Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO MAX y Prime Video.
1. Serie para ver en Netflix: En el barro
La segunda temporada de En el barro retoma la historia en los pasillos grises de la prisión femenina La Quebrada, menos colorida y sin los filos cabareteros de la primera: han prohibidos los celulares y las chicas no pueden venderse por Tik Tok o Instagram. El eje narrativo vuelve a Gladys Guerra (Ana Garibaldi), que intenta rehacer su vida en libertad condicional trabajando en un supermercado para asegurarle un futuro más digno a su nieto. Pero una venta de drogas falla, la policía la arresta otra vez y regresa al encierro que había logrado abandonar. Allí la esperan la Gringa Casares (Verónica Llinás), líder brutal del pabellón; la Zurda (Lorena Vega), antigua jefa caída en desgracia; Nicole Garcia (Eugenia «La China» Suárez), prostituta de lujo acusada de lavado de dinero; y otras mujeres como Solita (Camila Peralta), Yael Rubinal (Carolina Ramírez) y Helena (Julieta Ortega), cada una atrapada en sus propios dramas.
La nueva directora, Beatriz Lanteri (Inés Estévez), intenta gobernar con vigilancia calculada, mientras la Gringa Casares impone una jerarquía de miedo y violencia. Las internas participan en operaciones criminales externas, como un grupo que sale de noche a drogar turistas para robarles, mostrando que la prisión no es un espacio de clausura sino un nodo de redes delictivas. La alianza posible entre Gladys y La Zurda late como una chispa peligrosa que podría alterar ese orden impuesto.
El elenco coral encarna identidades moldeadas por la necesidad. Nicole García, protegida y prisionera de la Gringa, vive un romance clandestino con Solita que vuelve peligrosa la intimidad. Yael Rubinal trafica drogas ocultas en juguetes donados a niños, transformando la caridad en supervivencia. Helena (Julieta Ortega), ex profesora de historia, intenta salvar el futuro de su hijo desde el encierro, fruto de una relación con un alumno mejor de edad, y es un ejemplo de que la clase social se evapora cuando las rejas se cierran. Todas estas figuras se mueven en una danza de sacrificios y traiciones donde cada decisión deja cicatrices visibles.
El guion también explora la corrupción estructural más allá de la cárcel. Un funcionario como Antin (Gerardo Romano, puteando cada dos minutos y reproduciendo el dicho del dictador Videla sobre los desaparecidos) manipula el sistema penitenciario desde el poder político, mezclando seguridad nacional con narcotráfico y secuestros. La prisión, pensada como contención, se convierte en una fábrica de crimen organizado. En este universo, uniformes y mafias se confunden como máscaras intercambiables de una misma maquinaria oxidada.
El tono en general es más apocado y oscuro que en la temporada anterior. Con varios estallidos de violencia bien orquestados y numerosos desnudos, la serie destaca por su ritmo y el entretenimiento que ofrece. Su punto más alto son las interpretaciones: Esteves excelente como siempre, y Llinás componiendo un personaje tan grotesco que recuerda su paso por el mundo de Antonio Gasalla. Locomotora Oliveras tiene momentos enternecedores y la China Suarez cumple, no solo a través de su belleza sino como actriz
Muy recomendada.
2. Miniserie para ver en HBO Max: Mel Brooks: ¡El hombre de 99 años!
Mel Brooks, nacido Melvin Kaminsky en 1926 en Brooklyn, es uno de los arquitectos fundamentales de la comedia estadounidense del siglo XX. Hijo de inmigrantes judíos, creció en un hogar marcado por la muerte temprana de su padre y por la precariedad económica de la Gran Depresión, experiencias que moldearon su impulso creativo. Combatió en la Segunda Guerra Mundial como ingeniero, trabajó luego en el circuito del Borscht Belt y en televisión junto a Sid Caesar, y con el tiempo se convirtió en un creador total como guionista, director, productor y actor. Dueño del raro estatus EGOT, Brooks transformó la parodia en una herramienta crítica con películas como Locuras en el oeste y El joven Frankenstein, donde el humor grotesco y la sátira cultural dialogan con su identidad judía y su obsesión por ridiculizar el poder. En nuestro país su primer gran éxito lo tuvo con El super agente 86, serie que creo junto con el humorista Buck Henry.
El documental en dos episodios, dirigido por Judd Apatow y Michael Bonfiglio, intenta capturar un siglo de risas y contradicciones en un fresco de cuatro horas. La película adopta una estructura cronológica que sigue a Brooks desde su infancia en Brooklyn hasta su longevidad creativa, alternando entrevistas actuales con archivos televisivos, radiofónicos y domésticos. El montaje repite anécdotas contadas por Brooks en programas de Johnny Carson o Dick Cavett, revelando cómo el recuerdo, como un viejo chiste, se pule con el tiempo mientras el cuerpo envejece. Apatow como miembro de la Nueva Comedia Estadounidense de los años 2000, aparece en pantalla como admirador y entrevistador, tratando de desarmar la máscara pública del comediante para encontrar al hombre detrás del gag.
