El joven se enamora de ella poco antes de descubrir que se trata de su próxima víctima. Incapaz de ejecutar el encargo, Elmer desafía la autoridad materna, amenazando con desestabilizar tanto el negocio como la relación de poder que su madre ha establecido.
A este núcleo dramático se suma otro personaje complicado, una madre doliente interpretada con solvencia por Emma Suárez, quien busca vengar la muerte reciente de su hijo, ocurrida tras su implicación con Violeta. Así, la serie introduce una red de relaciones marcadas por la pérdida, el control y la pulsión de venganza.
Si bien existen paralelismos con figuras maternas dominantes como la de Carrie (Brian De Palma, 1976), El jardinero se mantiene dentro de los límites del realismo, sin apelar a lo parapsicológico ni a lo sobrenatural.
La mexicana Cecilia Suárez, en uno de sus mejores trabajos, entrega una interpretación magnética: su aparente suavidad esconde una criatura venenosa, similar a una araña pollito, cautivante aun con su cojera. Álvaro Rico, ya conocido por su rol en Élite, puede no ser un actor de gran registro, pero su fuerte presencia —acentuada por unos intensos ojos azules— es aprovechada hábilmente por los directores Mikel Rueda y Rafa Montesinos. Destacan especialmente los silenciosos duelos de miradas entre madre e hijo, que, junto a toques de humor negro, aportan una dimensión de locura latente a su conflictiva relación.
Catalina Sopelana, en el rol de Violeta, ofrece una composición cargada de ambigüedad y magnetismo: una suerte de Caperucita Roja que atrae a lobos implacables. Su sensualidad contrasta con la contención emocional de Elmer, equilibrando el vínculo entre ambos.
La estética de la serie también merece mención: los jardines, vibrantes y llenos de color, crean un contraste con el trasfondo violento de la historia. La banda sonora incluye temas notables, entre ellos uno interpretado por Cass Elliot, que es abortado en medio de la exuberancia de su grito de libertad.
En suma, El jardinero ofrece una experiencia inquietante, visualmente atractiva y narrativamente envolvente. Una serie que bien vale la pena ver, aunque sea solo por el retorcido dúo entre el asesino y su madre.
Muy recomendada.
2. Película para ver en Disney Plus: Un completo desconocido
Con ocho nominaciones al Oscar, llega a plataformas este musical que retrata el vertiginoso ascenso de Bob Dylan en la escena folk de Nueva York a comienzos de los años 60. La película muestra cómo, con apenas 19 años, este joven músico de Minnesota —cuyo verdadero nombre es Robert Allen Zimmerman— pasó de ser un cantautor ignoto a llenar auditorios y encabezar rankings de popularidad.
La historia se inicia con su visita a Woody Guthrie, ícono del folk estadounidense y poeta de la clase trabajadora durante la Gran Depresión, tal como lo había retratado Hal Ashby en otro musical nominado para el Oscar a mejor película: Esta tierra es mi tierra (1976). Guthrie, internado y casi sin habla, parece simbólicamente pasarle la antorcha al joven Dylan luego de escucharlo interpretar una de sus composiciones.
Dylan llega a Nueva York en 1961 como un completo desconocido y se integra rápidamente a la ebullición del renacimiento del folk. Es un momento histórico cargado de tensión política: la Guerra Fría, el auge del movimiento por los derechos civiles y el inicio de la guerra de Vietnam. En ese contexto, el folk se vuelve refugio de voces progresistas como Guthrie (interpretado por Scoot McNairy) y Pete Seeger (Edward Norton, notable).
La música ocupa un rol protagónico en el film, no solo a través de Dylan, sino también de figuras como Joan Baez y Johnny Cash. El director James Mangold muestra todo el proceso musical: desde la escritura de letras y los ensayos en soledad, hasta las presentaciones en bares, festivales y estudios de grabación. Como en los musicales modernos, las canciones no son meros interludios: funcionan como extensiones emocionales de los personajes y comentarios sobre la acción. Dylan, en particular, se expresa más y mejor a través de su música. En coherencia con el espíritu del folk, los actores cantan con sus propias voces, resaltando que esas canciones "son de todos".
