Series y Películas

Netflix, Flow, HBO y más: 5 estrenos impactantes que no te podés perder esta semana

Asesinas sofisticadas, traumas oscuros, injusticias judiciales y leyendas musicales: 5 historias para devorar en streaming y debatir en familia. Alta tensión garantizada.

De Yiya a Fernando Báez Sosa: las historias reales y ficticias más atrapantes del streaming
De Yiya a Fernando Báez Sosa: las historias reales y ficticias más atrapantes del streaming
Oscar Mainieri 20 noviembre de 2025

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max, Prime Video y Flow.

1. Miniserie para ver en Netflix: La bestia en mí



Este thriller psicológico de ocho episodios encuentra su principal atractivo en la interpretación de Claire Danes (Homeland), quien encarna a una escritora emocionalmente devastada que empieza a sospechar que su nuevo vecino —un magnate inmobiliario venido a menos— podría ser un asesino. El relato se sostiene sobre la fragilidad extrema del personaje de Danes, Aggie Wiggs, una exestrella literaria premiada con el Pulitzer que, al inicio, aparece como un despojo: su aspecto demacrado y la casa en ruinas donde vive funcionan como proyección de una mente rota. Su derrumbe se explica pronto: perdió a su hijo en un accidente automovilístico mientras ella conducía, su matrimonio se desplomó y su incapacidad para lidiar con el trauma la llevó a hostigar al presunto culpable del choque, al punto de recibir una orden de restricción. Desde entonces, su vida y su creatividad quedaron paralizadas; su nuevo libro —si es que existe— permanece en estado embrionario.

El relato se dispara cuando Aggie cruza camino con su vecino, Nile Jarvis, interpretado por un Matthew Rhys (The Americans) deliciosamente odioso y por momentos aterrador. Jarvis, empresario célebre retirado a la vida rural tras la misteriosa desaparición de su esposa, fascina e intimida a partes iguales. ¿Se suicidó, como él sostiene? ¿O está él detrás de su muerte? La serie multiplica la ambigüedad con escenas que exhiben su impulso de control —como cuando destruye el celular de dos mujeres que lo fotografían— y con la relación seductora, tensa y caprichosa que entabla con Aggie, a quien incita a escribir sobre él. A medida que la escritora se adentra en su historia, la narración reconstruye una genealogía de violencia: un padre patriarcal (Jonathan Banks) que educó a golpes y un imperio inmobiliario bajo presión por un megaproyecto que amenaza con colapsar.

El eje dramático permanece fijado en un doble interrogante: ¿es Nile un asesino? y ¿hasta qué punto Aggie es vulnerable a su influencia? En este juego de manipulación, la serie insinúa que también ella alberga impulsos oscuros, especialmente visibles en sus intercambios con su exesposa Shelley. Sin embargo, esta veta psicológica se diluye entre múltiples subtramas que el guion va sumando y que terminan conformando un entramado con más vueltas que una guirnalda.



Aunque La bestia en mí ofrece momentos de auténtico vértigo —como un arriesgado episodio en una obra en construcción—, no siempre logra mantener la tensión. Escenas que deberían ser electrizantes, como un allanamiento nocturno o la irrupción del obsesivo agente del FBI que investiga a Jarvis, se sienten desinfladas. Varios personajes secundarios quedan poco desarrollados —la nueva esposa de Nile, el tío criminal que lo vigila— y la verosimilitud se resiente conforme avanza la trama, sobre todo por la llamativa ausencia de presión mediática y por algunas revelaciones vinculadas a un agente del FBI sorprendentemente inepto. Aun así, el conjunto se sostiene como un entretenimiento sólido gracias a la quimica que atraviesa la relación entre los protagonistas, la calidad de las actuaciones y un nivel de producción elevado que explota las luces y sombras de Nueva York.

Recomendada.