El guion subraya que la comicidad de Brooks nació de la herida. La muerte de su padre, la participación en la guerra desactivando minas, y la feroz competencia en el equipo de guionistas de Your Show of Shows junto a Sid Caesar, Larry Gelbart y Neil Simon, aparecen como motores de ansiedad y creatividad. La comedia surge como escudo ante el vacío, como una alquimia que convierte trauma en carcajada. El documental muestra cómo la rutina del Carl Reiner y Brooks, The 2000 Year Old Man, le dio independencia económica y voz propia, permitiéndole abandonar el anonimato de la escritura colectiva.
Otro eje es la vida afectiva que sostuvo su carrera. Reiner aparece como amigo y figura paterna, mientras la gran Anne Bancroft surge como el gran amor y sostén de su vida, con quien compartió cuarenta años de matrimonio y proyectos como Ser o no ser. Tras la muerte de Bancroft, Brooks describe la soledad como una habitación que todavía conserva ecos. El documental muestra cómo el humor, lejos de negar el dolor, funciona como un bálsamo que permite sobrevivir al duelo.
Finalmente, se explora la influencia cultural de Brooks y su rol como protector de otros cineastas a través de Brooksfilms, respaldando a directores como David Lynch en El hombre elefante o David Cronenberg en La mosca. También recuerda su regreso triunfal a Broadway con Los productores y testimonios de comediantes contemporáneos como Dave Chappelle y Sarah Silverman. A sus 99 años, Brooks aparece como un reloj obstinado que se niega a detenerse, usando el trabajo diario como antorcha contra la noche, y dejando una idea simple pero luminosa: la risa puede ser una forma de resistencia, una chispa que desafía al olvido incluso cuando la muerte está golpeando a tu puerta.
Muy recomendada
3. Película para ver en Netflix: Ghislaine Maxwell: Asquerosamente rica
Este documental reconstruye el entramado criminal que rodeó a Ghislaine Maxwell y al millonario estadounidense Jeffrey Epstein, condenado en 2019 por explotación y abuso sexual de numerosas víctimas menores de edad. La serie expone cómo Maxwell actuó como reclutadora y organizadora dentro de la red, captando jóvenes para Epstein y facilitando encuentros con hombres poderosos. Tras la caída de Epstein, Maxwell fue acusada de conspiración y condenada en 2022, convirtiéndose en la figura central del relato judicial que la serie sigue paso a paso, entre testimonios de víctimas, archivos mediáticos y reconstrucciones del caso.
El documental también ofrece un perfil biográfico de Maxwell: hija del magnate mediático Robert Maxwell, creció rodeada de privilegios y poder, cultivando una vida de alta sociedad en Nueva York, Londres y Palm Beach. Su imagen pública de filántropa elegante, vinculada a proyectos oceanográficos y eventos benéficos, contrastaba con su papel en la red de Epstein. La serie muestra cómo su carisma y acceso a círculos exclusivos la convirtieron en una intermediaria eficaz entre riqueza, política y celebridad, presentando a Maxwell como una figura clave en la maquinaria de seducción y silencio que sostenía el sistema.
Entre esas conexiones aparece su relación con miembros de la élite internacional, incluido el príncipe Andrew, cuya amistad con Epstein y Maxwell generó un escándalo global. Fotografías públicas, encuentros sociales y testimonios vincularon al príncipe con el entorno de Epstein, lo que derivó en investigaciones y controversias mediáticas que dañaron su reputación y su rol dentro de la monarquía británica. El guion aborda estas relaciones como parte de una red más amplia de poderosos empresarios, políticos y celebridades, mostrando cómo el prestigio social funcionaba como escudo y moneda de intercambio.
En términos formales, la producción sigue la estructura clásica de los documentales sobre crímenes de alto perfil: reconstrucción cronológica, entrevistas con víctimas y especialistas, abundante material de archivo y cobertura detallada del juicio. La narrativa intenta mantener una postura neutral, incluso cuando los hechos resultan abrumadores, mostrando también facetas aparentemente humanas de Maxwell, como su sociabilidad o sus proyectos benéficos, solo para confrontarlas de inmediato con la gravedad de los delitos investigados.
Recomendada.
4. Serie para ver en Netflix: E.R., emergencias
ER fue como una sala de urgencias convertida en ópera coral: bisturíes como violines, monitores cardíacos marcando el ritmo de un drama humano que nunca se apagaba. Creada por Michael Crichton y producida por figuras como Steven Spielberg y John Wells, la serie emitida entre 1994 y 2009 acumuló 15 temporadas y 331 episodios, una cifra que no solo habla de longevidad sino de influencia. Su mérito principal fue combinar espectáculo y precisión: urgencias médicas verosímiles, rodaje con cámara steadicam vertiginosa, y guiones que trataban racismo, VIH, pobreza, adicciones, violencia doméstica, ética médica o la burocracia hospitalaria con una intensidad casi documental.