La creación y ejecución de su himno Blowin' in the Wind, una canción de protesta que plantea más preguntas que respuestas, lo pone bajo los focos de la opinión pública.
El punto de inflexión llega en 1963 con la interpretación de The Times They Are a-Changin' en el Newport Folk Festival. Allí, Sylvie (una encantadora Elle Fanning), su pareja, comprende que lo ha perdido: Bob ya no le pertenece a ella, sino a la fama y a sus seguidores, que corean el tema como si lo hubieran escuchado toda la vida. Dylan sonríe: ya no hay vuelta atrás.
Aunque el folk estaba asociado a causas de izquierda, también era un espacio con reglas estrictas. Esto se evidencia en 1965, cuando Dylan, convertido en la gran figura del movimiento, decide alejarse del sonido acústico tradicional. Ese año lanza Bringing It All Back Home, donde se acompaña de una banda, y poco después, el simple Like a Rolling Stone. Así nace el folk rock. Los organizadores del Newport Festival —Seeger incluido— temen que suba al escenario con instrumentos eléctricos, lo cual efectivamente sucede. Para Dylan, es una evolución natural: no quiere que nadie le dicte cómo hacer su música.
Aunque Dylan es el centro del relato, su figura permanece deliberadamente opaca. Ni sus relaciones afectivas ni sus decisiones artísticas terminan de revelar quién es. Lo poco que deja ver está en sus letras, aunque incluso ellas generan dudas sobre su autenticidad. Se trata de un joven que crea himnos que movilizan multitudes, pero cuya actitud personal parece más bien distante y apolítica. Su talento inmenso está al servicio de sí mismo, no de ningún movimiento social.
La película comienza con la llegada del "completo desconocido" a la ciudad y concluye de modo casi circular: Dylan se aleja en motocicleta tras una última visita a Guthrie, dejando en el aire el enigma de su identidad. No importa del todo, James Mangold ofrece suficientes razones para admirarlo, pero también para verlo como un egoísta sin redención.
Un completo desconocido permite sumergirse en la poesía de sus letras —no en vano Dylan ganó el Nobel de Literatura en 2016— y asistir a la consolidación actoral de Timothée Chalamet, quien abandona definitivamente su imagen de ídolo juvenil para ofrecer una interpretación compleja y justamente alabada por la crítica.
Con personajes magnéticos como la Joan Baez de Monica Barbaro, el Johnny Cash (interpretado por Boyd Holbrook, tema de otro musical dirigido por Mangold), el manager Albert Grossman (Dan Fogler) y el promotor Harold Leventhal (PJ Byrne), la película logra sostener su extensa duración y construir el retrato de un artista tan brillante como hermético, comprometido únicamente con su arte.
Imperdible.
3. Miniserie para ver en Netflix: Quién maneja los hilos: Tras la pista de los mayores impostores
Este documental británico reconstruye la historia de Robert Freegard, un estafador extraordinariamente hábil que logró embaucar a numerosas personas mediante elaboradas ficciones. En varios casos, convenció a sus víctimas de que era un agente secreto, una mentira que no solo le permitió ganarse su confianza, sino que convirtió en una rentable fuente de ingresos, acumulando cientos de miles de libras esterlinas. A lo largo de tres episodios, se presentan distintos casos que, aunque difieren en sus circunstancias específicas, comparten un mismo eje: la perturbadora capacidad de Freegard para manipular a los demás con gran destreza.