2. Miniserie para ver en Flow: Yiya



Esta miniserie en 5 breves episodios toma un caso policial —el de María de las Mercedes Bernardina de las Mercedes "Yiya" Murano, acusada de envenenar a tres mujeres en 1979— y lo convierte en un retrato psicológico, social y ligeramente teatral de un personaje que hace de la farsa, la impostura y la sofisticación peligrosa un modo de estar en el mundo. El relato intenta un tono elegante, enrarecido y ocasionalmente irónico, combinando reconstrucción histórica, drama de personajes y un preciso estudio del artificio como estrategia de supervivencia.

En el centro está Yiya (Julieta Zylberberg), una mujer que mezcla encanto tóxico, manipulación silenciosa y un narcisismo casi juguetón. La serie no solo la exhibe como una presunta asesina que convierte el veneno en extensión de su palabra, sino también como hija dilecta de una clase media en decadencia que se aferra a las apariencias como si fueran un patrimonio cultural. Su carisma, por supuesto, es su arma preferida: seduce, calma, engaña y, llegado el caso, liquida. El guion se encarga de mostrar cómo su versatilidad —maternal, frívola, minuciosamente calculadora— impide encasillarla como monstruo sin matices; más bien, sigue la pista de sus máscaras con devoción casi antropológica.

Para ello, el guion de Marco Carnevale introduce a un periodista (Pablo Rago) que investiga, comenta e interpela a una Yiya anciana (Cristina Banegas) en el geriátrico donde pasa sus últimos días, en un intento por desentrañar los enigmas de una mujer que hasta el final insiste en declararse inocente.



A su alrededor orbitan sus víctimas, retratadas con cuidado para esquivar simplificaciones. Interpretadas por Cecilia Dopazo, Mónica Antonópulos y Laura Novoa, estas mujeres aparecen no solo como figuras vulneradas, sino también como personas atrapadas en redes de confianza que Yiya maniobra con precisión quirúrgica. Cada una mantiene con ella un vínculo distinto —familiar, afectivo, económico— y la serie reconstruye esas relaciones para subrayar que el crimen no nace del impulso, sino de una coreografía ensayada con dedicación. La cercanía de Yiya con los militares y la ambientación setentista —cafés ahumados, departamentos angostos con mobiliario marrón, una Buenos Aires gris y claustrofóbica— refuerzan la impresión de un mundo cerrado, donde el veneno circula con la misma discreción que los chismes.

El periodista funciona como la brújula moral del relato: representa la mirada del orden social que intenta descifrar a esta mujer escurridiza. No es policía ni detective, pero termina arrastrado por el caso hasta convertirse en mediador entre la verdad y sus versiones. El escriba opera como contrapunto racional frente a la teatralidad de Yiya: articula sospechas, observa inconsistencias y expresa la incomodidad ante el magnetismo perturbador de la protagonista. Es la conciencia externa que guía al espectador entre la fascinación y el rechazo, aunque su voz en off, en ciertos momentos, insiste en explicar lo que las imágenes ya dejaron perfectamente claro, funcionando más como un yunque que como herramienta narrativa.

Lo mejor de Yiya está en su elenco. La dirección de Mariano Hueter intenta dotar de intensidad el relato mediante algunos planos inclinados que pretenden reflejar los estados internos de los personajes, aunque el experimento, como ciertos recursos teatrales mal traspuestos, no termina de cuajar. Algo huele a naftalina en la producción, como si se tratara de una miniserie perdida de los años 80. Y no, no son solo las chalinas que tantas codician...



3. Miniserie para ver en Netflix: 50 segundos: El caso Fernando Báez Sosa

Este documental reconstruye con notable claridad narrativa uno de los crímenes más perturbadores de la Argentina reciente. El título alude a los escasos cincuenta segundos en los que un ataque de un grupo de rugbiers terminó con la vida de Fernando, un joven de 18 años que veraneaba con amigos en Villa Gesell. Esa brevedad, reiterada como un leitmotiv a través de videos filmados en el lugar, funciona como un dispositivo dramático: un lapso mínimo que, como recuerda uno de los entrevistados, "cambió para siempre la vida de todos". A partir de ese instante, la serie expande su foco hacia un análisis más amplio sobre la violencia, ciertas formas de masculinidad y la responsabilidad colectiva.