El primer gran rostro del fenómeno fue George Clooney, cuyo Dr. Doug Ross convirtió la empatía en sex appeal. Clooney aportó humanidad a un personaje impulsivo y compasivo, y su salida en la quinta temporada no debilitó la serie, sino que marcó su madurez narrativa. La despedida de Ross simbolizó el tránsito de ER de vehículo estelar a drama coral pleno: los médicos envejecían, cambiaban, cometían errores, y el hospital seguía latiendo como un organismo colectivo. La serie demostró que podía sobrevivir a la pérdida de su figura más famosa porque su verdadero protagonista era el sistema sanitario y la fragilidad humana.
En ese relevo silencioso brilló Noah Wyle, cuya evolución como John Carter fue uno de los arcos más ricos en la historia de la televisión. Carter comenzó como un interno idealista, se convirtió en médico brillante, cayó en la adicción tras una agresión, buscó redención en África, y terminó como mentor. Su trayectoria reflejaba la tesis secreta de la serie: la medicina no salva a nadie del dolor, pero enseña a convivir con él. Wyle construyó un personaje que envejecía con el público, mostrando que el heroísmo cotidiano está hecho de dudas, recaídas y pequeñas victorias.
ER también fue un laboratorio social. En plena década de 1990 habló del VIH sin eufemismos, de la violencia armada en Chicago, de la inmigración sin seguro médico, del burnout de los profesionales de la salud. La cámara recorría pasillos como si persiguiera fantasmas, y cada episodio preguntaba cuánto vale una vida en un sistema saturado. Esa mezcla de espectáculo y conciencia ética influyó en dramas posteriores, desde Grey's Anatomy hasta la reciente The Pitt, que tiene a Wyle como protagonista y retoma la idea del hospital como microcosmos social donde cada paciente es una novela comprimida.
Muy recomendada.
5. Película para ver en Prime Video: Sunday Bloody Sunday
Tal el título original de Dos amores en conflicto, cuya trama gira en torno al compromiso sexo afectivo y su ausencia, explorando un triángulo amoroso donde el deseo no coincide con la estabilidad ni con la promesa de permanencia. Un médico judío maduro y una mujer divorciada comparten el amor de un joven artista incapaz de elegir, y el film convierte esa situación en una indagación ética sobre la tolerancia, la soledad y la negociación emocional. El director John Schlesinger (Darling, Perdidos en la noche) no condena ni absuelve: observa cómo el afecto puede coexistir con la infidelidad y cómo el amor adulto exige aceptar fisuras inevitables.
El realismo de este drama se construye con detalles cotidianos que devuelven la textura de Londres en 1971, una ciudad gris y en mutación, todavía marcada por la moral victoriana pero atravesada por la revolución sexual y la crisis económica. Consultorios, cafés, cenas familiares incómodas, oficinas de empleo y departamentos modestos forman el paisaje emocional donde los personajes se debaten entre tradición y libertad. Schlesinger filma los silencios con la misma intensidad que los diálogos, dejando que la incomodidad y el paso del tiempo revelen el desgaste de los vínculos.
El elenco sostiene la película con interpretaciones de gran sutileza. Peter Finch compone al doctor Hirsch con una dignidad vulnerable, mostrando el dolor sin exhibicionismo. Glenda Jackson encarna a Alex como una mujer independiente y herida, capaz de ironía y ternura en la misma escena. Murray Head aporta al joven Bob una irresponsabilidad seductora que vuelve comprensible su egoísmo. Entre los tres surge una química compleja donde nadie es culpable absoluto, solo seres humanos intentando amar.
La película fue nominada a cuatro premios Oscar, incluidos mejor actor, actriz, director y guion original, reconocimiento que confirmó su importancia como ejemplo de drama adulto. Su audacia incluyó uno de los primeros besos entre hombres en una película mainstream, interpretado por Finch, un gesto filmado con naturalidad que desafió tabúes sin subrayados ni provocación gratuita. En ese momento histórico, el gesto fue una grieta luminosa en el muro de la censura cultural, un acto sencillo que resonó con fuerza política.
La crítica elogió su honestidad emocional. La crítica estadounidense Pauline Kael destacó su sensibilidad, y el mismo Luchino Visconti celebró la elegancia con que trataba las relaciones contemporáneas sin escándalo ni moralina. El film mostraba que el cine podía hablar de bisexualidad, deseo y frustración cotidiana con la misma delicadeza con que antes hablaba de tragedias aristocráticas. Schlesinger convertía lo doméstico en un drama universal, como si cada conversación fuese una escena de cámara en una ópera íntima.
El final introduce otra innovación memorable: la ruptura de la cuarta pared. El personaje de Finch mira directamente a la cámara y reflexiona sobre el amor perdido, rompiendo la ilusión narrativa para compartir su intimidad con el espectador. Ese gesto crea una complicidad inesperada, como si el film nos invitara a admitir nuestras propias ambivalencias. No es un truco formal, sino una confesión que transforma la pantalla en espejo.
Hoy Dos amores en conflicto tiene una relevancia insospechada, y permanece como una obra de gran madurez emocional, donde el amor es negociación constante y la soledad no desaparece con el deseo. Schlesinger filmó la fragilidad humana con ternura lúcida, dejando un retrato de la vida adulta que aún respira con verdad, como una carta escrita en tinta que no se borra aunque el tiempo pase.
Imperdible.


