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Nazis, narcoestados y reality shows: qué ver hoy en Netflix y HBO Max

Nazismo, narcotráfico, terrorismo, crímenes sin resolver y reality shows despiadados. Qué ver hoy en Netflix y HBO Max.

Nazis, narcoestados y reality shows: qué ver hoy en Netflix y HBO Max
Oscar Mainieri 30 octubre de 2025

Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max y Apple TV.

1. Película para ver en Netflix: Una casa de dinamita



La sorpresa es mayúscula cuando los radares detectan de repente un misil lanzado desde algún punto del Pacífico. Nadie había advertido su despegue, y el misterio crece cuando se descubre que no se dirige al espacio, como se pensó en un principio, sino directamente hacia Estados Unidos. A medida que avanza, todo indica que su objetivo es Chicago. ¿Está alguien atacando realmente a los Estados Unidos? ¿Y cómo debería reaccionar el país? Mientras la capitana Olivia Walker (Rebecca Ferguson), el vice asesor de seguridad nacional Jake Baerington (Gabriel Basso), el secretario de Defensa Reid Baker (Jared Harris) y otros funcionarios debaten qué hacer, la última palabra recae sobre el presidente (Idris Elba), que debe decidir si responder con un contraataque que podría arrastrar al mundo al borde del abismo.

Tras la caída del Telón de Acero, el alivio fue inmenso. Durante décadas, la humanidad había vivido bajo la amenaza constante de una tercera guerra mundial y el espectro del conflicto nuclear. Parecía que por fin llegaba una era de paz. Pero aquellas esperanzas resultaron prematuras: en pocos años, el panorama volvió a ensombrecerse, y las viejas angustias sobre ataques atómicos regresaron. En ese contexto, Una casa de dinamita se convierte en una película absolutamente contemporánea: un thriller que revive esas tensiones y las transforma en una experiencia inquietante. Curiosamente, la historia no trata del estallido de la guerra —ni siquiera sabemos qué pasará cuando el misil alcance su destino—, sino del angustiante intervalo entre su detección y la decisión final del presidente.

¿Esperar y correr el riesgo de sufrir un nuevo ataque, o responder con una represalia de consecuencias imprevisibles? La incertidumbre domina cada instante, sobre todo porque ni siquiera está claro quién es el enemigo. Se barajan sospechosos, pero ninguna respuesta se confirma. Los espectadores que busquen certezas quedarán frustrados: la directora Kathryn Bigelow —que vuelve tras ocho años de silencio desde la poco reconocida Detroit— no ofrece soluciones, sino un análisis de los procedimientos, la presión y la vulnerabilidad humana ante una posible catástrofe global.



El filme presenta tal cantidad de voces y personajes que al principio resulta difícil orientarse. Sin embargo, la estructura —dividida en tres pasajes que repiten varios acontecimientos desde distintos puntos de vista— termina clarificando el conjunto. En las dos primeras partes, el presidente aparece solo como una voz entre muchas; en la tercera, lo vemos en persona y accedemos a su intimidad, a sus dudas y pensamientos mientras el tiempo se agota. Esta repetición no aporta mayor profundidad dramática, pero sí una comprensión más amplia del proceso y de la maquinaria política y emocional en juego.

Una casa de dinamita no supera en dramatismo ni a Límite de seguridad (Sidney Lumet, 1964) ni a la ocurrente Doctor Insólito (Stanley Kubrick, 1964), que se ocuparon de cuestiones similares. Aquí hay demasiada interacción entre personajes y pantallas y, pese a que Bigelow maneja un alto rendimiento a nivel técnico, la redundancia en la información suministrada al espectador y la carencia de un final catártico le restan eficacia a este thriller.

Recomendada.



2. Miniserie para ver en HBO Max: El cartel nazi

¿Cómo se transformó Bolivia en un narco estado? Varios años de investigación llevaron al director británico Justin Webster a reconstruir una red insólita en la historia contemporánea: la que unió al ex oficial nazi Klaus Barbie, refugiado en Bolivia bajo el nombre de Klaus Altmann, con el poderoso cártel de la droga encabezado por Roberto Suárez Gómez y con el golpe militar de 1980 que instauró la dictadura del general Luis García Meza Tejada. 