El relato se organiza en dos ejes: por un lado, la reconstrucción minuciosa de los hechos mediante cámaras de seguridad, audios y registros visuales telefónicos; por otro, las voces de quienes estuvieron cerca de Fernando o del proceso judicial. La madre del joven brinda uno de los testimonios más conmovedores al recordar cómo recibió la noticia, mientras que un testigo directo revela que "al principio nadie entendía la gravedad" del ataque. El montaje articula estas voces como capas que profundizan la comprensión factual y emocional del caso, y cada episodio habilita un ángulo distinto —la noche del crimen, la investigación, el juicio— para observar el mismo hecho desde múltiples perspectivas.



En términos formales, la serie adopta un enfoque austero. Evita el sensacionalismo y prescinde de dramatizaciones excesivas: las entrevistas, iluminadas con sobriedad, permiten que el dolor se exprese sin artificios. En una intervención clave, un perito describe el ataque como un "patrón de agresión continuada" evidente en las imágenes; la miniserie complementa esas explicaciones con esquemas visuales y ralentizaciones que facilitan la comprensión sin convertir la violencia en espectáculo.

El guion de Tatiana Mereñuk, Mariel Bobillo y Julián Troksberg sitúa el caso en un marco sociocultural más amplio. Un especialista en violencia juvenil advierte que "no se trata solo de una pelea desmadrada, sino de un modo de actuar que se replica en ciertos grupos", mientras que otro entrevistado reflexiona sobre cómo la noción de "manada" continúa funcionando como refugio identitario que desplaza la responsabilidad individual. Sin clausurar sentidos, la serie sugiere que el crimen revela tensiones estructurales ligadas a la pertenencia, la impunidad percibida y las dinámicas grupales, aunque no profundiza en taras como el racismo y el clasismo presentes en algunos sectores de la sociedad.

Como obra audiovisual, el director Martín Rocca consigue un equilibrio certero entre información, emoción y reflexión. El eje argumental —la búsqueda de verdad, justicia y comprensión a partir de un acto brutal condensado en menos de un minuto— se sostiene gracias a un trabajo respetuoso y minucioso. No se priva de darle voz a familiares de los victimarios que deslizan comentarios urticantes. Y, sin más lejos, el tercer episodio introduce una nota disonante al otorgar la palabra a los asesinos, hoy detenidos, que se muestran profundamente arrepentidos y acongojados... quizás con la expectativa de que una futura apelación de sus abogados derive en una reducción de una pena que, tal como está planteada, resulta justa y ejemplificadora. Para debatir en familia.



Recomendada.

4. Película para ver en Prime Video: Belén

Este drama dirigido por Dolores Fonzi parte de un hecho real ocurrido en Tucumán en 2014: una joven ingresa al hospital con fuertes dolores abdominales y, en lugar de recibir atención médica, el personal denuncia la situación a la policía. Sin saber que estaba embarazada, la paciente —identificada como Belén para resguardar su identidad— había sufrido una pérdida. El sistema, lejos de protegerla, la acusa de homicidio y de haberse provocado un aborto, delito aún vigente en la Argentina de aquel momento. A partir de este caso, la película se articula como un alegato contra la criminalización de las mujeres en situaciones de emergencia médica y vulnerabilidad extrema.



El film muestra cómo Belén despierta esposada a una cama, rodeada de policías, convertida de manera inmediata en sospechosa. Basada en el libro Somos Belén de Ana Correa, Fonzi —directora y coguionista— reconstruye el proceso judicial con un realismo minucioso. La defensora pública asignada (Julieta Cardinali) actúa con apatía y busca cerrar el expediente con rapidez, lo que deriva en una condena de ocho años de prisión para la acusada, que ya se encuentra detenida de manera preventiva. El tratamiento inicial del caso evidencia un sistema judicial patriarcal dispuesto a sacrificar la verdad en favor de un orden moral profundamente misógino y católico.

El punto de inflexión llega con la intervención de la abogada feminista Soledad Deza —interpretada por la propia Fonzi con notable intensidad—, quien descubre en el expediente un ejemplo paradigmático de cómo el aparato jurídico y médico, marcado por lógicas conservadoras y clericales, transforma a una víctima en victimaria para sostener una ideología. A medida que Deza adquiere centralidad narrativa, la película muestra cómo articula redes de apoyo con activistas, organizaciones sociales y colectivos de derechos humanos para desmantelar la maquinaria judicial que intenta aplastar a Belén.

