Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Max, Disney Plus y Mercado Play.
1. Miniserie para ver en Max: Cuando nadie nos ve
Esta miniserie española de ocho episodios —seis de los cuales ya han sido emitidos— está ambientada durante la Semana Santa de 2024 en Morón de la Frontera, un pueblo sevillano colindante con una base aérea estadounidense. La historia se sitúa en un entorno donde la tradición andaluza más arraigada convive en tensa armonía con el estilo de vida norteamericano.
En ese marco, Lucía Gutiérrez (Maribel Verdú), sargento de la Guardia Civil, investiga el suicidio de un vecino y ciertos sucesos inquietantes ocurridos durante la primera procesión de la Semana Santa. Paralelamente, Magaly Castillo (Mariela Garriga), agente especial del ejército de Estados Unidos, llega a la base militar para esclarecer la desaparición de un soldado, un caso que podría estar vinculado con los turbios negocios del coronel Seamus Hoopen (Ben Temple), máxima autoridad de la base. La acompaña el sargento Andrew Taylor (Austin Amelio), un reservado policía militar.
Con el desarrollo de ambas investigaciones, pronto se evidencian puntos de contacto entre los casos, que exponen una red mucho más compleja de lo previsto, implicando tanto a civiles del pueblo como a miembros de la base. En este sentido, el episodio cinco, narrado desde el punto de vista de Taylor, comienza a enlazar las pistas y misterios que hasta entonces parecían aislados.
La serie se sumerge en un universo dominado por distintos rituales: desde las procesiones religiosas hasta los militares, pasando incluso por un harakiri, componiendo una narrativa rica en atmósferas y sugerencias que los espectadores atentos sabrán captar, sobre todo si tienen en cuenta la promesa implícita del título.
Maribel Verdú imprime firmeza y presencia a su personaje, sosteniendo gran parte del peso narrativo; sin embargo, el guion limita sus posibilidades expresivas al exigirle rigidez e inexpresividad, lo que impide que aflore del todo la espontaneidad que caracterizan roles anteriores de su carrera. Aun así, se mueve con soltura entre los extremos que plantea el relato: el fervor religioso de la Semana Santa andaluza, la marcialidad del ámbito militar, una hija díscola y una suegra con Alzheimer.
El ritmo pausado, que puede desconcertar en un inicio, se convierte con el tiempo en una de las virtudes de la propuesta. Enrique Urbizu dirige con paciencia y precisión, permitiendo que los personajes respiren y se desmarquen de los estereotipos. Este tempo favorece especialmente las escenas que exploran la introspección y soledad de los protagonistas, revelando grietas bajo sus fachadas de devoción o disciplina.
Uno de los aspectos más sugerentes es el retrato del choque cultural, religioso y nacional: la tensión entre una Andalucía profundamente tradicional y la presencia militar extranjera se muestra con sensibilidad y sin caer en el cliché, beneficiándose de un reparto internacional que enriquece la narración. Mariela Garriga, actriz cubana, y Austin Amelio, estadounidense, añaden matices que potencian la dimensión intercultural de la serie. Aunque no se alcanza una profundidad psicológica sobresaliente, sí se logra transmitir la complejidad del entorno que habitan.
Más intrigante e interesante que simplemente entretenida, Cuando nadie nos ve representa una propuesta distinta dentro de la industria cultural española.
Recomendada.
2. Miniserie para ver en Netflix: Chicas desaparecidas: El asesino en serie de Long Island
Este documental en tres episodios, dirigido por Liz Garbus (¿Qué sucedió con Miss Simone?), busca dar voz a las mujeres cuyas desapariciones pasaron desapercibidas durante casi dos décadas. Desde 1993 hasta 2011, decenas de mujeres —en su mayoría trabajadoras sexuales— se esfumaron en el área de Long Island, y muchas de sus historias jamás fueron contadas... hasta ahora.
Garbus opta por centrar la narrativa en las víctimas y sus familias, evitando que el foco recaiga en el asesino. Así, el documental se convierte en un recordatorio crudo y estremecedor de las vidas truncadas bajo la denominación "asesinatos de Gilgo Beach", al mismo tiempo que da lugar a los testimonios dolorosos de familiares y amigos que aún buscan respuestas.
A través de los relatos de los allegados de Maureen Brainard-Barnes, Megan Waterman, Melissa Barthelemy y Amber Costello —conocidas como "las Gilgo Four"—, la serie construye un retrato sensible y devastador. Desde el hallazgo de sus restos, se descubrieron al menos once cuerpos más hasta 2011, un número que sacude al espectador mientras se revela la desidia de las autoridades y la corrupción institucional que agravó el sufrimiento de las víctimas y sus familias.
Aunque el caso tuvo un giro en 2020 con el arresto de Rex Heuermann, presunto responsable de los crímenes (y cuyo juicio aún continúa), el documental va mucho más allá del hecho policial. Denuncia el abandono sistemático hacia mujeres marginadas por su ocupación y cómo eso influyó en la falta de acción por parte de la policía, los medios y la sociedad en general.