Este documental en tres episodios aborda la historia de Roberto Suárez Gómez, el empresario boliviano que en los años setenta y ochenta llegó a controlar hasta el 80 % del tráfico mundial de cocaína, financiando parte del golpe militar de 1980 y consolidando lo que muchos definieron como "el primer narco estado moderno". En una Bolivia empobrecida y aislada, el dinero del narcotráfico, la protección militar y las alianzas internacionales —particularmente con la dictadura argentina y el gobierno de Ronald Reagan, que consideraba al general García Meza un aliado anticomunista— formaron una estructura de poder cimentada en la impunidad. Aunque el guion alude a estas conexiones, prefiere concentrarse en el retrato ambiguo de Suárez, presentado por su hijo Gary Suárez como un "idealista que quiso traer riqueza al país", en abierta tensión con la mirada de ex agentes de la DEA como Michael Levine, que lo describen como el vértice de una red global de corrupción y lavado de dinero.



Uno de los hilos más inquietantes del relato es la alianza entre Suárez y Klaus Barbie, el criminal nazi refugiado en Bolivia desde los años cincuenta. Reconvertido en empresario y asesor militar, Barbie habría actuado como intermediario entre el narcotráfico, la inteligencia anticomunista y las redes de ex nazis en Sudamérica, participando en la creación del grupo paramilitar Los Novios de la Muerte, responsable de asesinatos y torturas durante el golpe de 1980. El documental sugiere que esta connivencia entre ideología fascista, negocios ilícitos y poder militar dio forma a un sistema represivo sostenido por la economía de la cocaína. Sin embargo, el uso de dramatizaciones endebles y un montaje fragmentario debilita el alcance político e histórico de esta conexión, reduciendo una trama compleja a un relato de espionaje.

Un recurso novedoso —y polémico— es la utilización de inteligencia artificial para recrear la voz de Ayda Levy, esposa de Suárez y autora del libro El rey de la cocaína. Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado (2013). Fallecida en 2018, Levy introduce una mirada íntima y moralmente ambivalente sobre el auge del narcotráfico, denunciando el antisemitismo de la élite boliviana y, en particular, de la esposa de Barbie. Su testimonio revela la naturalización de la ideología nazi en ciertos círculos del poder local, pero la serie apenas explora las consecuencias de esa convivencia entre ex nazis, militares y narcotraficantes. Falta así una lectura más profunda sobre la dimensión geopolítica de un país que, en plena Guerra Fría, se convirtió en un territorio funcional a los intereses del anticomunismo occidental.

Estrenada en un momento en que Bolivia vuelve a ser acusada de infiltración del narcotráfico en las estructuras del Estado, El cartel nazi resuena con inquietante actualidad. Su puesta en escena —entrevistas en penumbra, música ominosa y dramatizaciones de thriller de segunda categoría— le confiere atractivo popular a una historia que merece conocerse.



Muy recomendada.

3. Película para ver en Netflix: Un fantasma en la batalla

Ambientada en la España de los años noventa, revive uno de los capítulos más sombríos y divisivos de la historia reciente del país: la lucha armada del grupo separatista vasco ETA por la independencia del País Vasco. En ese contexto, la joven guardia civil Amaia (Susana Abaitua) es reclutada para infiltrarse en una célula de la organización y contribuir desde adentro a su desmantelamiento. Pero lo que comienza como una misión patriótica pronto se convierte en una experiencia moralmente devastadora, donde los límites entre el deber, la empatía y la traición se desdibujan peligrosamente.



El director y guionista Agustín Díaz Yanes —recordado por Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995)— utiliza la estructura del thriller para construir un drama psicológico que mira más allá de la superficie del conflicto vasco. Aunque la película se inscribe en un contexto histórico preciso, el relato evita la lección de historia: asume que el espectador conoce los antecedentes de ETA y el clima político de la transición democrática. Esa omisión puede desorientar a los menos familiarizados, pero también refuerza la apuesta del film por concentrarse en el presente emocional de su protagonista. Díaz Yanes no busca explicar la violencia, sino explorar cómo una causa política se degrada en una espiral de odio y manipulación, tanto del lado de los terroristas como del Estado que los combate.