Así lo relatan, al menos, quienes fueron directamente afectados por sus engaños. Son estas voces las que dominan el relato: las de las víctimas y, en algunos casos, las de sus familiares. Uno de los testimonios más impactantes es el de una familia completamente desintegrada por la acción del estafador, quien logró enfrentar a sus miembros entre sí. En el centro de esta historia se encuentra una madre divorciada, con quien Freegard terminó escapando y a quien persuadió para cortar todo vínculo con su entorno. El guion relata esta experiencia desde la perspectiva de sus hijos, quienes aseguran haber intentado, sin éxito, contactarla durante años. También se incluye la voz del ex marido. Sin embargo, la perspectiva de la mujer —pieza clave en esta historia— permanece ausente excepto por un lacónico mensaje, dejando un vacío que pesa en el desarrollo narrativo.
El guion, hábilmente diseñado para captar el interés del público, alterna los testimonios con la línea argumental que da título a la serie: la "cacería" del estafador. Esta reconstrucción, realizada a posteriori, se apoya principalmente en entrevistas y dramatizaciones, ya que el material de archivo es escaso, tan escurridizo como el propio Freegard. La tensión alcanza su punto más alto durante un operativo en el aeropuerto de Heathrow, en el que la policía británica coordina un encuentro entre el estafador y un familiar de una víctima que debe entregarle un maletín lleno de dólares. La sensación de impotencia crece aún más al revelarse los obstáculos burocráticos que impidieron una actuación judicial más ágil. El resultado es un relato donde se combinan el drama personal y la indignación frente al sistema.
A lo largo del documental, el espectador se ve llevado a preguntarse cómo fue posible que tantas personas creyeran en engaños tan inverosímiles, y cómo pudieron entregar, sin mayor resistencia, su confianza, su dinero e incluso su libertad. Una obra intensa e inquietante que deja al descubierto tanto la vulnerabilidad humana como las fallas institucionales.
Recomendada.
4. Serie para ver en Netflix: Black Mirror
Las perturbadoras historias de ciencia ficción de Black Mirror están de regreso con una séptima temporada que, con seis episodios nuevos, recupera el tono ácido y provocador que hizo célebre a la serie. Luego de algunas críticas que acusaban a la serie de alejarse de sus raíces en el género de la ciencia ficción, esta nueva entrega vuelve a centrarse en futuros donde la tecnología se convierte en amenaza, y ya el primer episodio es una muestra clara del retorno al estilo más filoso de Charlie Brooker, su creador.
El capítulo inicial, titulado Una pareja cualquiera, sigue a Mike (Chris O'Dowd), quien, tras un accidente, firma con la empresa tecnológica Rivermind un contrato para mantener viva a su esposa Amanda (Rashida Jones) mediante un chip cerebral. El costo mensual del servicio, 300 dólares, parece razonable para asegurar una vida extendida, pero muy pronto se hace evidente que la letra chica del contrato esconde todo tipo de trampas. Una vendedora carismática, interpretada por Tracee Ellis Ross, revela que el plan básico incluye publicidad insertada directamente en el comportamiento de Amanda: sin saberlo, comienza a hacer recomendaciones de productos en situaciones cotidianas, como si sufriera un infomercial. Así, promociona cereales con miel mientras da clase sobre abejas o sugiere antidepresivos al notar la tristeza de su esposo. Las opciones para evitar estas interferencias existen, pero son cada vez más caras: el plan sin anuncios es costoso, y ni siquiera es definitivo, ya que se degrada automáticamente si no se contrata la versión Deluxe, con mejoras cognitivas.
Este sistema de suscripciones y actualizaciones parece una parodia directa de la estructura de planes que Netflix y otras plataformas han venido implementando, con aumentos de precio y versiones con publicidad. Que Black Mirror decida enfrentar este tema desde su primer episodio resulta tan pertinente como audaz. No es la primera vez que lo hace: ya en la temporada anterior, el episodio Joan is Awful ridiculizaba sin disimulo a una plataforma ficticia llamada Streamberry, claramente inspirada en Netflix. Ese humor ácido y autorreferencial vuelve a tener protagonismo.