La puesta en escena refuerza el carácter opresivo del sistema: colores apagados, iluminación mortecina y espacios cerrados subrayan la angustia de una protagonista que, pese a convertirse en símbolo, conserva siempre su dimensión íntima y humana. Camila Plaate ofrece una interpretación briosa, marcada por la impotencia y el desconcierto de un personaje que es tratado como culpable desde el primer momento, incluso sin pruebas concluyentes. Su historia opera como metáfora de un fenómeno extendido: la persecución de mujeres por emergencias obstétricas se repite en países tan diversos como Ecuador, Estados Unidos, Irlanda o Polonia.



El film no aburre con derivaciones innecesarias, el ritmo es sumamente ágil y cuenta su historia de manera sólida y eficaz —aunque es menos creativo que Blondi, el debut detrás de cámara de Fonzi— y combina la denuncia con un mensaje de resistencia y movilización que resulta profundamente emotivo. (La película fue preseleccionada para representar a la Argentina en los premios Oscar y cuenta con el aval de Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada).

Recomendada.

5. Miniserie para ver en HBO Max: George Harrison: Viviendo en el mundo material.



Martin Scorsese aborda la figura de George Harrison con una mezcla de devoción cinéfila y lucidez histórica, componiendo un documental que funciona tanto como retrato íntimo de un artista elusivo como una exploración espiritual sobre la búsqueda de sentido en un mundo gobernado por la fama, el dinero y el desgaste emocional. A diferencia de otros documentales sobre miembros de los Beatles, Scorsese no se interesa en la cronología exhaustiva sino en las fuerzas internas que moldearon a Harrison: la tensión entre lo terrenal y lo trascendente, entre la exposición pública y el deseo de anonimato, entre la creatividad y la disolución personal.

Uno de los puntos más fuertes del audiovisual es la riqueza del material de archivo, desplegada con la precisión narrativa habitual de Scorsese. Fotografías inéditas, grabaciones caseras, audios poco conocidos y registros de estudio conviven con recuerdos de Olivia Harrison, Paul McCartney, Ringo Starr, Eric Clapton y Phil Spector. Estas voces revelan no sólo la evolución musical de Harrison, sino también su carácter: su humor seco, su vulnerabilidad, sus impulsos místicos y su necesidad casi desesperada de escapar de las estructuras que los Beatles imponían. El documental destaca, además, la enorme sofisticación de su trabajo temprano —en especial su rol como arquitecto sonoro del grupo— y su explosión creativa en All Things Must Pass.



Sin embargo, Scorsese no esquiva las zonas oscuras. Se adentra en la frialdad afectiva que a veces podía dominar a Harrison, su infidelidad, los conflictos matrimoniales, la dependencia de diversas sustancias y la dificultad para habitar una identidad propia más allá del mito Beatle. También aborda momentos traumáticos, como el violento ataque que sufrió en su casa en 1999, incorporado con una sensibilidad que evita el morbo y subraya la fragilidad física y emocional en la última etapa de su vida.

Scorsese, obsesionado desde siempre por personajes divididos entre el impulso espiritual y las fuerzas destructivas de la fama, monta la película como un viaje interior: capítulos largos, ritmo meditativo, imágenes que se diluyen como recuerdos y una banda sonora que acompasa la evolución del músico desde la adolescencia hasta su muerte. A la vez, se percibe la mano del documentalista disciplinado: un orden narrativo diáfano, una interrelación constante entre testimonio, análisis y contemplación visual.



Living in the Material World -con sus dos episodios- se impone como una obra compleja, poética, afectuosa pero no santificadora. Scorsese consigue algo raro: convertir la vida de un ídolo mundial en una reflexión sobre la impermanencia, sobre la paradoja de buscar sentido en un universo saturado de ruido, y sobre el costo íntimo de ser —para millones— la encarnación de una utopía cultural.

Imperdible.

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