Sin embargo, en medio de tanta oscuridad, brillan las familias de las víctimas. Garbus logra captar con gran sensibilidad la fuerza y la emoción de quienes lucharon durante años contra los prejuicios, sin perder la esperanza de obtener justicia. Esa resistencia emocional es, sin dudas, lo que da alma y profundidad a esta serie.
Uno de los ángulos más inquietantes del documental es el papel que jugó la corrupción policial. La obstrucción de la investigación por parte del fiscal Tom Spoda y el jefe de policía Jimmy Burke revela cómo una red de impunidad puede enterrar la verdad durante años. Burke, quien resultó ser un criminal infiltrado en las fuerzas del orden, fue condenado a 46 meses de prisión. Spoda, por su parte, recibió cinco años por encubrir sus delitos y obstaculizar la justicia.
El documental, siempre atractivo en su desarrollo, arroja luz sobre un caso largo tiempo ignorado y deja en evidencia lo que ocurre cuando la corrupción y el prejuicio se anteponen a la justicia.
Muy recomendada.
3. Miniserie para ver en Disney Plus: Good American Family
Esta miniserie está basada libremente en el impactante caso real de Natalia Grace, una niña ucraniana con una rara forma de enanismo cuyo caso acaparó la atención mediática en Estados Unidos por sus insólitos y perturbadores giros. Aunque fuera de ese país el caso tuvo menor repercusión, ha inspirado documentales y ahora esta ambiciosa ficción que explora la delgada línea entre la verdad y la percepción manipulada.
La historia se sitúa en 2019, cuando Kristine Barnett (Ellen Pompeo), figura pública reconocida por su trabajo con su hijo autista Jacob —tema de un exitoso libro que escribió—, es arrestada de forma abrupta en medio de una charla pública, acusada de poner en peligro a un menor. El motivo: Natalia, su hija adoptiva, habría sido abandonada sola en un departamento. Ante la mirada atónita del público, Kristine exclama con furia: "¡Esa perra quería matarme!", frase que establece desde el inicio el tono provocador de la serie. Creada por Katie Robbins (Sunny), la miniserie plantea desde el primer episodio un choque radical entre dos versiones: la de una madre ejemplar enfrentada a una hija aparentemente siniestra.
Gran parte de los primeros episodios transcurre en 2010, cuando Kristine y su esposo Michael (Mark Duplass) reciben una llamada urgente de una agencia de adopción: Natalia Grace necesita ser adoptada de inmediato. A pesar de ciertas señales de alarma —como la repentina exigencia de 7.000 dólares por cirugías previas al trámite— la pareja acepta sin demasiadas preguntas. Pronto, Kristine empieza a sospechar que Natalia no es realmente una niña de 7 años, sino una adulta que se hace pasar por menor: presenta vello púbico, menstrua y comienza a mostrar un comportamiento errático e incluso violento. Mientras Kristine profundiza su investigación, convencida de que Natalia representa una amenaza, Michael opta por una postura más protectora, interpretando la conducta de la niña como producto de traumas previos.
Cada episodio arranca con un aviso legal que advierte que la historia dramatiza distintos puntos de vista, incluye hechos ficcionalizados y no pretende ser una reconstrucción objetiva. Esta ambigüedad se sostiene en gran parte del relato, que alterna las versiones confrontadas de Kristine y Michael, dejando siempre una atmósfera de duda flotando en el ambiente. La serie incluso establece paralelismos con la película La huérfana (2009), thriller en el que una mujer adulta finge ser una niña para infiltrarse en una familia estadounidense, insinuando que Kristine pudo haber sido influenciada por esta historia cinematográfica, proyectándola en su vida con consecuencias devastadoras.
Uno de los aspectos más llamativos de Good American Family es su estética entre irónica y excesiva. La fotografía saturada de luz, los decorados meticulosamente suburbanos —que remiten al universo de Amas de casa desesperadas— y el trazo grotesco de los personajes refuerzan el carácter ambiguo y paródico del relato. La joven debutante Imogen Faith Reid interpreta a Natalia con una mezcla de ferocidad e inocencia perturbadora: su dentadura recuerda la de una barracuda y su melena, enmarañada como la de una Gorgona, acentúa su misterio. Mark Duplass compone un padre de gestualidad risible, mientras que la madre —de cabellera dorada como barbas de choclo— proyecta una imagen angelical que transforma miradas suaves en dementes cada vez que la niña se descontrola.
El guion coquetea con elementos del thriller psicológico y de terror, ambientado en un entorno de orden doméstico que busca, paradójicamente, calmar culpas y ocultar monstruosidades.
Hasta la mitad de sus ocho episodios, la serie mantiene un nivel de intriga sostenido, combinando sátira, tensión y ambigüedad moral. Good American Family no solo entretiene, sino que también cuestiona las narrativas que elegimos creer, mientras juega con los límites entre realidad y ficción.
Recomendada.