El eje del film es Amaia, interpretada con admirable contención por Susana Abaitua (Érase una vez... pero ya noPatria). En su mirada se condensa la ambigüedad del relato: al principio, la joven actúa con la convicción de estar del lado correcto; con el tiempo, descubre que la maquinaria del Estado puede ser tan implacable y cruel como la organización que pretende destruir. Díaz Yanes filma esa transformación con una tensión constante, utilizando encuadres cerrados y una luz fría que parecen acorralar a la protagonista en su propia conciencia. A medida que se adentra en el mundo clandestino, Amaia deja de distinguir entre la lealtad a sus superiores y la comprensión de aquellos a quienes debía vigilar.

Resulta llamativo que España, en una suerte de exuberancia productiva, haya estrenado en tan poco tiempo dos películas con la misma temática, ambas centradas en la infiltración de agentes en el seno de ETA. Quienes hayan visto La infiltrada (Arantxa Echevarría, 2024) reconocerán que se ajusta con mayor precisión a las reglas del thriller de espionaje, mientras que, pese a compartir el punto de vista de una agente encubierta dentro de la organización, las dos producciones difieren en aspectos sustanciales: la identidad profesional de la protagonista (una policía en un caso, una guardia civil en el otro) y, sobre todo, en el objetivo táctico de la operación. En La infiltrada se busca desarticular un comando específico —el Donosti— y frustrar sus planes, mientras que en Un fantasma en la batalla la misión consiste en localizar los depósitos de armas (zulos) de la organización en territorio francés.



Esta diferencia de enfoque no le resta mérito al film de Agustín Díaz Yañez, que logra mantener el suspenso a lo largo de su desarrollo, aunque sin alcanzar la precisión narrativa y el ritmo de La infiltrada. A cambio, introduce fragmentos documentales que aportan contexto histórico y subrayan una mirada más política y reflexiva sobre los años del conflicto, distinguiéndose así del tono más convencional y genérico que adopta la película de Echevarría.

Muy recomendada.

4. Miniserie para ver en Netflix: El monstruo de Florencia



Todo comenzó con un crimen en apariencia aislado: el asesinato de Barbara Locci (Francesca Olia) y su amante Antonio en agosto de 1968. Nadie entiende por qué fueron ejecutados a balazos ni por qué el hijo de Barbara, presente en el auto, fue dejado con vida. El principal sospechoso es su marido, Stefano Mele (Marco Bullitta), quien incluso confiesa el doble homicidio. Pero algo no encaja: en los años siguientes, otros asesinatos similares sacuden la región, siempre con el mismo patrón —parejas atacadas en automóviles, en lugares apartados, con lo que parece ser la misma arma—. La policía se enreda entre teorías contradictorias, pruebas inconsistentes y una sensación creciente de desconcierto. Así comienza El monstruo de Florencia, esta serie de Stefano Sollima en 4 episodios, que revive uno de los casos criminales más enigmáticos e irresueltos del siglo XX italiano.

Con antecedentes en series como SuburraGomorra Sicario, Sollima ha demostrado un talento especial para retratar las zonas grises de la violencia y el poder. Aquí traslada su mirada a la Toscana de los años setenta y ochenta, donde la calma bucólica de los alrededores de Florencia contrasta con el miedo instalado en la población. Entre 1968 y 1985, ocho parejas fueron asesinadas en circunstancias similares, dando origen a la leyenda del "Monstruo de Florencia". 

A diferencia de otras ficciones del género, Sollima opta por una estructura fragmentaria y no lineal, alternando tiempos, hipótesis y perspectivas. El relato avanza como una investigación laberíntica donde cada testimonio parece contradecir al anterior. Esa decisión narrativa, cercana al estilo de Zodiaco (David Fincher, 2007) o Recuerdos de un homicidio (Bong Joon-ho, 2003), refleja el desconcierto que marcó el caso real: décadas de sospechosos, confesiones falsas y pistas sin salida. El resultado es hipnótico, aunque también exige paciencia: la serie no ofrece un cierre ni una catarsis, y más bien deja al espectador en el mismo estado de incertidumbre que las autoridades italianas de la época. Es un thriller sin resolución, que explora más la obsesión por encontrar al culpable que el crimen en sí.