Uno de los logros de esta temporada es que cada episodio gira en torno a una única premisa de ciencia ficción sólida, algo que recuerda a las primeras entregas de la serie, cuando el ingenio narrativo primaba sobre los efectos visuales. Una pareja cualquiera, por ejemplo, no necesita grandes despliegues técnicos para generar una atmósfera inquietante. Como en toda antología, hay capítulos más memorables que otros. Bête Noir, que explora la competencia despiadada entre trabajadoras de una empresa de chocolates, deja una impresión chocante, mientras que Apología, donde el excelso Paul Giamatti (Entre copas) revive memorias a través de fotografías en una estética que remite a Blade Runner, logra un impacto emocional más duradero.
En Hotel Reverie, el episodio protagonizado por Issa Rae, se presenta un futuro perturbador para la industria del cine: una actriz interactúa en un remake digital con coprotagonistas creados por inteligencia artificial, una idea tan inquietante como cercana a la realidad actual. Otro episodio retoma el universo de USS Callister, aunque la secuela —Bienvenidos a Infinity— no termina de justificar su existencia. Si bien una recapitulación al inicio ayuda a refrescar la memoria, resultan más interesantes los guiños que aparecen en otros episodios, como el regreso del nombre Streamberry o la reaparición de Will Poulter, protagonista del especial interactivo Bandersnatch, en el episodio Juego. Allí, interpreta a un diseñador que crea un videojuego adorable y, al mismo tiempo, devastador, protagonizado por animales simpáticos que ocultan un trasfondo siniestro.
La séptima temporada también brilla por el talento de su reparto. Cristin Milioti, Paul Giamatti, Emma Corrin y Peter Capaldi ofrecen actuaciones memorables, y este último destaca incluso por su inesperado cambio de imagen. La experiencia sigue siendo efectiva: historias concentradas, de una hora, que conmueven o incomodan, según el caso.
Muy recomendada.
5. Película para ver en YouTube: Narciso negro
No por nada es una de las películas favoritas de Pedro Almodóvar. Narciso negro adapta la novela homónima de Rumer Godden, publicada en 1939 y ambientada en el Himalaya bajo dominio británico. Un grupo de monjas anglicanas es enviado a establecer un convento en Mopu, en lo que solía ser un harén situado sobre un precipicio. La hermana Clodagh, interpretada por Deborah Kerr, lidera la misión enfrentándose tanto a las duras condiciones geográficas y culturales como a una creciente inestabilidad emocional que afecta a toda la comunidad. La presencia del señor Dean, un agente colonial de actitud cínica y desinhibida encarnado por David Farrar, intensifica los conflictos internos, en particular los de la hermana Ruth, cuya represión emocional desemboca en una crisis que precipita un trágico final. Farrar se pasea por el convento bronceado, en bermudas y con el pecho al aire, mientras los vientos calientes parecen elevar aún más la temperatura del ambiente y de las pasiones.
La dirección de Michael Powell y Emeric Pressburger da forma a una obra sensorial y simbólica, cumbre de la tendencia romántica en el británico, generalmente elogiado por su realismo, abriendo las puertas a directores como Ken Russell y Neil Jordan para que den rienda suelta a sus imaginaciones desbordadas.
Aunque situada en la India, la película fue completamente filmada en los estudios Pinewood del Reino Unido. Este entorno controlado les permitió a sus directores abandonar el naturalismo y crear una atmósfera de irrealidad que potencia la dimensión psicológica de la historia. La artificialidad deliberada de la puesta en escena colabora con la sensación de encierro, elevando el espacio a una dimensión alegórica.
El film funciona como una exploración del deseo, el inconsciente y lo reprimido, disfrazada de relato colonial. El convento instalado en un antiguo harén no es solo un escenario exótico, sino un espacio simbólico que encarna el choque entre la espiritualidad forzada y las pasiones latentes. A medida que las religiosas intentan imponer el orden, el lugar mismo parece devolverles espejados sus fantasmas. Esta tensión entre lo sagrado y lo carnal, entre la contención y el impulso, estructura el relato de principio a fin.