4. Miniserie para ver en Netflix: Manual para señoritas
Madrid, década de 1880. Elena Bianda (Nadia de Santiago) no ha tenido tiempo para enamorarse... porque ha estado demasiado ocupada arreglándoles la vida amorosa a los demás. Como dama de compañía profesional —algo así como una celestina de alto nivel con buenos modales— lleva años ayudando discretamente a jóvenes señoritas a encontrar la felicidad conyugal. Tal currículum impresiona a Pedro Mencía (Tristán Ulloa), quien decide contratarla para que tome las riendas de la educación sentimental de sus tres hijas: Cristina (Isa Montalbán), Sara (Zoe Bonafonte) y Carlota (Iratxe Emparán). Porque claro, ¿qué podría salir mal?
Con una mezcla de temple victoriano y tacto casi maternal, Elena cree que puede con todo. Pero la teoría choca rápidamente con la práctica: cuidar adolescentes nunca fue tarea fácil, menos aun cuando vienen en combo. Y, por si fuera poco, en el proceso deberá lidiar con sus propios dramas internos, que desentonan bastante con su fachada de compostura y serenidad.
Lo curioso de Manual de una dama de compañía es que su protagonista no está desesperada por encontrar el amor, sino que se dedica a gestionarlo para otros, como una especie de Cupida S.A. Hay algo de Emma en el aire —la clásica casamentera de Jane Austen— pero sin tanto ego ni tanta interferencia. Elena observa más que se entromete, y aunque la serie apenas roza temas como la discriminación o los límites entre clases sociales, deja flotando alguna que otra reflexión entre romance y romance.
Eso sí, esta producción no vino a dar cátedra. Su objetivo es claro: ofrecer un pasatiempo agradable. Y lo hace con enredos sentimentales, momentos incómodos (pero entrañables) y un tono irónico que nunca llega a ser cínico. A veces rompe la cuarta pared con guiños pícaros que recuerdan que esto no debe ser tomado demasiado en serio. Todo pensado para un público que disfruta de placeres ligeros, del tipo Bridgerton.
Lo que brilla es la puesta en escena: decorados elegantes, campos bañados en luz dorada, vestuario digno de un catálogo de época y un elenco que luce perfecto incluso cuando sufre. Nadia de Santiago lidera con encanto relajado, y el resto del reparto acompaña sin robar protagonismo (ni desafinar).
¿Es tan refinada como una producción inglesa? No. ¿Lo intenta? Tampoco. Pero ahí está su gracia: en su desparpajo, su ritmo veloz y sus tres episodios que se consumen durante un té con masitas.
Recomendada.
5. Película para ver en Mercado Play: Alcatraz: Fuga imposible
Fuga de Alcatraz, tal el título de estreno en los cines argentinos, es un film dirigido por Don Siegel en 1979 y que constituye una pieza fundamental dentro del cine carcelario y del thriller psicológico, basado en hechos reales y centrado en la figura de Frank Morris (Clint Eastwood, en una de sus mejores composiciones).
El guion relata con sobriedad y precisión el intento de fuga de Morris y los hermanos Anglin de la prisión de Alcatraz, una de las más infames del sistema penitenciario estadounidense, ubicada en una isla en la bahía de San Francisco. A través de una narrativa contenida, sin recurrir al sensacionalismo ni a una glorificación del acto de escapar, Siegel construye una atmósfera opresiva donde la rutina, el silencio y la vigilancia constante revelan el verdadero antagonista: una institución que despoja a los internos de toda individualidad.
La dirección de Siegel se destaca por su austeridad formal y su eficacia narrativa. Con una carrera marcada por el cine negro y de acción, y tras colaboraciones previas con Eastwood en títulos como Harry el sucio (1971), Siegel opta aquí por un tono más introspectivo y cercano al realismo, alineado con las sensibilidades del Nuevo Hollywood.
La película se aproxima al cine de fugas con una perspectiva sobria que recuerda a La evasión (Jacques Becker, 1960) o El gran escape (John Sturges, 1963), pero a diferencia de estas, evita tanto el heroísmo como la épica, apostando por una visión más seca y existencial del deseo de libertad.
Clint Eastwood, en uno de sus trabajos más contenidos, interpreta a Morris con un lenguaje corporal controlado, transmitiendo la inteligencia y resolución del personaje a través de gestos mínimos. Su actuación, lejos del histrionismo, encarna una forma de resistencia silenciosa frente al sistema. A su alrededor, un elenco sólido, que incluye a Patrick McGoohan como el alcaide y a Fred Ward como uno de los hermanos Anglin, refuerza el tono de sobriedad y realismo. McGoohan, en particular, ofrece una interpretación fría y calculadora que subraya la impersonalidad de la autoridad carcelaria.
En su estreno, la película fue bien recibida por la crítica. Roger Ebert elogió su economía narrativa y su capacidad para generar tensión sin depender de artificios, mientras que Vincent Canby subrayó la eficacia del enfoque de Siegel y la expresividad contenida de Eastwood.
Con el paso del tiempo, Fuga de Alcatraz ha ganado reconocimiento como una obra esencial dentro del subgénero carcelario, destacada por su estilo minimalista, su atención al detalle y su capacidad para plantear una crítica implícita a la lógica punitiva del sistema penitenciario. La película se presenta no solo como un relato de escape, sino como una reflexión sobria sobre la dignidad humana en condiciones de encierro absoluto.
Muy recomendada.