Más allá de su intriga policial, El monstruo de Florencia funciona como un retrato inquietante de la Italia profunda, una sociedad católica, misógina y paranoica donde la sexualidad de las víctimas se convierte en objeto de condena y el crimen se transforma en espectáculo mediático. Stefano Sollima adopta una estética deliberadamente teatral y artificiosa —con luces crepusculares, encuadres cerrados y composiciones rígidas— para construir una atmósfera asfixiante, en la que represión y violencia aparecen como las dos caras de una misma moral. Las actuaciones, en particular la de Marco Bullitta como el inestable Stefano Mele, refuerzan esa sensación de ambigüedad moral y descomposición social.

Si bien la narración es coherente y controlada, la puesta en escena —tan calculada como distante— le resta naturalidad y cierta vitalidad al relato. A ello se suma un ritmo inusitadamente lento, que a veces juega en contra de la tensión que el género exige. El resultado es una obra más analítica que emocionante, que invita a reflexionar sobre la Italia de aquellos años antes que a dejarse llevar por el suspenso. Su valor como entretenimiento es limitado, pero lo que cuenta —y cómo desnuda los mecanismos sociales, judiciales y mediáticos que rodearon el caso— resulta profundamente revelador y perturbador.

Recomendada.



5. Serie para ver en HBO Max: The Comeback

Cuando se estrenó en HBO en agosto de 2005, casi nadie la vio. Pero el tiempo fue justo: la serie volvió a circular y se convirtió en un título de culto, redescubierto como una de las sátiras más inteligentes sobre el sistema televisivo, un antecedente deliberadamente menos ambicioso que The Studio, que se alzara con varios Emmys este año. Creada por Lisa Kudrow y Michael Patrick King (el mismo de Sex and the City), la serie fue elogiada por su originalidad y mirada despiadada sobre Hollywood. Lo que en su momento pareció una comedia menor sobre una actriz en decadencia, hoy se percibe como una anticipación del reinado del reality y de la cultura del exhibicionismo.



Lisa Kudrow, conocida mundialmente por Friends, sorprende aquí con una actuación extraordinaria. Su personaje, Valerie Cherish, es una ex estrella de una mala comedia de situaciones de los años 90 que intenta volver a la fama participando de un reality sobre su propio regreso. Kudrow construye una figura patética y entrañable, mezcla de egolatría y fragilidad, que exhibe el costo emocional de mantenerse visible en una industria que se alienta la exposición y la humillación. Su interpretación, que le valió una nominación al Emmy, fue considerada por muchos críticos como una auténtica revelación.

La serie adopta el formato de un falso documental, al estilo de The Office o las películas de Christopher Guest. Todo lo que vemos pasa por las cámaras del supuesto reality de Valerie, que se filma las veinticuatro horas mientras intenta sobrevivir en una nueva serie llamada Room and Bored. Esa estructura permite que la ficción y la realidad se crucen en un juego de espejos constante. Una de las escenas más recordadas muestra a Valerie grabando una confesión íntima en su baño, mientras su marido usa el inodoro al lado: un ejemplo del humor incómodo y cruel que define el tono del programa.



The Comeback funciona también como una sátira feroz sobre la televisión misma. Desde comedias de situaciones sin alma hasta realities cada vez más degradantes, la serie expone el absurdo de un medio que premia la humillación. En el universo televisivo que habita Valerie, los programas ficticios como Take That! —donde parejas se golpean por dinero— o The Search for America's Next Great Porn Star parecen ridículos, pero vistos desde hoy, resultan casi proféticos. La serie se ríe del espectáculo, pero también de nosotros, los espectadores, que lo sostenemos.

Cancelada tras una sola temporada y recuperada en 2014 con una segunda entrega igual de mordaz, The Comeback conserva intacta su vigencia. Es una comedia triste, brillante y profundamente moderna sobre el narcisismo, el miedo al olvido y la necesidad de seguir siendo mirados. Kudrow hace de Valerie Cherish un personaje inolvidable: un espejo deformante de Hollywood y, a la vez, una figura trágicamente humana que busca desesperadamente amor en un mundo en donde las cámaras nunca se apagan.

Imperdible.



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