Deborah Kerr -especialista en roles de mujeres que contienen llamaradas pasionales bajo candado-, ofrece una interpretación marcada por la sujeción emocional, transmitiendo con sutileza el conflicto entre su vocación religiosa y los recuerdos de un amor pasado. Frente a ella, Kathleen Byron compone a la hermana Ruth con una intensidad que roza lo alucinatorio. Su descenso hacia la locura se convierte en uno de los retratos más inquietantes del cine británico de la época y anticipa el horror psicológico que Powell desarrollará en El fotógrafo del pánico (1960), film que dialoga con Psicosis de Alfred Hitchcock, y no sólo por haber sido estrenados el mismo año.
El personaje del señor Dean introduce una sexualidad desinhibida que actúa como catalizador del desequilibrio emocional de las protagonistas. El suyo es un retrato muy bien logrado de la histeria masculina La presencia de personajes como Kanchi, interpretada por Jean Simmons como una adolescente nativa hipersexualizada, resulta hoy problemática al reproducir clichés coloniales y orientalistas.
A pesar de ese mínimo reparo, Narciso negro se mantiene como uno de los ejemplos más logrados del cine como artificio visual. La labor del director de arte Alfred Junge, premiado con el Oscar, y las pinturas matte que reemplazan los escenarios reales, permiten construir una geografía más emocional que física. La fotografía de Jack Cardiff, también galardonada por la Academia, es central en esta construcción. El film explora, como pocos, las potencialidades del Technicolor, y se lo considera modélico en ese sentido.
Cardiff utiliza el color y la luz al modo expresionista, enfatizando los estados anímicos de los personajes: los rojos intensos, los verdes saturados y las sombras dramáticas se convierten en extensiones del mundo interior de las protagonistas. La imagen de la hermana Ruth con labios rojos y mirada desorbitada, al borde del abismo, resume esta estética al límite. Esos labios rojos fueron citados por Almodóvar en La habitación de al lado, cuando el personaje de Tilda Swinton embellece su boca para recibir a la muerte. La película entera fue una referencia clave para el director manchego en Entre tinieblas (1983), con sus monjitas entregadas a distintos goces.
En su estreno en 1947, Narciso negro fue elogiada por su audacia temática y su estilo visual. En plena posguerra británica, su fusión de erotismo contenido, psicología femenina y exotismo visual fue vista como provocadora. Aunque recibió monsergas de algunos sectores religiosos por retratar monjas atravesadas por el deseo, la crítica especializada la reconoció desde el principio como una obra mayor. A lo largo del tiempo, cineastas como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y Wes Anderson han destacado su influencia, sobre todo en el uso expresivo del encuadre y el color. Scorsese ha señalado que la película convierte el estado mental de los personajes en el espacio visible de la puesta en escena. Desde el feminismo, ha sido leída como una alegoría del deseo reprimido, la vigilancia del cuerpo femenino y la opresión institucional.
La teórica estadounidense Laura Mulvey, en su celebrado ensayo Placer visual y cine narrativo -sobre el cine clásico y como está constituido por la mirada masculina-, la ha considerado una excepción significativa, al centrarse no solo en el deseo femenino sino también en su represión y patologización. En paralelo, la crítica postcolonial ha señalado los estereotipos orientalistas que impregnan la representación del contexto y de los personajes nativos, concebidos más como esquemas que como sujetos.
Con el paso de las décadas, Narciso negro ha trascendido los condicionamientos de su época para convertirse en una obra ambigua, fascinante e inagotable. Es una fábula sobre la fragilidad de la fe frente al deseo, pero también una parábola sobre el colapso del racionalismo imperial. Su prestigio no ha hecho más que aumentar y sigue siendo objeto de estudio en cursos de cine, crítica feminista y estudios poscoloniales. Como afirma Scorsese: no es solo una película, es un estado mental.
Imperdible.
Nota: para acentuar su exotismo, la plataforma exhibe dos copias dobladas al español, lo que no impide admirar su aún sobresaliente fotografía.


